¿Quién es el responsable de las caravanas de coches de una carretera?

¿Quién es el responsable de las caravanas de coches de una carretera?
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A menudo, cuando estamos en plena caravana de coches, avanzando un poco, frenando, deteniéndonos, avanzando otro poco, no podemos evitar pensar: ¿quién será el mal nacido que está provocando todo esto? ¿Qué conductor está en la cabeza de esta cola originando semejante caos?

Entender cómo se producen las colas de coches es muy difícil para un cerebro: tendemos a pesar en un causante o un grupo de causantes, pero el verdadero responsable es la propia caravana (incluido uno mismo).

Un apiñamiento de coches, observado desde el cielo, se comporta como un acordeón o como un fluido. Cualquier micromovimiento se trasmite de un lado al otro de la cola. Y cuando más apiñados estén los vehículos, más se notan estos micromovimientos, que pueden provocar macroconsecuencias.

Otra forma de entender esto es mediante cinco bolas de billar. Si las sitúas una detrás de otra, pero a treinta centímetros de separación, al golpear la primera probablemente las demás no notarán ningún efecto. Pero si las juntas y das un golpe a la primera, la última bola también se moverá.

Cuando el primero de un grupo de coches poco espaciados aminora o se detiene, se desencadena una “onda expansiva” que se mueve hacia atrás. El primer coche aminora o se detiene y el siguiente aminora o se detiene un poco más atrás. Esa onda, cuya velocidad al parecer suele rondar los 20 kilómetros por hora, en teoría podría prolongarse indefinidamente mientras hubiese una concatenación de tráfico lo bastante densa. Hasta un único coche en una carretera de dos carriles, con solo cambiar la velocidad sin venir a cuento (…) puede irradiar esas ondas hacia atrás a través de un caudal de vehículos que le sigan.

Por ejemplo, si un coche cambia de carril, provocará quizá que otro coche de dicho carril tenga que reducir un poco la velocidad, y ese efecto se propagará hacia atrás. Lo cual nos ofrece una pista: la mejor forma de evitar los embotellamientos es conducir a una velocidad regular, no acelerar cuando vemos un vacío grande frente a nosotros.

Es lo que probó Bill Beatty, del Laboratorio de Física de la Universidad de Washington. Condujo sólo a 55 km por hora. Es vez de pegarse a los coches y frenar constantemente, condujo a una velocidad uniforme, dejando siempre un hueco ancho entre su coche y el de adelante. Lo que vio por el retrovisor le confirmó que su estilo de conducción funcionaba: los coches que le seguían mostraban un patrón regular. Con su conducción amortiguaba las ondas que se trasmiten a través del tráfico.

Obviamente, este estilo de conducción sólo tiene efectos si los demás coches también lo siguen: basta que alguien intente adelantar al coche que conduce uniformemente para que se produzcan de nuevo ondas que acaben generando caos.

Para fomentar este tipo de conducción, en muchas carreteras y autopistas se están introduciendo límites de velocidad variables. Por ejemplo, el tramo de autopista que tomo para viajar a Barcelona está punteado por señales de límite de velocidad de 80 km por hora que pueden reducirse hasta 40 km por hora si hay demasiada densidad de tráfico. Cuando el sistema descubre que el tráfico es muy lento, envía un aviso caudal arriba.

Aunque nuestra intuición nos diga que esta reducción casi absurda de velocidad no solucionada nada y que sólo nos hace llegar más tarde allá adonde vayamos, lo cierto es que diversos estudios revelan que los conductores pasan menos tiempo en el tráfico de paradas y arranques, lo que ayuda no sólo a rebajar el índice de siniestralidad o el consumo de combustible, sino que probablemente provocará que acortemos el tiempo del viaje.

A veces, más lento puede significar más rápido, como en la fábula de la liebre y la tortuga.

Vía | Tráfico de Tom Vanderbilt

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