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No te lo creas

'Los hombres piensan en sexo cada 5 segundos' y otros mitos pseudocientíficos muy extendidos

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1. El pelo y las uñas siguen creciendo después de la muerte

La mejor manera de entender la falsedad de este mito es pensar en un jamón: a medida que se va secando, queda más a la vista el hueso. De igual forma, cuando morimos, la piel que hay alrededor del pelo y las uñas se deshidrata y cede, dando la sensación de que el pelo y las uñas han crecido.

Podéis leer más curiosidades sobre el pelo en El pelo humano en cifras y sobre la uñas en Las uñas y sus famosas manchitas blancas.

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Una corriente de aire para ver a Dios o el hombre que vio un fantasma y no se lo creyó (III)

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20050907data.pngRichad Wiseman, junto a la experta en acústica Sarah Angliss, llevaron a cabo un experimento para probar hasta qué punto los infrasonidos podían ser los responsables de nuestras visiones místicas.

Para ello reunieron a un grupo grande de personas que debían relatar cómo se sentían en cada momento, mientras eran sometidos a infrasonidos o no, según. Sarah tuvo la idea de incorporar secretamente infrasonido a ciertas piezas ejecutadas en un concierto en directo, para descubrir si la onda afectaba a la forma en que la audiencia percibía la música.

Junto a los especialistas en acústica del Laboratorio Nacional de Física, Richard Lord y Dan Simon, pues, celebraron dos conciertos inusuales en una de las principales salas de conciertos del distrito South Bank de Londres.

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Una corriente de aire para ver a Dios o el hombre que vio un fantasma y no se lo creyó (II)

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sound.jpgHabíamos dejado a Vic Tandy, en la anterior entrega de esta serie de artículos, cavilando toda la noche acerca de la experiencia presuntamente sobrenatural que había sufrido: nada menos parecía haber visto de refilón una presencia extraña que, luego, se había esfumado.

Pero al día siguiente fue peor. Vic, además de ingeniero electrónico, era un aficionado a la esgrima, y justo aquel nuevo día tenía que disputar un combate de esgrima. De modo que se trajo su florete al trabajo, justo al laboratorio donde había sufrido la experiencia sobrenatural. Al depositar el florete sobre la mesa de trabajo, éste empezó a vibrar misteriosamente. Como si el florete estuviera bajo algún tipo de sortilegio (¡conviértete en vibrador!, o algo así).

Pero Vic persistió en intentar buscar una explicación racional a todo aquello, tal y como explica Richard Wiseman en su libro Rarología:

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Una corriente de aire para ver a Dios o el hombre que vio un fantasma y no se lo creyó (I)

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ghost20lady.jpgNo recuerdo ninguna película de la historia del cine cuyo protagonista, tras sufrir una intensa experiencia paranormal (por ejemplo, ver o interactuar hasta cierto punto con lo que parece un fantasma o un espíritu) sencillamente asuma que no sabe lo que ha visto y que hay docenas de explicaciones más plausibles de lo que acaba de sucederle que un simple fantasmas. Y que finalmente la película se resuelva de esa forma madura y escéptica. (Dentro de poco se estrena la esperada Luces Rojas, de Rodrigo Cortés: esperemos que sea una excepción).

Lo habitual cuando alguien sufre una experiencia de esa naturaleza es que acuda a un parapsicólogo. Lo habitual es que si alguien ve un fantasma es que crea que ha visto un fantasma.

Pero Vic Tandy fue una persona que no pensó de esa manera. Vic era un ingeniero eléctrico de profesión e invertía gran parte de su tiempo en indagar los fenómenos que llamaban su atención, incluidos los fantasmas. En 1998, Vic trabajaba para una compañía que diseñaba y fabricaba equipos de cuidado vital para hospitales, cuyo laboratorio se decía que estaba habitado por un fantasma.

Vic siempre había sido escéptico respecto a esas habladurías. Hasta que un día la vivió en primera persona: una noche, mientras trabajaba hasta tarde, empezó a sentir frío y una incomodidad inconcreta. A continuación, sintió cómo alguien le estaba observando. Levantó la vista y atisbó una figura borrosa gris que emergía del lado izquierdo de su visión periférica. Vic dio un respingo y se sintió de pronto aterrorizado. Logró reunir el coraje necesario para volverse y mirar la figura. Al hacerlo, la figura se esfumó y desapareció.

Justo como ocurre en las películas de terror.

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Conviértete en bright y huye de las sombras de la superstición

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Hay cosas que todavía no tienen palabras para ser designadas. Hay palabras que necesitan ser acuñadas. Por ejemplo, hasta hace poco, la sensación vaga e incómoda que nos invade al sentarnos en una silla que conserva aún el calor del trasero de quien la había estado ocupando no tenía palabra para ser designada. Gracias a Douglas Adams (autor de la desopilante Guía del autoestopista galáctico) y su texto The Deeper Meaning of Liff, ahora los ingleses ya tienen esa palabra: Shoeburyness.

