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¿En qué revolución invertiría mi dinero y mi esfuerzo?

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Hay muchas causas por las que luchar, muchas por las que invertir más recursos. Todavía hay gente que muere de hambre, y los derechos civiles brillan por su ausencia en muchos lugares del mundo. Una eugenesia política y financiera tampoco iría mal, sobre todo en países como España. La educación debería ser más una herramienta para aprender a pensar y para afilar nuestro sentido crítico y no tanto listados de datos tan arbitrarios como las partes constituyentes de una flor o el año de fallecimiento de un escritor decimonónico. Me gustaría conocer cómo es el universo y cómo funciona nuestro cerebro.

Todavía hay mucho por lo que luchar, mucho por hacer, mucho por deshacer. Sin embargo, si tuviera que quedarme con una cosa, con un solo factor que finalmente creo que mejoraría todas esas cosas que quedan por hacer (no vale pronunciar una utopía naïf tipo Top Model como la paz mundial), entonces, estoy bastante convencido de que invertiría mi dinero y mi esfuerzo en las tecnologías que consigan que las ideas sean más móviles y fácilmente copiables.

La tecnología en el ámbito de las telecomunicaciones siempre ha estado íntimamente ligada al origen de las revoluciones por los derechos: radio, cable, satélite, teléfono, imprenta, fotocopiadora, fax, Internet, mensajes de texto, vídeos en la red, blogs, enciclopedias colaborativas, universidades gratuitas y abiertas.

Al igual que la imprenta revolucionó analógicamente la sociedad, Internet promete hacerlo digitalmente. La imprenta favoreció el alfabetismo porque ya había un incentivo para aprender a leer: había muchos libros y eran baratos. Desde entonces, la edición de libros no ha dejado de crecer, siglo a siglo, e incluso década a década en épocas tan próximas como 1960 a 2000, cuatro décadas en las que se quintuplicó el número anual de libros publicados en Estados Unidos. La mayoría son basura, de acuerdo, pero porcentualmente cada vez se editan más libros que diseminan conocimiento útil.

Creación

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Charla de Creative Commons Uruguay en el evento FLISOL 2014
Internet, por su parte, multiplicará por un millón cualquier década anterior de diseminación de conocimiento. No sólo porque todo será más barato y más fácilmente copiable, sino porque Internet fomenta la colaboración entre pares, entre iguales, entre semejantes. Hace veinte años nadie habría apostado por la existencia de una enciclopedia creada por aficionados, sin incentivo económico alguno, que fuera capaz de equiparse a la Enciclopedia Británica. Hoy existe Wikipedia, la democracia líquida y otros avances de ciencia ficción espoleados por la colaboración 2.0.

Internet permite que las colaboraciones entre iguales se produzcan de un modo fluido sin tener en cuenta las limitaciones del tiempo, el espacio o la economía. Y el producto de todas estas colaboraciones siempre revertirá en la sociedad globalmente, desde la ciudad más populosa hasta la aldea más perdida del mundo (siempre que tenga una conexión a Internet).

Pero ¿por qué es tan importante que las ideas se diseminen por el mundo? ¿Por qué hay que abaratar su replicación y distribución, y hasta su concepción, hasta un coste próximo a cero? Steven Pinker aduce algunas de las razones en su libro Los ángeles que llevamos dentro:

La más evidente es el descrédito de la superstición y la ignorancia. Seguro que una población conectada y educada, al menos en su conjunto y a largo plazo, estará desengañada de ciertas creencias perniciosas, como que los miembros de otras razas y etnias son avaros o pérfidos de nacimiento, que las desgracias económicas y militares se deben a la traición de minorías étnicas, que a las mujeres no les importa que las violen, que hay que pegar a los niños para socializarlos, que ciertos individuos deciden ser homosexuales como parte de un estilo de vida moralmente degenerado, o que los animales son incapaces de sentir dolor.

La diseminación de ideas no solo permite desacralizar los dogmas o reflexionar sobre los impulsos, los hábitos, las tradiciones y las instituciones que rigen los valores y las creencias. Sobre todo permite crear cosas más grandes. Inventar, desarrollar, pensar tecnologías, soluciones e innovaciones que exceden las capacidades individuales, por muy geniales que sean. Un ejemplo que vimos el día en que Kickstarter venció a Sony con un mejor reloj de muñeca.

