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La mortal historia de la centralita telefónica

La mortal historia de la centralita telefónica
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Hoy comparto con vosotros una de las anécdotas más famosas de las telecomunicaciones, que acabaría teniendo una enorme relevancia para la telefonía. Se trata de la historia del nacimiento de la centralita telefónica automática.

Antes de este invento, la conmutación se hacía con centralitas operadas manualmente por telefonistas, que conectaban las entradas adecuadas para establecer la conversación entre los dos usuarios deseados. Una llamada de costa a costa en los EE UU podía llegar a tardar dos horas en establecerse, por la cantidad de operadores involucrados (aunque la espera promedio era de de 15 minutos).

Pero este engorro cambió con el invento de Almon Brown Strowger. Implementando un determinado sistema de marcado en los teléfonos podía conseguir que la llamada se conmutase automáticamente al destino correcto de una forma relativamente sencilla. Pero ¿cuál fue la motivación de Strowger para investigar y construir la primera centralita automática?

Y aquí viene lo más divertido, pues resulta que Strowger no era un afamado ingeniero, ni trabajaba para ninguna compañía telefónica. El bueno de Strowger era... un simple enterrador de Kansas City. Y por eso advertí en el título de que la historia de la centralita era 'mortal'.

Mezclar el negocio funerario con el telefónico es aún más extraño que mezclar churras con merinas, y aún así, debe haber una explicación. Resulta que Strowger tenía un competidor en el mercado funerario de Kansas City que le estaba levantando la clientela, y finalmente nuestro protagonista comenzó a sospechar que era raro que casi no recibiese llamadas.

Por lo visto, la mujer de su competidor era telefonista en la centralita local, y redirigía a su marido todas las llamadas que preguntaban por 'la funeraria'. Convencido de que debían ser los llamantes quienes tuviesen el poder absoluto sobre con quién querían comunicarse, desarrolló su invento.

No sabemos hasta que punto esta leyenda es correcta, aunque la mayoría de fuentes 'serias' la mencionan, así que sosprechamos que hay un fondo de veracidad. Lo que sí se sabe es que Strowger abandonó el negocio funerario para fundar una compañía con la que explotar su nueva patente.

Sin embargo, al cabo de poco tiempo vendió sus patentes por un modestísimo precio: 1800 dólares (serían revendidas por dos millones y medio años más tarde). Existen evidencias de que retomó el sector fúnebre, acabando su vida con un nivel notable de riqueza y prosperidad.

La historia de Strowger y la centralita es sin duda una de las mejores muestras de para qué sirve la ingeniería: para solucionar problemas. No puedo evitar imaginármelo, en su despacho: "Pues si hay que inventar una centralita que conmute las llamadas automáticamente... ¡se inventa!"

Imagen | Joseph A. Carr

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