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[Libros que nos inspiran] ‘Inteligencia intuitiva’ de Malcom Gladwell, ¿por qué sabemos la verdad en dos segundos?

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inteligenciaintuitiva.jpgMalcolm Gladwell tiene una prosa irresistible. Es capaz de introducirte en cualquier concepto científico abstruso como si te explicara un cuento. A veces, las obras de Gladwell parece más una novela que un ensayo. Y, por si fuera poco, todas sus paginas están jalonadas de datos curiosos que seguramente no conoceréis.

Por esa razón, a pesar de que Inteligencia intuitiva es, a mi juicio, la obra de Gladwell más floja… es igualmente interesantísima. En ella habla del poder de nuestros pálpitos, de nuestras intuiciones, de nuestra primera impresión, de esas minireflexiones que apenas duran unos segundos, incluso mucho menos, y que resultan mucho más acertadas que meditaciones de semanas o meses.

Pero también habla de muchas otras cosas relacionadas con nuestro cerebro y sus fallas, por ello nos ha inspirado para escribir entradas como A menudo vivimos en modo zombi, El pulso emocional en la Segunda Guerra Mundial o Cómo saber si un matrimonio tendrá éxito en sólo 15 minutos.

No todo lo que aporta Gladwell es igualmente riguroso, pero indudablemente ofrece material para la reflexión.

Y es que, a pesar de las apariencias, nuestro cerebro no está preparado para meditar demasiado sobre las decisiones que debe tomar. Nuestro cerebro fue cableado en una época en la que la reflexión no tenía valor sino la decisión rápida: ante los peligros de la sabana africana, no valían filosofías, sino actuar o morir.

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¿Por qué es tan insoportablemente pegadiza la canción del verano?

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En 2008, casi todos los españoles tararearon alguna vez la canción Baila el chiki-chiki de Rodolfo Chikilicuatre. Quién más o quién menos no ha podido evitar que se les colara en la mente temas de Rafaella Carrá o Georgie Dan.

Como si nuestro cerebro fuera una manzana y un gusano musical se hubiera alojado en él.

Así es precisamente cómo llaman al fenómeno consistente en que, de pronto, empecemos a tararear o silbar determinadas canciones y ya no podamos quitárnoslas de la cabeza: gusano auditivo o neurogusano.

Habla de ello el neurólogo Oliver Sacks en su libro Musicofilia, llegando a comparar el neurogusano con “un tic o un ataque”. De algún modo, las notas musicales de la canción nos han infectado, como si fueran un virus. La razón de que nuestro cerebro sea tan proclive a dejarse contaminar por canciones como éstas (generalmente un poco bobas) es que nuestra mente trata de completar una melodía inconclusa (según algunos psicólogos) o sencillamente es la manera de que la mente siga trabajando mientras está ociosa (según otros).

Desde el punto de vista de la memética, es decir, la teoría que propone que la existencia de los memes (unidades de una cultura que pueden considerarse transmitidas por medios no genéticos, especialmente por imitación), la explicación es un poco más compleja.

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Somos más atractivos si alguien dice que somos atractivos

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¿Cuál es la mejor forma de atraer sexualmente a alguien? ¿Cómo podemos aumentar nuestro sex appeal? Olvidaos de pintalabios, sesiones en el gimnasio, wonderbrás o tener una cartera muy abultada (ya sea por la envergadura de vuestro sexo o porque ganáis mucho dinero).

La mejor forma de que los demás se convenzan de que somos atractivos es que ya haya gente convencida de que somos atractivos. La valoración del atractivo de hombres y mujeres es contagiosa.

Para demostrar esto se realizó un famoso experimento en el que se mostraron varias fotografías de hombres un grupo de mujeres para escoger a los más atractivos. Más tarde, se enseñaron varios pares de fotografías de dos hombres igualmente atractivos a otro grupo de mujeres, pero entre par y par de fotografías, se insertó una de una mujer que “miraba” a uno de los hombres.

La mujer en cuestión tenía una sonrisa en la boca o, por el contrario, una expresión neutra.

Pues bien, los hombres de las fotos resultaron finalmente más atractivos a las mujeres cuando se interpolaba la imagen de una mujer sonriente. ¿Hemos descubierto por fin la manía de muchos hombres que gustan de fotografiarse con grupos de amigas alrededor, como si fueran parte de su harén?

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¿Por qué hacemos lo que hacemos? (y IV)

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6. ARTE.

