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Mujeres con el poder de hombres (y II)

Mujeres con el poder de hombres (y II)
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En el artículo anterior, viajábamos a los fascinantes pueblos en los que las mujeres tenían una importancia tan o más elevada que el hombre en muchos aspectos. Pero ¿a qué se deben estas especiales situaciones? ¿Por qué hay culturas más machistas que otras?

Un factor importante es el procedimiento empleado para controlar las fuerzas bélicas y los sistemas de producción de la sociedad.

En una sociedad donde la musculatura y la altura, a causa de la tecnología, ya no son imprescindibles para la guerra ni para la producción material, ambos sexos están capacitados idénticamente para desempeñar funciones militares y productivas de importancia vital. Cuando esto sucede, el estatus femenino aumenta hasta alcanzar el estatus masculino.

Mayormente hay diferencia entre sexos si existen aspectos esenciales de la producción o de la actividad bélica que los varones realicen con más eficacia que las hembras. Marvin Harris ahonda en esto:

¿Basta un factor tan sencillo como el control masculino sobre el arado para explicar el infanticidio femenino, la dote y el hecho de que las viudas se arrojen a la pira funeraria de sus maridos? Quizá no, si sólo se piensa en los efectos directos del arado en la propia agricultura. Pero desde una perspectiva evolutiva esta especialización masculina puso en marcha toda una cadena de especializaciones adicionales que, acumuladas, apuntan efectivamente hacia una explicación plausible del deprimido estatus femenino, en casi todos sus aspectos, en la India septentrional y otras sociedades preindustriales con formas de agricultura semejantes. Al aprender a arar, los varones aprendieron, como resultado, a uncir y conducir bueyes. Con la invención de la rueda, los varones uncieron bueyes a carretas y adquirieron la especialidad de conducir vehículos de tracción animal. Con ello, pasaron a encargarse del transporte de las cosechas al mercado y de aquí sólo un paso les separaba del dominio sobre el comercio, tanto local como a larga distancia. A medida que cobraban importancia el comercio y los intercambios, se hizo necesario llevar registros, y fue en los hombres que intervenían en estas actividades en quienes recayó la responsabilidad de llevar estos libros.

Estas últimas actividades también originaron que los hombres se convirtieran, tras la invención de la escritura y la aritmética, en el sexo alfabetizado. Por esa razón los primeros filósofos y matemáticos conocidos son de sexo masculino.

En el asunto bélico, los hombres, al dominar las fuerzas armadas, también controlaron las ramas administrativas superiores del gobierno, incluidas las religiones estatales.

Y la necesidad permanente de reclutar guerreros de sexo masculino convirtió la construcción social de la virilidad agresiva en foco de la política nacional en todos los imperios y Estados conocidos. De ahí que, al alborear la época moderna, los varones dominaran los ámbitos político, religioso, artístico, científico, jurídico, industrial, comercial y militar en todas las regiones en que la subsistencia dependiese de arados tirados por animales.

El patriarcado debe su éxito a estas circunstancias. De modo que el matriarcado sólo puede florecer en sociedades que no dependan exclusivamente de estas circunstancias. Por esa razón, en las sociedades modernas se han alcanzado unos privilegios femeninos incluso superiores a los de las mujeres africano-occidentales: las mujeres ofrecen un rendimiento eficaz con salarios inferiores, colmando la demanda de trabajadores del sector de los servicios y la información.

Pero existe una última barrera a la igualdad entre los sexos. A pesar de la importancia menguante de la fuerza bruta en la guerra, las mujeres siguen excluidas de las funciones de combate en los ejércitos del mundo. ¿Se puede instruir a las mujeres para que sean tan, eficaces como los varones en el combate armado con misiles balísticos intercontinentales, bombas inteligentes y sistemas de artillería informatizados? No veo razón para ponerlo en duda. Pero las mujeres deben decidir si desean ejercer presiones para obtener la igualdad de oportunidades en el campo de batalla o para obtener algo distinto: el fin de la guerra y el fin de la necesidad social de criar guerreros de talante machista, trátese de varones o de hembras.

Vía | Nuestra especie de Marvin Harris

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