El ser humano es medio ciego, medio sordo y medio tonto porque… bien, porque, con esas condiciones, tuvo suficiente para sobrevivir. Sobrevivir, reproducirse y permitir que los hijos hereden esas características tan limitadas aunque suficientes para seguir adelante.
De algún modo es como si el proceso evolutivo dijera: bueno, a pie tardaremos una semana en llegar a aquella montaña, pero tampoco hay prisa. Lo importante es que vayas andando, comiendo algo por el camino y, sobre todo, reproduciéndote con los miembros del sexo contrario que te encuentres a fin de que tus hijos, cuando tú mueras, puedan seguir el camino. De hecho, ni siquiera es relevante que llegues a algún sitio. ¿Para qué voy a dotarte de alas?
Por esa razón la ciencia diseñó las alas artificiales y, con un aeroplano, llegó a la cima de aquella montaña. Ya no dependía de las reglas de la naturaleza. La ciencia nos hizo volar, literal y metafóricamente.

La ciencia no es una filosofía ni un sistema de creencias. Es una combinación de operaciones mentales que se adquiere por hábito, nunca por herencia genética. Nadie nace científico, aunque todos nazcamos con propensión a emocionarnos con las historias de ficción o la música.
¿Hasta qué punto es importante la ciencia para desenvolvernos en el mundo? No ya tanto la acumulación de datos científicos inequívocos (como que las espinacas en realidad no tienen demasiado hierro, por mucho que lo dijera Popeye) sino el hecho de contemplar las cosas a través de un prisma científico.
Como corolario de las limitaciones epistemológicas de la ciencia, es hora de ir a los casos prácticos. ¿Qué hazañas asumen generalmente los científicos que jamás se alcanzarán? ¿Qué es imposible de conseguir aunque la ciencia avance 1.000 años? ¿Qué es lo que nunca se podrá resolver?
El problema de responder a todas las preguntas del universo es que nosotros vivimos en ese mismo universo. El sistema no puede saber cómo es el sistema si está dentro de ese mismo sistema.