Muchos de nosotros tenemos la necesidad imperiosa de escribir, pintar, moldear, dibujar, esculpir, fotografiar, filmar películas, bailar… ¡incluso escribir un blog! Y los que no sienten esta imperiosa necesidad, entonces necesitan por igual consumir y disfrutar de las obras de arte de los demás.

El arte, básicamente, funcionaría de la misma manera que la cola de un pavo real. Como un rasgo sexualmente atractivo (¿por eso le doy tanto a la tecla?). Aunque para tener una explicación más completa del arte, a la necesidad de atraer al sexo contrario también habría que añadir que el arte es una capacidad para adaptarse socialmente. Además, biológicamente nuestro cerebro está diseñado para encontrar ciertas imágenes más bellas, sobre todo las que guardan determinadas proporciones y muestran una mayor simetría.

O que resultan adaptativas: como el paisaje amplio y luminoso desde el interior de una cueva (un lugar en el que nos sentimos protegidos y tenemos una panorámica del exterior a fin de poder detectar cualquier atisbo de amenaza.

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¿Por qué hacemos lo que hacemos? (II)

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2. BESAR.

Una hipótesis es que el beso es una reminiscencia de la infancia, dado que nuestra primera experiencia de seguridad, placer y amor procede de la boca cuando nos amamantan. Incluso nuestros ancestros solían alimentar a su prole pasándole la comida masticada de boca a boca, como hacen los chimpancés.

Otra explicación tendría que ver con el sexo. Los primeros homínidos se sentían atraídos por las frutas rojas maduras y esa atracción se trasladó a la sexualidad. De ahí que el sexo y los labios sean más colorados. O que tenga tanto éxito el pintalabios rojo pasión. Besar unos labios, pues, sería como morder una fresa.

Lo que es innegable es que los labios son una de las zonas más erógenas de nuestro cuerpo. Un beso apasionado puede resultar tan intenso que reduce el estrés y desata la oxitocina, el neurotransmisor de la socialización y el amor. Y como dice Cristina Sáez:

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¿Por qué hacemos lo que hacemos? (I)

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Atendiendo a un correo en el que me preguntaba un lector la razón de que nos besemos, he decidido escribir una serie de artículos sobre por qué hacemos lo que hacemos en muchos otros ámbitos de la vida.

¿Por qué besamos? ¿Por qué nos sonrojamos cuando nos piropean? ¿Por qué la gente se ríe si alguien se tropieza? ¿Por qué los adolescentes son como son? ¿Por qué nos gusta cultivar el arte? ¿Por qué hacemos cosas por los demás? ¿Por qué, en definitiva, los seres humanos son tan raros?

La mayoría de esas preguntas no tienen una respuesta sencilla, y algunas ni siquiera una respuesta concluyente. No en vano, vamos a intentar explicar lo que se sabe hasta el momento de todos esos comportamientos tan particulares.

Empecemos.

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Si quieres quieres tener éxito sexual, aprende a imitar

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Según la sociobiología, nuestra forma de elegir pareja y nuestras preferencias relativas al aspecto físico son en el fondo producto de una ventaja genética. En principio, tendemos a desear emparejarnos o mantener relaciones sexuales con aquellos que en el contexto de nuestro pasado evolutivo incrementaban nuestro legado genético.

Pero hoy voy a hablaros de nuevo de memética, aplicada a la búsqueda de pareja sexual. Y es que los memes, al igual que los genes, podrían ser muy importantes para una potencial pareja sexual.

Por ejemplo: cuando alguien quiere aprender a montar en bicicleta necesitará recibir una serie de enseñanzas pero, sobre todo, imitará a otros que saben montar en bicicleta basándose en la simple observación. Al contemplar cómo alguien monta en bicicleta es fundamental saber captar lo primordial y descartar lo accesorio. Por ejemplo, es primordial mantener el equilibrio pero es accesorio vestir de la misma forma que el ciclista o montar el mismo modelo específico de bicicleta.

Estas distinciones resultan realmente dificultosas para un animal de mente simple o para una inteligencia artificial, que acostumbra a asignar el mismo valor a todos los detalles. Pero miles de años de selección natural han facilitado que los seres humanos desarrollemos una fabulosa habilidad para imitar sólo lo esencial de una acción, incluso siendo capaces de aplicar pequeñas variaciones para alcanzar el mismo fin, de tal modo que nuestra imitación parezca de creación propia. Como si pudiéramos resumir cualquier acción en una receta de cocina: es orientativa y flexible pero el resultado es fundamentalmente el mismo.

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