A menudo, cuando estamos en plena caravana de coches, avanzando un poco, frenando, deteniéndonos, avanzando otro poco, no podemos evitar pensar: ¿quién será el mal nacido que está provocando todo esto? ¿Qué conductor está en la cabeza de esta cola originando semejante caos?
Entender cómo se producen las colas de coches es muy difícil para un cerebro: tendemos a pesar en un causante o un grupo de causantes, pero el verdadero responsable es la propia caravana (incluido uno mismo).
Un apiñamiento de coches, observado desde el cielo, se comporta como un acordeón o como un fluido. Cualquier micromovimiento se trasmite de un lado al otro de la cola. Y cuando más apiñados estén los vehículos, más se notan estos micromovimientos, que pueden provocar macroconsecuencias.
Otra forma de entender esto es mediante cinco bolas de billar. Si las sitúas una detrás de otra, pero a treinta centímetros de separación, al golpear la primera probablemente las demás no notarán ningún efecto. Pero si las juntas y das un golpe a la primera, la última bola también se moverá.

Imaginaos la escena. Estáis esperando que el semáforo se ponga en verde. Lo hace… y el coche que tenéis delante no se mueve. Pasan dos, tres, cuatro segundos… ¿cuánto tardaréis en tocar el claxon (o, en su versión más amable, hacerle luces largas)?
Son el enemigo público número uno de cualquier conductor, sobre todo si el conductor circula con un coche tuning con los bajos rozando el suelo. Los badenes castigan los amortiguadores de nuestros coches con objeto de combatir el exceso de velocidad, pero ¿realmente el sistema es eficaz o se parece a lo de matar a moscas a cañonazos?
Unos doctores canadienses descubrieron un paciente en la provincia de Columbia Británica cuya sangre era de color verde oscuro, probablemente a causa del exceso de ingestión de un medicamento conocido como sumatriptan.