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El futuro del modelo de negocio de la literatura

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En un mundo donde la copia puede realizarse a muy bajo coste o un coste marginal próximo a cero, la figura de la usurpación intelectual pierde sentido: si ofrecemos el fuego de nuestra vela para encender otra vela, no perdemos el fuego de nuestra vela sino que tenemos dos velas encendidas, la propia y la ajena, como ya dijo Thomas Jefferson.

Sin embargo, en el negocio editorial, que todos tengan velas encendidas sin pasar por caja supone un problema. La mayoría de los autores, tradicionalmente, nunca ha podido vivir de lo que escribe, pero sí lo hacen muchas editoriales. Y, para muchos, la desaparición de las editoriales significará la desaparición de los autores (o de libros calidad). Pero ¿esta lógica debe cumplirse exactamente así? ¿Hay modelos de negocio alternativos?

La copia libre como forma de creatividad

Disponer libremente de obas ajenas para mejorarlas, crear variaciones o inspirar nuevas obras complementarias resulta difícil a nivel legal en un mundo donde el copyright más estricto resulta hegemónico respecto al copyleft, y también es complejo en un mundo tecnológico donde existe el DRM, es decir, los medios de control de acceso usadas por editoriales y titulares de derechos de autor para limitar el uso de medios o dispositivos digitales.

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Un caso paradigmático de cómo el DRM no es bueno para la cultura es el de los doujinshi, que son comics japoneses que nacen de una copia de un comic original en la que el artista que copia debe contribuir de algún modo, transformándolo de manera sutil o significativa, la obra original. Una trama diferente, por ejemplo. O un final diferente. O puede que el personaje principal posea un aspecto ligeramente distinto.

¿Parece que hay un vacío legal en Japón? Tal vez. Sin embargo, el mercado del manga se muestra indulgente con estas supuestas violaciones del copyright porque propician que el mercado del manga sea más rico y productivo en todos los sentidos.

Si no protejo, ¿de qué vivo?

Uno de los mantras más repetidos a raíz de la facilidad que supone copiar y distribuir digitalmente es: si nada protege mi obra y nadie paga por las copias que se descargan, ¿de qué vivo? Esta pregunta la suelen repetir con más énfasis las grandes editoriales.

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Sin embargo, ¿de qué vive Google? ¿De qué vive la radio? ¿De qué vive Spotify o Netflix? Todos ellos son ejemplos en los que el modelo de negocio permite generar beneficios sin hacer pasar por caja a los consumidores cada vez que leen, escuchan o ven un contenido. Existe el freemium. La suscripción. E, incluso, la idea de que escribir por dinero no siempre es la forma más inteligente, a nivel creativo, de escribir. Chris Anderson, en su libro Gratis, ofrece innumerables ejemplos de negocios basados en la gratuidad.

En un contexto donde la copia tiene un coste marginal próximo a cero, la distribución puede ser mundial, y absolutamente todos los que tengamos una conexión a internet podemos aprovecharnos de esos contenidos para aprender, para mejorarlos colectivamente o para crear más contenidos que las microaudiencias reclaman (porque microaudiencias no son rentables en un marco de negocio de venta por copia), en vez de perpetuar modelos y leyes que garanticen la falta de acceso y anulación de la copia.

Al fin y al cabo, los creadores de contenidos pueden serlo porque, de algún modo, han tenido acceso a otras obras en las que recabar información e inspirarse, así como poder acceder a un contexto sociocultural en el que prosperar: si no sabes lo que consume la gente o qué es lo que le gusta, difícilmente podrás crear un contenido que interese a la gente. Sería como si todos los autores fueran náufragos culturales desvinculados del contexto en el que se crean contenidos. No obstante, si los creadores acceden a contenidos es porque tienen poder adquisitivo para hacerlo.

Esto plantea dos problemas: solo los creadores (o industrias) con mayor poder adquisitivo tienen más ventajas en este contexto. Solo el poder adquisitivo te permite adquirir derechos para obtener licencias de contenidos registrados a fin de crear obras derivadas. El segundo problema es que el mundo digital cada vez hay más contenidos (y por tanto, menos posibilidades de acceder a muchos de ellos), a la vez que el mundo digital permite a todos los creadores acceder a cualquier contenido cultural con un coste marginal próximo a cero. ¿Por qué no cambiar el marco legal y económico para propiciar un modelo en que creadores y consumidores saldrían ganando?

DRM sí, DRM no

El DRM parece un buen ejemplo de cómo la industria editorial intenta resistirse al cambio y que los lectores continúen pagando por copia, aunque la copia ya no tenga un coste importante: es decir, se otorga un coste artificial que genera escasez de copias, lo que perpetúa el modelo de negocio basado en la escasez de átomos. En un mundo de abundancia de bits, generar escasez artificialmente resulta difícilmente asumible por cada vez más consumidores.

En el caso del DRM, esa escasez artificial se origina protegiendo el archivo digital que contiene la obra literaria con una serie de reglas definidas por el autor o la editorial: número de dispositivos donde se puede descargar y/o leer el contenido, si es posible copiar o imprimir el contenido, indicación de si tiene caducidad, etc. Básicamente, al comprar un libro en formato digital sólo adquieres la licencia para su lectura con unas condiciones determinadas, pero no el libro en sí mismo, tal y como lo hacías al adquirir el libro en formato físico.

Existen algunos casos en los que el DRM, así como un modelo de neogcio online que intenta reproducir el esquema tradicional del mundo offline (conservando a la cadena de intermediarios), han sido la causa del fracaso de algunas plataformas, como es el caso de Libranda.

No obstante, no disponer de DRM no significa que el libro siempre sea gratuito. Así, podemos encontrarnos con editoriales, o incluso escritores (como Belén Gopegui, Lorenzo Silva o Matilde Asensi), que prefieren no publicar sus libros con DRM, aunque los tengan a la venta. El experto Enrique Dans, autor del libro Todo va a cambiar, lo tiene claro: los libros no necesitan DRM, y prescindir de él, además, ayuda a las ventas.

Sin contar que desbloquear la protección del DRM entra dentro de lo posible, como en el caso de Amazon y el DRM de sus libros, que puede convertirse en otros formatos como un archivo PDF gracias a un script de Python de un programado israelí.

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Futuro

Dentro de una década, tal vez los libros electrónicos sean idistinguible del papel (tinta electroforética insertada en el interior de la celulosa) o algo muy similar. Estamos ya dando algunos pasos hacia ese camino, como el papel electrónico enrollable. ¿Qué sucederá entonces?

Como ya pronosticó el economista Paul Krugman a propósito del futuro del libro electrónico: “Todo lo digitalizable será digitalizado, haciendo las obras cada vez más fáciles de copiar y más difíciles de vender”. Cuando todo eso llegue, continuar leyendo en papel tradicional quizá sea tan esnob o marginal como escuchar vinilos. Pero tambien es cierto que vaticinar lo que ocurrirá en lo tocante a un desarrollo tecnológico es siempre una tarea de riesgo.

Sea como fuere, cada poco tiempo, quizás cinco o diez años, deberemos repensar cómo vamos a leer, en qué formato y cuál será el modelo de negocio detrás de él (o incluso si deberá existir). Tomas posiciones refractarias al cambio tecnológico durante períodos más prolongados será como ponerle puertas y cancelas al campo.

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