Algunas diferencias fundamentales entre la fe en la ciencia y la fe en la religión (I)

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A rebufo de los candentes comentarios que ha generado el artículo Las células madre y la fe religiosa, vamos a bucear de nuevo en el libro de Sam Harris, El fin de la fe, con objeto de aclarar algunos conceptos acerca de la naturaleza de la fe en la ciencia y la fe en la religión.

Antes, sin embargo, aclarar un punto que me parece fundamental. Cuando se habla de ciencia o de religión, no se menciona al científico o al religioso. Habrá científicos buenos, malos, dogmáticos, razonables y demás epítetos, como los hay entre los religiosos o los que profesan una fe irracional.

Así pues, lo que se pone de relieve en realidad es el sistema en sí y sus defectos estructurales, no los usos o los errores que han arrostrado sus fieles, tanto de la ciencia como de la religión.

Esta distinción es importante, porque si la ciencia comete errores, a mi parecer, no es por la ciencia en sí sino por su mala praxis. Por el contrario, la religión, sea o no buena sus praxis, parte de unos pilares estructurales que, a día de hoy, resultan netamente nocivos para la razón, el progreso y hasta me atrevería a decir que la felicidad.

Vamos a esas diferencias estructurales.

¿Qué debemos creer? No nos engañemos, la mayor parte de lo que creemos del mundo lo creemos porque nos lo han dicho otras personas. Confiamos en la autoridad de los expertos y en el testimonio de la gente corriente.

Una persona que sólo afirmara saber lo que ha obtenido por vía sensorial o teórica directa apenas sabría nada. ¿Cómo sabes que si te tiras de un quinto piso probablemente morirás? A no ser que hayamos visto morir a alguien así, sólo asumirías esa creencia aceptado lo que te dicen otros.

Así funcionan las cosas, nos guste o no. Pero de ello no se deriva que todas las formas de autoridad sean válidas, ni que todas las autoridades en algo sean siempre fiables.

Imaginemos dos supuestos. En el primero, un biólogo afirma en la televisión que el ADN es la base molecular de la reproducción sexual. En el segundo, el Papa dice que Jesús nació de una virgen y que su cuerpo resucitó después de muerto; si crees eso, irás al cielo después de muerto, y si no lo crees, irás al infierno.

Vayamos a la primera proposición. La ciencia no se funda en verdades inmutables, como ya nos dijo Karl Popper, sino que se autorevisan continuamente. No hay forma de saber cuántas de las actuales teorías resultarán erróneas en el día de mañana. Así pues, ¿cuánta fe hemos de depositar en lo que nos diga la ciencia?

La ciencia es ciencia porque representa nuestro esfuerzo constante de verificar que nuestras afirmaciones sobre el mundo son certeras (o al menos no falsas). Hacemos eso observando y experimentando dentro del contexto de una teoría. Decir que una teoría científica concreta puede estar equivocada no implica decir que pueda estar equivocada en todos sus elementos, ni que cualquier otra teoría tenga las mismas posibilidades de ser acertada.

Tras los resultados obtenidos en estos últimos 50 años, las posibilidades de que el ADN no sea la base de la herencia genética son remotas. Disponemos de enormes correlaciones fiables entre el genotipo y el fenotipo (incluyendo los efectos reproducibles de mutaciones genéticas específicas).

Cualquier cambio en la teoría genética debería también alterar el inmenso registro de datos que ahora conforman nuestras afirmaciones sobre biología. Eso no es imposible que ocurra, pero es ciertamente difícil.

En la siguiente entrega de este artículo analizaremos la proposición segunda. La fe en la religión.

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