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Ecologistas no tan ecológicos: consumo con responsabilidad, conduzco un Prius, lavo los platos a mano y compro productos locales (y V)

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Un ejemplo eficaz para preservar el medio ambiente que no depende del filo hilo de la voluntad individual de cada uno de nosotros (así como de nuestras continuas decisiones probablemente erradas sobre lo que contamina más y lo que contamina menos), lo propone el economista Tim Harford, junto con otros investigadores.

La idea, en pocas palabras, es que los gobiernos de los principales productos de combustibles fósiles del mundo se pusieran de acuerdo para cobrar cada uno de ellos un impuesto de 50 dólares por cada tonelada de dióxido de carbono contenida en cualquier combustible fósil extraído en su territorio, unos 14 dólares por tonelada de dióxido de carbono.

Tal y como Harford explica en su reciente libro Adáptate:

Esto supondría, aproximadamente, un incremento de 5 dólares por barril de petróleo y unos 40 dólares por tonelada de carbón. (…) No estoy proponiendo aquí un impuesto sobre un determinado nivel de dióxido de carbono, sino simplemente explicando el principio. Una cifra de 50 dólares por tonelada de dióxido de carbono no es desproporcionada según cálculos de precios bien informados, aun cuando el abanico de precios es amplio. (…) El impuesto sobre el dióxido de carbono repercutiría negativamente en el sistema de precios del mercado, que se comporta como un gran ordenador analógico en la nube, quitando y poniendo recursos allí donde alcanzan más valor. Un impuesto de 50 dólares sobre cada tonelada de dióxido de carbono incrementaría el precio de la gasolina unos 2 centavos y medio por litro, creando un pequeño incentivo para utilizar menos y más eficientemente el coche, así como para comprar coches más eficientes.

A base de pequeños incentivos, la gente no debería buscar voluntad para salvar el planeta: sencillamente lo haría porque le sale más barato en el día a día.

Para ser ecologistas concienzados no basta con ir de ecologista por la vida, sino que hay que promover políticas que incentiven a todo el mundo a tener comportamientos ecologistas. La subida de precios sencillamente dejaría en evidencia lo que realmente contamina, y obligaría a cerrar a la empresas más contaminantes por falta de clientes.

La propuesta de un impuesto sobre el dióxido de carbono está planteada desde hace muchos años, pero se trata de una idea que todavía no ha calado políticamente. Hay unos cuantos países con impuestos sobre el dióxido de carbono en pequeños sectores de su economía. La Unión Europea tiene un sistema de límites máximos e intercambio de los derechos de emisión con efectos muy similares al impuesto sobre el dióxido de carbono, pero el sistema tiene problemas para echar a andar y omite grandes sectores de la economía. En India existe un impuesto sobre el carbón, pero es pequeño. Ningún país grande ha introducido un precio significativo por el dióxido de carbono en toda su economía y las negociaciones internacionales siguen siendo duras.

En el fondo, la idea es bastante simple: esperar que un entorno evolutivo haga las cosas por nosotros. O tal y como lo expresa el economista ecologista Prashant Vale, la idea es emplear influencias sutiles para dirigir conductas inconscientes preservando al mismo tiempo el derecho individual a elegir conscientemente.

También podrían surgir ideas para salvar el mundo de fuentes todavía más inesperadas. Sería un gran logro si hubiera alguna forma de reducir el metano que expulsan vacas y ovejas, que constituye cerca de la décima parte del total de las emisiones de gases con efecto invernadero. Científicos australianos han comprobado que los canguros no emiten metano y ahora están tratando de averiguar cómo introducir bacterias de las tripas del canguro en el estómago de la vaca. Puede ser un callejón sin salida. O no. Pero ponerle un precio adecuado a los gases con efecto invernadero debería animar a explorar todas las vías, aun cuando alguna de ellas sea simplemente hacer que las vacas eructen como canguros.
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