Eso lo hacen también estupendamente en la serie de televisión Cómo conocí a vuestra madre. Una de las mejores acuñaciones de la serie fue la de revértigo. El término se refiere a la sensación de cambiar cómo somos cuando nos encontramos con alguien del pasado que hacía mucho que no veíamos: si es alguien del colegio, no podemos evitar comportarnos un poco tal y como éramos en aquella época, con esa persona.

A propósito del ateísmo, un grupo bastante amplio de intelectuales ha decidido hacer algo similar: inventar una palabra que defina mejor la posición científica, naturalista y atea frente a la realidad. Una buena razón para ello es que la mayoría de la gente con la que discutes sobre Dios y se declara agnóstica, en realidad resulta que es atea, pero no lo sabe. Muchos agnósticos, pues, son ateos mal informados. Entre otras cosas, quizá se deba a que la palabra agnóstico (no sé si dios existe o no) parece más razonable y humilde que la palabra ateo (etimológicamente, sin Dios).

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El tesoro profundo, muy profundo de la Isla del Roble (y III): ¿Tesoro? ¿Qué tesoro?

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Tal y como os dije en la segunda entrega de esta serie de artículos sobre la Isla del Roble, la historia infructuosa de la búsqueda del tesoro no había acabado. Aún había mucho más que encontrar. O no.

Y es que, a veces, la fe produce más daño que beneficio. La fe en encontrar un tesoro de incalculable valor en la Isla del Roble es un caso de este tipo de fe. Todos los que allí cavaron lo hicieron bajo el dictamen de la inquebrantable fe en algo que jamás habían visto. Una fe que fue alimentada por toda clase de rumores e hipótesis sobre los orígenes del presunto tesoro. Unos decían que podría pertenecer a un rico constructor francés que hubiera escondido allí sus riquezas para protegerlas de los ingleses durante la colonización de América. Otros atribuyen el tesoro a los vikingos que visitaron América. Los más fantasiosos, que el tesoro pertenecía al capitán Kidd, quien ya había afirmado que su tesoro iba a ser enterrado en un lugar donde ni Satanás pudiera encontrarlo. ¿Qué mejor lugar podría ser ése que la Isla del Roble? También se habló de otros piratas, como sir Francis Drake o Henry Morgan. Y los que sugerían que las inscripciones de la piedra de pórfido pertenecían a un dialecto copto, sostuvieron que allí se escondía en realidad una tumba que guardaba relación con el antiguo Egipto.

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El tesoro profundo, muy profundo de la Isla del Roble (II): sigue la excavación

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En la anterior entrega de esta serie de artículos sobre el misterioso tesoro de la Isla del Roble, dejamos a nuestros protagonistas exhaustos después de tanto cavar sin éxito.

Alrededor de 1803, junto a la compañía de minería Onslow, los tres aventureros regresaron a la Isla del Roble con la convicción de que llegarían hasta el fondo de aquel hoyo. Equipados con muchos más medios, atravesaron la segunda barrera de troncos y empezaron a cavar de nuevo. Entonces se toparon con algo más extraño. Cada 10 metros, justo cada 10 metros, otra barrera les salía al paso. Capas de troncos fortalecidas con otras capas de carbón de leña y fibra de coco (la fibra de coco, por cierto, no existía en Nueva Escocia ni en cualquier otro lugar próximo: el más próximo sería Bermudas, a más de 2.000 kilómetros de distancia).

Cuanto más penetraban en la Isla del Roble, más impedimentos encontraban para seguir adelante. Pero esta circunstancia, más que disuadirles, avivaba su entusiasmo por el agujero: cuanto mayores fueran las medidas de seguridad, mayor sería el tesoro que estas medidas tratarían de proteger. Una lógica, en principio, bastante sólida.

Los buscadores de tesoros llegaron hasta los 28 metros de profundidad. Allí fue donde hallaron la señal que despejaba cualquier duda que pudiera haberles invadido durante el interminable trabajo. Desenterraron una gran piedra de pórfido (material también prácticamente inexistente en toda Norteamérica) en la que leyeron una inscripción llena de símbolos extraños. Finalmente, descifraron los símbolos al descubrir que estaban encriptados bajo un código sencillo de cifras. El mensaje decía lo siguiente: doce metros más abajo, dos millones de libras se encuentran enterradas.

