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¿Google es tan honesta como parece digitalizando todos los libros del mundo?

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Repetid conmigo: Google es bueeeno. Google es nuestro amigooo. Google sólo quiere el bien de la humanidad. Vale, ahora ya moláis. Ahora ya sois como esos fieles que asisten a una keynote de Steve Jobs y sale con las rodillas peladas de estar tanto rato de rodillas.

Sin embargo, a poco que te desligues un poco de los comportamientos sectarios y del aire naïf tipo to´l mundo er güeno(la versión popular de la filosofía de Rousseau), no tardas en descubrir que el altruismo suele ser una suerte de egoísmo muy elaborado y que las empresas, todas ellas, sólo buscan una cosa: tu dinero. Y si sale más rentable engañarte que decirte la verdad, lo harán (siempre que el riesgo de ser descubierto valga la pena, of course).

Todo esto es muy de perogrullo, pero es pertinente recordarlo porque, a veces, a todos nosotros, se nos va un poco el santo al cielo y… podríamos acabar con túnicas blancas realizando un suicidio ritual.

Toda esta aparatosa presentación viene a cuento de la casi beatífica iniciativa de Google de digitalizar todos los libros del mundo. Por nosotros. Por todos. Por el bien de la humanidad y el futuro de la especie. Porque nosotros somos lo importante en esta ecuación, y nos aman. (¿No suena un poco a coupletista trasnochada tras un concierto?).

La realidad es otra. Google quiere que la información sea gratuita porque, cuanto más bajo sea su costo, más tiempo pasaremos todos usando sus servicios. La mayor parte de los servicios de Google no son rentables en sí mismos. Por ejemplo, Google compró por 1.650 millones de dólares el portal Youtube; y en 2009 perdió entre 200 y 500 millones de dólares en 2009. ¿No decíamos que Google es una empresa y, como tal, sólo quiere nuestro dinero? Sí, pero lo quiere de una forma más ladina. Con estas estrategias, Google evita que la competencia penetre en sus mercados. Se convierten en gestores hegemónicos de de la cultura, de la información. Y ya sabéis que lo que pasa cuando determinado producto sólo lo puede distribuir una única empresa.

Pero antes de seguir, hagamos un poco de historia.

El programa de digitalización de todos los libros impresos se realizó en secreto en 2002, cuando Larry Page configuró un escáner digital en su oficial del Googleplex y, paso a paso, pasó media hora escaneando metódicamente un libro de 300 páginas. Lo que quería Page era calcular, por extrapolación, cuánto tiempo se necesitaría para hacer lo mismo con todas las bibliotecas del mundo.

Los mecanismos de digitalización fueron mejorados hasta límites insospechados. El sistema empleaba cámaras infrarrojas estereoscópicas, capaces de corregir la inclinación de las páginas que se producían cuando un libro se abría, lo que eliminaba cualquier distorsión del texto en la imagen escaneada.

Al mismo tiempo, un equipo de ingenieros de software de Google puso a punto un sofisticado programa de reconocimiento de caracteres capaz de lidiar con “tamaños o tipos de letras extraños o inusuales”, así como otras peculiaridades inesperadas, en 430 idiomas diferentes”. Otro grupo de empleados de Google se dispersó para visitar las principales bibliotecas y editoriales y calibrar el interés que pudieran tener en que Google digitalizara sus libros.

Google Print fue anunciado en 2004 de la mano de Page y Brin (más tarde llamado Google Book Search), en el contexto de la Feria del Libro de Frankfurt. Diversas editoriales, así como algunas de las bibliotecas más prestigiosas del mundo, empezaron a colaborar en el proyecto, permitiendo que se escaneara el contenido de sus fondos.

Tanto interés altruista suena sospechoso, como pone de manifiesto Robert Darnton, de la Universidad de Harvard:

Cuando empresas como Google buscan en las bibliotecas, no se limitan a ver templos del saber en ellas. Ven activos potenciales, o lo que ellos llaman “contenido”, listos para su explotación.

Esto otorgaba a Google un poder incomensurable sobre el futuro mercado del libro digitial, la concesión a una empresa con ánimo de lucro el monopolio de toda nuestra cultura.

¿Qué pasará si sus actuales propietarios venden la empresa o se jubilan? ¿Qué pasará si Google prima la rentabilidad sobre el acceso?

Y poniéndonos un poco orwellianos, ¿quién nos garantiza que una entidad que posee la mayor parte de la cultura humana no podrá fácilmente modificarla o borrar las partes que convengan? ¿Acaso no os acordáis de lo que sucedió con precisamente la obra de Orwell en los lectores Kindle?

Si bien todos aplaudimos esta clase de herramientas, sin duda importantes en ámbitos como la investigación académica, lo cierto es que ponen de manifiesto que Google no está interesada en digitalizar libros para conservarlos del óxido del tiempo o de las políticas públicas deficitarias. Escanea datos y los fragmenta para hacerlos atractivos, a fin de que piquemos el anzuelo y siempre vayamos al mismo tipo de la puerta del colegio a por más material. Cueste lo que cueste.

Con todo soy consciente de que este proceso es más o menos imparable. E incluso prefiero que sea así: las editoriales perdieron su oportunidad de dejar de ser empresas obsoletas y avariciosas. Creo que será bueno para la humanidad que el conocimiento se digitalice y se conserve, y que todo el mundo tenga acceso a él de una forma más fácil que ahora. Y si es Google quien se ha atrevido a hacerlo, bienvenido sea. Sin embargo, vale la pena andar con cuidado en el proceso para que Google no sea demasiado monopolista. Vale la pena estar ojo avizor. Y, sobre todo, vale la pena dejar la túnica en el armario y dejar de adorar acríticamente a los dioses tecnológicos. No existen.

Vía | Superficiales de Nicholas Carr

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