Este descubrimiento alegrará a muchos adictos al sofá o a los vagos más recalcitrantes: imaginar que entrenas alguna parte de cuerpo puede ser casi tan eficaz como entrenarla de verdad. Es decir, podéis tumbaros a la bartola, poneros a pensar que ejecutáis una tarea motora concreta, y zas, todo el tiempo invertido mejorará la ejecución posterior y real de tal tarea motora.
Así de poderosa es la imaginación (aunque todavía no sirve como excusa no acudir al trabajo porque el trabajo lo haréis mentalmente desde la cama).
Para demostrar este extraño fenómeno, se pidió a un grupo de voluntarios que ejercitaran el músculo que controla el dedo meñique (el músculo hipotenar) durante un plazo de 4 semanas en 5 sesiones semanales.
Los integrantes de otro grupo sólo imaginaban que hacían esas contracciones, también en cinco sesiones a la semana. Un tercer grupo, el de control, no realizaba entrenamiento alguno. Al cabo de cinco semanas, la fuerza promedio que podía hacer el dedo meñique había aumentado un 30 % en el grupo de entrenamiento real y un 22 % en el de entrenamiento imaginario. En el grupo de control el cambio fue un insignificante 2,3 %.

Imaginad la siguiente escena: una persona entra a la consulta del médico y dice: doctor, doctor, he perdido mi cuerpo y no lo encuentro, como si fuera el cuerpo de
A veces, cuando una persona sufre un accidente en el que se le secciona el brazo, perdiéndolo para siempre, ésta continuará notando que su brazo existe, y que incluso sufre dolor en él. Es lo que se denomina miembro fantasma. En algunos casos, incluso, el paciente puede mover la mano fantasma y los dedos fantasma.
La pequeña muerte, que decían los poetas franceses, ha sido desentrañada hasta su última pieza por los científicos. Algunos creerán que, así, le arrebatamos su pirotecnia y su magia. Otros, entre los que me incluyo, creerán que de esta manera el orgasmo alcanza una profundidad poética todavía mayor (siguiendo el enfoque proporcionado por Richard Dawkins en su libro Destejiendo el arco iris, de obligatoria lectura para todos los que aún crean que la ciencia no es poesía o que descubrir cómo funcionan las cosas es quitarle la gracia o la magia a esas cosas).
Atrás han quedado las tesis que defendían la razón fría y calculadora como máximo exponente del progreso humano. La razón, sin estar entrelazada de emociones, sencillamente no encuentra motivo para hacer nada.
Lo confieso. Frecuentes cuadros de otitis fueron los responsables de que a menudo no pudiera acudir a clase: tantas faltas provocaron un preocupante retroceso en mi trayectoria académica hasta los 14 años. Uno estudio sobre las infecciones del oído medio en niños pequeños abunda un poco más en la relación entre este padecimiento y las dificultades para desarrollar el lenguaje correctamente.
Leer es una actividad muy propia del ser humano actual, pero es relativamente reciente. El posar nuestros ojos sobre pulpa de árbol prensada y manchada por miles de insectos de tinta tiene muy poco de natural.
Basta con acudir al simple razonamiento evolutivo para descubrir que tal mito no tiene ningún sentido: atendiendo a los enormes recursos que consume un cerebro humano, ¿cómo es posible que la selección natural haya permitido que los seres humanos vayan por ahí con un órgano tan grande y tan esencialmente inútil?
Hay mitos que, a pesar de que violan principios fundamentales de conocimientos ampliamente aceptadaos, se repiten sin cesar. Uno de los más difíciles de erradicar es el de que el ser humano sólo utiliza el 10 % de su capacidad mental.
Las respuestas debían ajustarse a un formulario exactamente definido, con preguntas del tipo: ¿dónde estaba usted?, ¿en compañía de quién?, ¿de dónde le llegó la información?