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El tesoro profundo, muy profundo de la Isla del Roble (I)

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Quien más o quien menos ha leído La isla del tesoro, del escocés Robert Louis Stevenson, una adictiva novela de aventuras publicada por primera vez por entregas en la revista infantil Young Folks, entre 1881 y 1882. Y quien no haya leído la novela, habrá visto alguna de sus adaptaciones cinematográficas. O habrá leído alguno de los cómics que ha inspirado. O al menos habrá oído hablar de ella.

Para quien no tenga la menor idea de lo que estoy hablando, sin embargo, ahí va un resumen del argumento: un mapa cuya X marca el tesoro y un grupo de piratas que parten en su busca. El arranque más esencial de la aventura. Y es que ¿quién no ha soñado alguna vez con buscar un tesoro?

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Los casos de sarampión en Madrid se multiplican por 20... por culpa de la fe irracional de la gente

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Ayer me topé de nuevo con esta noticia y no puedo resistirme a comentarla de nuevo con vosotros. Los casos de sarampión en Madrid se multiplican por 20 debido, en gran parte, a la moda que siguen algunos padres de no vacunar a sus hijos.

Hay colectivos, integrados en su mayoría por médicos naturistas, como la Liga por la Libertad de Vacunación, donde se aboga por la libre elección de no inmunizar a los niños escudándose en los efectos secundarios de las vacunas y en que los microorganismos se acaban haciendo más fuertes con los fármacos. Hay gente, en definitiva, que sostiene creencias.

El problema es que no todas las creencias son respetables. Y no porque puedan dañar al individuo que las sostiene sino porque ponen en peligro a los demás, a todas las personas que conoce incluso a las personas que no conoce. Como hace tiempo ya os expliqué aquí y aquí, todo el mundo puede mantener una creencia. Pero lo inmoral no es creer sino la naturaleza de dicha creencia. O dicho de otro modo: no importa lo que digas sino qué respalda lo que dices.

Lo inmoral es tener creencias irracionales (es decir, inmunes a la crítica, que no cambian con el tiempo para ajustarse a los nuevos conocimientos, que no concuerdan con los datos científicos, que, en suma, no tienen respaldo). Lo innmoral es no saber diferenciar a estas alturas de la película las creencias racionales de las irracionales, dar más importancia a testimonios que a pruebas controladas, entender que la carga de la prueba está en el que afirma y no en el que niega… en definitiva, toda una serie de destrezas mentales de índole epistemológica que deberíamos exigir a los demás antes de respetar sus creencias. Aunque tampoco es culpa de la gente: en el colegio no suelen impartirse nociones de epistemología y lo del método científico se explica de pasada, cuando seguramente sea el mejor método para acumular conocimientos confiables que ha desarrollado el ser humano en toda su historia.

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El fraude científico de las piedras del Monte Eibelstadt

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Cuando viajo, no trago los souvenirs. Y si tengo que llevarme algo conmigo, prefiero mil veces que sea algo fungible, para no ir acumulando basura en casa. Sin embargo, a veces me llevo cosas de los lugares que visito que permanecen en el anaquel de alguna estantería de casa. Como una pequeña piedra que recogí de las entrañas del monte austríaco Eisriesenwelt, un sistema de cuevas se extiende a lo largo de unos 40 kilómetros. La gruta de hielo más grande del mundo. Eisriesenwelt significa Mundo Gigante de Hielo. Y con razón.

La visita guiada se limita a un recorrido de 1 kilómetro, en el que ascenderemos otros 700 metros por el interior del glaciar y subiremos y bajaremos 1700 escalones. El trayecto dura 70 minutos. El circuito no está iluminado artificialmente para no aumentar la temperatura del interior: solo algunos de nosotros podemos llevar una lámpara de carburo; y el guía, además, transporta barritas de magnesio que prende a fin de iluminar las áreas que merecen especial explicación. Hay tramos claustrofóbicos. Pero hay otros que son abrumadoramente gigantescos. Tan grandes que ni siquiera se atisban las paredes. Como si ascendieras por un campo de fútbol. Túneles de hielo, gélidas estalactitas gigantes, una ominosa estalagmita de hielo con forma de oso, una explanada por la que el guía patinaba a sus anchas… Eisriesenwelt es un lugar, por cierto, descubierto por el fundador de la espeleología en Salzburgo, Alexander von Mörk. Fallecido durante la I Guerra Mundial, sus cenizas descansan en una urna en la cueva. Y cerca de allí, capturé una piedra, tras caminar por el hielo hasta una esquina sombría. Mi souvenir, que aún guardo.

Pero dejemos a un lado mis anécdotas personales. Un erudito alemán del siglo XVIII, miembro del claustro de la Universidad de Würzburg, también tenía una relación muy especial con unas piedras que iba encontrando en otro monte cercano, el Monte Eibelstadt.

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