Tecnologías que generaron tanto entusiasmo como el que hoy genera Internet (y IV): ¿qué pasará con Internet?

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Por lo visto, las tecnologías son proclives a dar mucho menos de lo que prometen, al menos al principio, tal y como os he explicado en las anteriores entregas de este monográfico: el telégrafo fue como Twitter, la radio y la paz mundial y televisión, la caja lista.

Habrá que ver qué sucede finalmente con Internet.

Lo que hemos contemplado, en efecto, es que la tecnología desafía las expectativas que depositamos en ella, tanto si son positivas como negativas. Y asume funciones para las que no estaban previstas inicialmente. Tal y como señala David Noble, historiador de la tecnología moderna, en su libro Forces of Production:

La tecnología lleva una doble vida: una se acomoda a las intenciones de los diseñadores y a los intereses del poder, y otra los contradice, actuando a espaldas de sus arquitectos hasta provocar consecuencias y posibilidades inesperadas.

Otro historiador, George Wise, examinó 1.500 predicciones tecnológicas llevadas a cabo entre 1890 y 1940 por ingenieros, historiadores y otros científicos. Una tercera parte resultaron acertadas, aunque de una manera vaga. Los restantes dos tercios fueron desacertados o ambiguos.

Por ejemplo, Evgeny Morozov pone otro ejemplo, el del aeroplano, en su libro El desengaño de Internet:

En 1915 el director de la revista Flying, equivalente a la Wired de nuestros días, proclamó con entusiasmo que la primera guerra mundial tenía que ser “la última gran guerra de la historia”, porque “en menos de otra década” el aeroplano habría eliminado los factores responsables de las guerras y conduciría a “un nuevo período en las relaciones humanas (al parecer, Adolf Hitler no era subscriptor de Flying).

En definitiva, las nuevas tecnologías no son tan positivas como nos parecen. Y, naturalmente, tampoco son tan negativas como nos las pintan los carcamales más apolillados, como los que antaño destruyeron los telares mecánicos. Probablemente las tecnologías lleven aparejados cambios, algunos positivos y otros negativos. Cambios que nadie es capaz de pronosticar. Así que, en ese sentido, los pronósticos halagüeños resultan tan aventurados como los cenizos. Porque nadie es capaz de contemplar todas las variables que afectan a un nuevo avance. Porque, tal vez, debemos ir basculando entre el optimismo y la prudencia, para que nadie nos pueda llamar luditta o Polyanna o que sufrimos el síndrome de Frankenstein, pero que tampoco nos tilden de mad doctor o geek.

Algo totalmente aplicable a Internet y todas esas cosas buenas que parece llevar aparejadas.

Como muestra, el siguiente artículo: Nos comunicamos más que nunca… y tal vez nos volveremos más cerrados que nunca, que alerta sobre la tendencia, como internautas, a que nos aislemos de la realidad diversa y múltiple para encerrarnos en micronaciones ideológicas (reales y digitales).

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