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¿Qué quieren las mujeres?

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Después de acercarnos a los gustos físicos y sexuales de los hombres, muchos de vosotros me habéis preguntado qué pasa con las mujeres. ¿Qué quieren ellas? ¿Qué buscan? ¿En qué piensan?

Michael Cunningham ha tratado de resolver este enigma y ha llegado a la siguiente conclusión: las mujeres lo quieren todo, y a ser posible todo a la vez: un carácter masculino, maduro y dominante (que se traduce en pómulos salientes y mentón anguloso), que sea a la vez cálido y que transmita confianza (expresado a través de rasgos suaves e infantiles), que transmita afabilidad y cordialidad (es decir, debe tener una sonrisa amplia y unos ojos abiertos).

En este sentido, Tony Little, de la Universidad de Liverpool, hizo un experimento al respecto, en el que las mujeres debían transformar ellas mismas las fotografías de varios hombres con ayuda del ordenador. Conclusión: cuanto más atractiva se creía la mujer en cuestión, más masculino era el rostro que elaboraba con el ordenador.

El hombre debe ser protector y paternal pero también debe estimular libre al instinto protector y maternal de la mujer. Por ello, si el hombre tiene un toque infantil, ganará puntos.

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Ojos que no ven, bolsillo que no siente (y II)

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La idea que os quiero transmitir de Vanuatu es parecida a la que transmitían las poblaciones indígenas de Norteamérica en el siglo XVI. Una sociedad materialmente modesta pero espiritualmente plena. Los indios de aquella época estaban unidos en comunidades pequeñas, igualitarias y pacíficas. Eran tan frugales que incluso el jefe de la tribu apenas podía poseer más que una lanza y unas pocas vasijas. Con la llegada de los primeros europeos, sin embargo, los indios entraron en contacto por primera vez con el lujo, el confort y la tecnología europeos.

En pocos años, los indios pasaron de vivir en armonía con la naturaleza y fomentar las relaciones entre los miembros de la tribu a anhelar joyas, alcohol, rifles, abalorios, espejos y demás posesiones materiales. Como indica Alain de Botton en su libro Ansiedad por el estatus:

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Ojos que no ven, bolsillo que no siente (I)

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Siguiendo el hilo del post anterior, La infelicidad de quererlo todo, quisiera aclarar algunos puntos. Lo que produce frustración en el ser humano no es la pobreza (sólo la extrema) ni la riqueza. El dinero no da la felicidad (¿acaso algo da LA felicidad?), sólo proporciona dosis de efímeras de felicidad (como todas las cosas de este mundo: nuestro cerebro es elástico en cuanto a la asimilación de la felicidad por mera supervivencia: sólo el anhelo de felicidad provoca que nos movamos).

Así pues, una vez superado el umbral de tener las necesidades básicas cubiertas, más o menos dinero o posesiones no repercutirá ostensiblemente en nuestro grado de felicidad a largo plazo. Hay interesantes experimentos al respecto cuyos sujetos habían sido recibido grandes premios económicos en algún juego de azar.

Lo que produce ansiedad y zozobra, la ansiedad y zozobra en la que se halla inmersa gran parte de la sociedad del primer mundo, es la inmensa oferta disponible, que sólo puede ser adquirida en una ínfima porción. Saber que uno podría vivir mejor o tener tantas cosas como el vecino es lo que produce que uno se sienta más infeliz con lo que ya tiene: cree que está siendo objeto de un agravio comparativo.

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La infelicidad de quererlo todo

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I Want It All, que decía Queen. Pero ¿estaban equivocados? A la luz de ciertos estudios, en parte. Querer cada vez más, quererlo todo, es lícito, e incluso puede ser sano: después de todo, como especie hemos evolucionado en parte gracias a ese anhelo por poseer.

Pero el problema surge cuando empezamos a tener demasiadas cosas o, aún peor, cuando nuestra autoestima depende de la obtención de esas cosas y nuestras expectativas son demasiado elevadas.

Hoy, pues, voy a hablaros del problema del estatus y la autoestima.

Nuestros objetivos determinan lo que interpretamos como triunfo y lo que debemos considerar como un fracaso. William James( 1842-1910), profesor de psicología de Harvard, ha dedicado toda su carrera a convertirse en un psicólogo preeminente. (De hecho, James es el primer investigador que analizó metódicamente el fenómeno de la autoestima). Por lo tanto, según él mismo admite, puede llegar a sentir envidia e incluso vergüenza si se encuentra con otras personas que saben más psicología que él, o peor aún: si no son psicólogos de profesión pero atinan con alguna reflexión más allá de sus reflexiones.

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