Las innovaciones se producen en los lugares donde las ideas se distribuyen e intercambian más fácilmente. Es decir, en los ecosistemas propicios para las buenas ideas. Por eso hay países que han sido cunas de muchas más innovaciones que otros: sus ciudadanos no eran más inteligentes, simplemente estaban mejor conectados entre sí, tal y como explica ampliamente el fisiólogo Jared Diamond en su libro Armas, gérmenes y acero.

Los innovadores de éxito no sólo están sobre los hombres de gigantes, sino que participan en un robo masivo de propiedad intelectual, recogiendo ideas de una inmensa cuenca de aguas tributarias que fluyen hacia ellos. […] Las sociedades ubicadas en islas o en tierras altas intransitables suelen estar atrasadas desde el punto de vista tecnológico; pero también desde el punto de vista moral.

Educación

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La colaboración entre pares fomentada gracias a Internet no sólo ha facilitado que las personas puedan dormir en cualquier parte del mundo gratuitamente, conocer las recomendaciones sobre restaurantes u otros establecimientos comerciales in situ o compartir coche y gastos. También ha mejorado y amplificado la educación.

No me refiero únicamente a universidades globales de código abierto y gratuitas, como Udacity, a enciclopedias colaborativas como Wikipedia u otras formas de recopilar y transmitir conocimientos técnicos o profesionales, sino también a la propia estructura sistema educativo, que puede tornarse colaborativo en una medida inaudita hasta el momento.

El valor de la educación colaborativa y participativa se apreció por primera vez en la década de 1950, durante una investigación llevada a cabo por L. J. Abrecrombie en el University Hospital de Londres. Allí se observó que si los estudiantes de medicina trabajaban participativamente en grupos pequeños para diagnosticar a sus pacientes, entonces eran capaces de evaluar más eficazmente a los pacientes, a diferencia si se realizaban los diagnósticos en solitario.

De igual forma, Uri Treisman, un matemático de Berkeley, en la Universidad de California, descubrió que los estudiantes asiático-americanos obtenían mejores resultados que los estudiantes afroamericanos e hispanos. La gran diferencia que detectó entre ambos grupos es que los asiático-americanos siempre iban en grupo, comían juntos y se relacionaban entre sí, hablando continuamente de las tareas de clase, probando hipótesis, cuestionando las ideas de los demás, compartiendo puntos de vista. Tal y como abunda en ello Jeremy Rifkin en su libro La civilización empática:

Para comprobar si éste era el factor clave que explicaba la diferencia en los niveles de rendimiento en el aula, Treisman congregó a los estudiantes afroamericanos e hispanos, asignó a cada grupo un lugar de estudio y los ayudó a aprender a trabajar de forma colectiva y participativa. Los resultados fueron impresionantes: muchos de sus estudiantes, que eran alumnos necesitados de refuerzo, terminaron siendo estudiantes de notable o sobresaliente. Los entornos de trabajo participativo llevan tiempo siendo el patrón en los ámbitos del comercio y de la sociedad civil. Científicos, abogados, contratistas, intérpretes, organizaciones sin ánimo de lucro y grupos de autoayuda se organizan tradicionalmente en este tipo de entornos de trabajo.

En este ámbito de interconexión, ya sea virtual o real, el profesor ya no será tanto u conferenciante que imparte conocimientos académicos (dichos conocimientos estarán en Internet), como un agente facilitador del contexto colaborativo, formando grupos, explicando la naturaleza de las tareas encomendadas a cada grupo, recogiendo los trabajos y ejerciendo de árbitro en un intento por llegar también a un consenso con el aula. El nuevo conocimiento en red elimina las jerarquías inflexibles. Tal y como señala Kenneth A. Bruffee, autor de Collaborative Learning, estos nuevos profesores:

conciben la enseñanza como una forma de ayudar a los estudiantes a conversar, cada vez con mayor soltura, en el lenguaje de las comunidades a las que desean unirse.

Si consideráis que mi apuesta es demasiado utópica o injustificada, quizás os apetezca leer algunos de los libros que han ido cincelando mi opinión al respecto, página a página:

  • Excedente cognitivo, de Clay Shirky (Reseña)
  • Gratis, de Chris Anderson (Reseña)
  • La civilización empática, de Jeremy Rifkin (Reseña)
  • Los ángeles que llevamos dentro, de Steven Pinker (Reseña)
  • La economía Long-Tail, de Chris Anderson (Reseña)
  • Makers, de Chris Anderson (Reseña)
  • Futuro perfecto, de Steven Johnson (Reseña)
  • Partes públicas, de Jeff Jarvis (Reseña)

Fotos | Ilustración de Aarón Mora Martín | Fedaro | VIC CVUT

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