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La tecnología lleva abaratando el periodismo desde hace 100 años: asumamoslo

La tecnología lleva abaratando el periodismo desde hace 100 años: asumamoslo
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Una noche me dieron las tantas viendo un documental fascinante sobre el ocaso que está sufriendo uno de los periódicos más importantes del mundo, el New York Times. En “Page One: Inside the New York Times” vemos a una pléyade de periodistas enfrentándose a otra pléyade de comunicadores expertos en tecnología.

Los primeros repiten que el periodismo no puede morir, que no pueden bajar más los salarios, so pena de que la sociedad se quede desasistida a nivel informativo y, por ende, quede atrapada en la falta de libertad que produce la ignorancia. Los segundos recuerdan que las cosas han cambiado, y que la abundancia de información gratuita está sustituyendo el papel de la mayoría del periodismo remunerado (como Wikipedia lo ha hecho de los enciclopedistas remunerados).

En el documental aparecen voces como la de Clay Shirky, Chris Anderson o Jeff Jarvis, de los que todos debemos leer sus libros y artículos, seamos o no profesionales del periodismo. Sobre todo porque sus puntos de vista son una forma de contemplar el problema con cierta perspectiva histórica.

Por ejemplo, en el caso del declive del periodismo… llevamos asistiendo a él desde hace un siglo. Cien años. Y parece que, aún así, muchos continúan apoltronados en sus posiciones apocalípticas. Las mismas que se repetían una y otra vez hace décadas y más décadas.

Internet no es el culpable

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La mayoría de debates actuales sobre la desaparición del periodismo se centran en el estado y el destino del negocio de la información en cuanto a los ingresos económicos. Para que las redacciones de los periódicos sean de nuevo como eran antes. Pero la tecnología, la especialización y la colaboración ya no van a permitir eso nunca más, aunque algunos medios de comunicación sigan en pie porque reciben ingentes ayudas económicas de fuerzas políticas en el poder.

Y hace más de cien años que se repiten las mismas cosas. En 1901, por ejemplo, en el New York Times mismo, se leía en un artículo sobre cómo los fotógrafos estaban desplazando a los ilustradores que se personaban a los lugares donde se producía la noticia para elaborar un bosquejo de lo que veían.

Cuando apareció la televisión, la prensa escrita también asumió este desarrollo tecnológico como el fin del periodismo.

En 1970, los ordenadores sustituyeron a las linotipias con procesos digitales y fotográficos para fijar los tipos. Como abunda en ello el mismo Jeff Jarvis en su libro El fin de los medios de comunicación de masas:

A continuación, los ordenadores permitieron a los medios informativos “ahorrar pulsaciones”, según la jerga del momento, lo cual significaba que los cajistas, tanto personas como máquinas, ya no eran necesarios para reescribir el texto una vez escrito en el teclado de un reportero. Después, los ordenadores consolidaron las funciones de diseño y producción, eliminando la necesidad de grandes operaciones especializadas para componer las páginas. Todo ese ahorro, eliminando tipos de trabajo, mano de obra y, con ello sindicatos, llegó antes del final de la década de 1980.

La aceleración del cambio

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Desde 1980, el proceso se ha ido acelerando. El reproducción en facsímil de páginas permitió a las imprentas abandonar las caras localizaciones del centro de la ciudad para irse a lejanas plantas de impresión. La transmisión vía satélite permitió el nacimiento del USA Today, junto al New York Times y The Wall Street Journal, como primeros periódicos nacionales de Estados Unidos. La fotografía digital eliminó el procesado de película. El microfilm y el almacenamiento digital eliminaron los archivos de periódicos.

A pesar de todo ese trastorno y todas esa reconversión, internet aportó mucha más eficiencia y ahorro; concretamente, la red y su invento fundamental: el enlace, que premia tanto la especialización como la colaboración. “Haz lo que sabes hacer mejor y por un enlace al resto” es mi afirmación citada, retuiteara y proyectada en PowerPoint (…) El enlace nos obliga a replantearnos la cultura de la exclusiva, la creencia de que siempre vale la pena ser el primero (…) Una verdadera exclusiva, algo en lo que valga la pena pelear nuestros preciados recursos, es una investigación que abra nuevas vías o aporte información reveladora por parte de un periodista que conoce su campo y su comunidad mejor que nadie. El resto no es más que papel para envolver el pescado al cabo de un minuto, polvo digital.

Ejemplos de periodismo ciudadano están surgiendo por doquier, sobre todo en los lugares donde la circulación de información tradicional está obstaculizada por administraciones y lobbys.

Uno de los casos más espectaculares de periodismo ciudadano es el de Corea del Sur, creado en el año 2000 por OhmyNews, donde 50 periodistas y jefes de redacción profesionales seleccionan, editan y complementan los artículos escritos por más de 40.000 aficionados, desde alumnos de la escuela primaria hasta catedráticos. Tal y como podemos leer en La economía Long Tail, de Chris Anderson:

Estos voluntarios envía entre 150 y 200 artículos por día, lo cual representa más e dos tercios del contenido de OhmyNews. A cambio, reciben un pago mínimo: si la noticia aparece en primera plana (donde sólo aparece una pequeña fracción de esos artículos), el autor cobra aproximadamente 20 dólares. ¿Por qué lo hacen? Porque “están escribiendo artículos para cambiar el mundo, no para ganar dinero”, dice Oh Yeon Ha, el fundador del sitio.
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