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Afortunadamente no somos esclavos de nuestros sentidos: alucinar es conveniente para sobrevivir

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Para que sobrevivamos poco importa que nuestros sentidos sean capaces de registrar toda la realidad. Lo importante es que el modelo de realidad que genera nuestro cerebro nos funcione en la vida cotidiana. Las lagunas ya las rellenaremos con fantasías.

En este sentido, percibir la realidad o imaginármela no es tan diferente cómo parece. Cuando vemos una cara se activa la misma área cerebral que cuando la imaginamos. Entonces ¿cómo sabe el cerebro que estoy viendo una cara realmente y cuánto la estoy imaginando?

Este problema es aplicable a cualquier cosa de ahí afuera, no sólo a las caras.

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Capgras: cuando lo que vemos no nos genera ninguna emoción

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Atrás han quedado las tesis que defendían la razón fría y calculadora como máximo exponente del progreso humano. La razón, sin estar entrelazada de emociones, sencillamente no encuentra motivo para hacer nada.

Además, sin emociones, nuestra vida social sería ciertamente complicada: toda la gente nos parecería una intrusa o que están controlados por extraterretres como los que aparecen en La invasión de los ultracuerpos.

Un ejemplo de ello es el síndrome de Capgras.

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A vueltas con San Valentín: algunos fundamentos biológicos sobre el enamoramiento

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Tras la resaca de San Valentín, las flechas de Cupido y los regalos de los grandes almacenes (a todos nos gustan los regalos, sobre todo a los grandes almacenes), vale la pena puntualizar algunas cosas sobre el amor desde un punto de vista biológico. Me perdonarán los poetas.

Se dice que el amor es una droga. O que el chocolate es el sustituto del amor. Estas creencias populares tienen mayor base científica de lo que pensamos. En efecto, el enamoramiento (que no el amor) puede ser adictivo como una droga; y el chocolate es bueno para el paladar, pero también puede picar los dientes.

El amor una suma de complejas interacciones biológicas y culturales, una mezcolanza indisociable de compañía, compromiso, consideración, comunicación, consenso en valores, aficiones compartidas, reciprocidad y otras. También deseo y emoción, por supuesto.

Sin embargo, no debe confundirse amor con enamoramiento, o flechazo. El enamoramiento es una coctelera neuroquímica que, aunque placentera, puede llegar a a picar los dientes, o a nublar nuestro juicio, o incluso a hundir un matrimonio.

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Spock no podría ser el capitán de la Enterprise

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Aprovechando que estos días se estrena la nueva entrega cinematográfica de Star Trek, reinventada por el casi siempre eficaz J. J. Abrams, vale la pena echar una mirada científica no ya al abanico de gadgets imposibles sino a uno de sus personajes.

Un vulcaniano que se rige por la razón, dejando a un lado los sentimientos, antítesis del temperamental del capitán Kirk: Mr. Spock.

Todos los seres vivos deben adoptar continuamente decisiones respecto a qué rumbo tomar. ¿Debo hacer esto o aquello? Al encontrarme con un depredador, ¿debo huir o enfrentarme a él?

Una criatura ultrarracional como el señor Spock resolvería estos problemas recurriendo a la lógica pura: calculando costes, beneficios y riesgos de cada alternativa hasta identificar la elección óptima. Algo así como una computadora. Pero el señor Spock no vive en el mundo real, y los cerebros no son tan rápidos como una computadora.

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