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Mujeres con el poder de hombres (I)

Mujeres con el poder de hombres (I)
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En esta serie mensual de artículos orientados a profundizar en las diferencias biológicas y psicológicas ligadas al sexo, ha habido una constante en vuestros comentarios: ¿las mujeres lo harían mejor que los hombres si tuvieran la vara de mando? ¿Cometerían los mismos errores? ¿Son por naturaleza más apaciguadoras, dialogantes y menos violentas? ¿Cuáles son los motivos que favorecen los matriarcados y los que favorecen los patriarcados?

No es necesario imaginar un escenario utópico para plantear estas suposiciones. Esos escenarios existen y han sido estudiados por los antropólogos. Lugares en los que las mujeres mandaban.

En las sociedades yoruba, ibo, igbo y dahomey, las mujeres eran propietarias de tierras y cultivaban sus propios productos. Las mujeres dominaban los mercados locales y podían acumular una riqueza importante. Explica Marvin Harris:

Para casarse, los varones tenían que pagar el precio de la novia (azadas de hierro, cabras, telas y, en tiempos más recientes, dinero), transacción en sí misma indicativa de que el novio y su familia y la novia con la suya coincidían en apreciar que ésta era una persona sumamente valiosa y de que sus padres y parientes no estaban dispuestos a renunciar a ella sin que se les indemnizase por la pérdida de sus capacidades económicas y reproductoras. De hecho, los pueblos del Africa occidental estimaban que tener muchas hijas era ser rico.

En estas sociedades tampoco se producía la doble moral en la conducta sexual. Las mujeres disfrutaban de distintos hombres en sus viajes de negocios, viviendo a menudo aventuras extramaritales. Los hombres, por su parte, debían pedir permiso primero a la esposa.

Las mujeres africano-occidentales también organizaban clubes femeninos y fundaban sociedades secretas, tomaban parte en los consejos de la aldea y se movilizaban cuando los abusos de los varones eran preocupantes.

Un varón que infringiese las normas mercantiles de las mujeres, permitiese que su cabra devorase los cultivos de una mujer o maltratase a la esposa, se exponía a una venganza colectiva. Una multitud de mujeres aporreando su choza podía despertarle en medio de la noche.

Si bien es cierto que los gobernantes supremos de estos Estados y jefaturas del África occidental eran generalmente de sexo masculino, las madres y las hermanas y otros parientes femeninos ocupaban cargos nada desdeñables. Por ejemplo, en algunos reinos yorubas, quien quisiera organizar un ritual, celebrar una fiesta o convocar a las brigadas de trabajo comunitarias tenía que lidiar con estas influyentes mujeres antes de tener acceso al rey.

Entre los yorubas, existía un cargo ocupado por mujeres y denominado «madre de todas las mujeres», una especie de reina de las mujeres que coordinaba los intereses femeninos en la administración, impartía justicia, dirimía disputas y decidía qué posiciones debían adoptar las mujeres respecto de la apertura y mantenimiento de mercados, la recaudación de tasas y peajes, las declaraciones de guerra y otros importantes asuntos públicos.

Vía | Nuestra especie de Marvin Harris

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