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La solución no es buscar el Paraíso, sino crear el Paraíso

La solución no es buscar el Paraíso, sino crear el Paraíso
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Una de las fantasías más comunes de la civilización moderna, a poco que preguntemos al típico trabajador asalariado y condenado a una rutina diaria, consiste es tomar el primer vuelo con lo puesto y escapar a alguna isla paradisíaca. De hecho, hay continuos relatos de este tipo de hazañas a lo largo del siglo XX, como la que protagonizaron un dentista y una profesora alemanes cuando trataron de convertirse en un Adán y Eva modernos.

Sin embargo, si bien escapar está muy bien, si bien soñar como Walter Mitty relaja la tensión, si bien dan ganas de dejarlo todo atrás y que le den, lo cierto es que los problemas no se solucionan huyendo de ellos. Más aún: si un número suficientemente grande de personas tomara la misma decisión, a lo Thoreau, entonces el mundo no tardaría en extinguirse.

Las ciudades del futuro

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Vivir en el campo es bonito y deseable por muchos, pero en absoluto resulta sostenible si lo hacen miles de millones de personas en todo el planeta. Habida cuenta del número de habitantes que hay en la Tierra, la única forma de que el consumo de recursos y energía resulte eficiente pasa por concentrarnos en aglomeraciones gigantescas.

Estas aglomeraciones gigantescas son las ciudades. Con todo, debemos olvidarnos de las megalópolis distópicas de Blade Runner. El futuro deberá pasar por la construcción de ciudades gigantescas pero sostenibles, equilibradas, perfectamente proyectadas y amables con el medio ambiente y el ser humano.

Las ciudades, e incluso las urbanizaciones llenas de casas iguales, indistinguibles unas de otras, no son un pacto fáustico inherente a la sociedad de consumo, sino una solución tecnológica para sobrevivir a la superpoblación. La canción de los créditos de Weeds o la crítica de El show de Truman, incluso los deslices ácratas de El club de la lucha, seducen al más pintado porque a todos nos gusta la libertad, la ausencia de estandarización y la idea de que vivimos en el peor de los tiempos posible. Y también porque la mayoría de nosotros odiamos (al menos de vez en cuando) parte de nuestras vidas o de nuestros trabajos.

Pero tales fantasías, si bien resultan catalizadores de frustración y vívidas utopías en las que refugiarnos un día de lluvia, no constituyen la panacea. Por el contrario, la homogeneización, la fabricación en serie, la cercanía de servicios y recursos en un mismo punto del que todos nos nutrimos, sí que constituye un abaratamiento generalizado. Y tal abaratamiento nos aleja de la pobreza. Tal y como explica Joseph Heath en Rebelarse vende:

En otras palabras, si se puede elegir entre reducir la pobreza y reducir la homogeneidad, la mayoría de las personas eligen la primera opción. Y si esto conlleva un mar de casas prefabricadas, habrá que aceptarlo como una consecuencia de la decisión tomada. La homogeneidad sólo es nociva cuando es obligada en vez de voluntaria, cuando se trata de una trampa elegida sin querer o cuando se impone como castigo por algún supuesto fallo cometido.

Es decir, que quienes huyen están en su derecho de hacerlo. Pero deben tener claro que no huyen del peor mundo posible, y que su huída es egoísta y no extrapolable a todos. Y, sobre todo, quien se limita a decir que el mundo está mal debería aportar una solución mejor. De no hallarse, tal vez el mundo concebido por él sería todavía peor.

Siempre que existan economías de red, se generarán beneficios asociados a la normalización. Gracias a que un teclado es un objeto estándar, todos podemos ponernos a escribir en cualquier ordenador. Gracias a que las tuercas y tornillos vienen en tamaños estándares, sólo nos hace falta tener un juego de llaves inglesas en casa. Gracias a que un coche tiene una configuración estandarizada, sabemos qué pedal corresponde al acelerador y cuál al freno. Gracias a que los restaurantes e comida rápida tienen un funcionamiento estandarizado, en cualquier ciudad del mundo podemos comer en cinco minutos.

En resumidas cuentas, rebelarse está bien. Y solo la rebelión nos encamina hacia mundos mejores. Pero rebelarse de boquilla o porque sí no es la mejor forma de cambiar lo establecido, sino más bien de empeorarlo.

Fotos | Pixabay

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