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Geocaching: buscando objetos insignificantes que se convierten en tesoros

Geocaching: buscando objetos insignificantes que se convierten en tesoros
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Hay lugares donde podemos encontrar tesoros cotidianos que nadie, sin la complicidad necesaria, percibiría como tesoros.

Los cache o geocache son objetos que no interesan a coleccionistas, anticuarios o almonedistas y cuya búsqueda se denomina geocaching. Son objetos de escaso valor objetivo, objetos insignificantes como los que podemos encontrar olvidados en cualquier cajón, exentos de valor crematístico, como los regalitos que suelen acompañar al Happy Meal de McDonalds o al Huevo Kinder. Pero buscad uno de estos objetos con un GPS y entonces el objeto adquirirá un valor sentimental difícil de alcanzar por un cofre atestado de monedas de oro enterrado en una isla caribeña. Porque en realidad no importa la naturaleza de un caché, sino su búsqueda. Los piratas jamás se interesarían por un cache, pero sí los adictos a la aventura de encontrarlos. Y entonces, un enclave anodino, por obra y gracia del GPS, se convierte también en una isla del tesoro.

El cache u tesoro de valor simbólico suele guardarse en un contenedor estanco de plástico o en bolsas impermeables. A continuación, se ubica en cualquier lugar, ya sea urbano como interurbano. Se fijan las coordenadas geográficas del sitio con la ayuda del GPS. Y finalmente, las coordenadas se hacen públicas a través de algún medio, por lo general páginas web especializadas. A partir de ahí, un aspirante a Indiana Jones puede lanzarse a la búsqueda de algún cache que quede cerca de su domicilio. O si tiene planeado algún viaje, nada mejor que amenizarlo con la búsqueda de alguno de estos tesoros por la zona.

La aventura no es nada fácil, pues las distancias en GPS pueden resultar muy engañosas, ya que el GPS sólo te marca las distancias en línea recta (a no ser que el cache sea urbano, claro) Un solo kilómetro en el interior de un frondoso bosque puede equivaler al triple si tenemos que cruzar ríos, zigzaguear para evitar obstáculos o escalar pendientes. Para los tesoros que están fuera del ámbito de ciudades y caminos, lo más apropiado, entonces, es hacerse además con un mapa topográfico, que muestran detalles como las colinas.

Hay caches que pueden estar muy bien escondidos, bajo rocas, enterrados, mimetizados con el entorno como si fueran un insecto palo o incluso en las recónditas entrañas de un búnker de la Segunda Guerra Mundial. Los últimos 10 o 20 metros, por lo tanto, son los más difíciles, pues ya no os podréis servir de vuestro GPS sino de vuestra perspicacia: hay que buscar marcas o huellas del que escondió el tesoro o estudiar la zona para intuir cuál es el mejor sitio para ocultar el cache de la vista.

Ayuda saber en qué clase de recipiente está guardado el tesoro. Una vez encontrado, enhorabuena. El protocolo marca que el primero que encuentre el cache puede quedárselo, pero a cambio debe dejar otro objeto en su lugar para el siguiente buscador. El caché también puede ser un simple cuaderno en el que puedes apuntar tu nombre y fecha del hallazgo a fin de que quede registrado. También cabe la posibilidad de que los caches sean encadenados, es decir, que el objeto encontrado contenga una nota con las coordenadas de otro cache o de otras notas con más coordenadas. Por último, al llegar a casa, podréis enviarle un correo electrónico al geocacher dueño del tesoro, que se alegrará de saber de vuestra excitante aventura; y, quién sabe, ello también puede ser el inicio de una buena amistad.

La historia del geocaching tuvo su origen en el grupo de noticias de Internet de sci.geo.satellite-nav de los Sistemas Globales de Navegación por Satélite (GNSS). A causa de que el 1 de mayo de 2000 el gobierno de los Estados Unidos suprimiera la disponibilidad selectiva (SA), la cual degradaba intencionadamente la señal de los satélites para evitar que los receptores comerciales fueran demasiado precisos, un usuario de este grupo de Internet, David Ulmer, celebró la noticia proponiendo un juego a los demás miembros del grupo. El 3 de mayo de 2000, escondió el primer cache en las inmediaciones de la ciudad de Portland, en Oregón. El 6 de mayo, este primer tesoro enterrado en un lugar virtual ya recibió dos visitas.

Ahora hay cientos, miles de objetos insignificantes que, tras vuestra ardua búsqueda, se convertirán en tesoros de valor incalculable. Buena suerte.

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