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¿Venderías tu cuerpo? ¿Es peor que la gente que espera un riñón muera o que se comercie con riñones?

¿Venderías tu cuerpo? ¿Es peor que la gente que espera un riñón muera o que se comercie con riñones?
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Os voy a confesar un pequeño secreto (no, no he vendido mi cuerpo, perded en cuidado). Una de las entradas que más visitas ha tenido siempre Xataka Ciencia es ¿Cuál de mis órganos podría vender sin morir? ¿Y cuánto me darían por él? Además, a pesar de que tiene años, aún hoy recibo correos de personas que me preguntan cómo podría gestionarles la venta de sus órganos. De verdad. Al menos recibo un par de correos al mes.

Habida cuenta de estos datos, pues, en la presente entrada quiero hacer dos cosas. La primera es aclarar que yo no me dedico al tráfico de órganos. La segunda, profundizar un poco más en el espinoso tema de vender el cuerpo, partes del cuerpo, secreciones del cuerpo y otras hierbas asociadas.

Incomodidad

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Comerciar con el cuerpo, por ejemplo prostituyéndolo, nos parece execrable, a pesar de que hace unos siglos trabajar por dinero también se consideraba igualmente impuro, como si vendieras tu cuerpo y tu alma, y no solo el cuerpo.

Además, esta incomodidad con la venta del cuerpo o de algunos de sus órganos parece suspenderse en función de lo que decidamos vender y dónde estemos residiendo. Por ejemplo, aún recuerdo los anuncios que colgaban de las pareces de la Universidad de Barcelona en la que se prometía una sustanciosa recompensa económica a cambio de donar esperma.

Los óvulos todavía están mejor pagados, pero las directrices de la Sociedad Americana para la Medicina Reproductiva, por ejemplo, solo permite pagar a los donantes hasta 10.000 dólares, porque entiende que donar es algo físicamente costoso. Por el contrario, en Reino Unido es ilegal pagar por óvulos. En California es legal vender óvulos para fertilización, pero es ilegal para investigación científica (entonces no se puede recibir dinero por ello).

Es decir, que todo es cambiante, interpretable, matizable, ambivalente, tal y como explica Eduardo Porter en su libro Todo tiene un precio:

Muchas transacciones que son perfectamente normales en una parte del mundo en una cierta época se consideran repugnantes en otro lugar o en otro tiempo. El contrato de servidumbre, antaño común para los europeos, pues les permitía comprarse un pasaje para América, hoy en día está prohibido en todo el mundo. A la usura, un pecado de toda la vida según la Iglesia católica, en la actualidad se la denomina crédito.

Vendiendo riñones

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El tema se pone peliagudo cuando hablamos de vender órganos que menoscaban nuestra salud por el simple hecho de sacar unos euros para salir adelante. ¿Hasta qué punto debemos otorgar libertad individual para que la gente menoscabe su salud a cambio de dinero? ¿No lo hace desempeñando trabajos quizá peligrosos o malsanos? Por otro lado, nos parece moralmente reprobable que exista el trabajo de lanzamiento de enanos, que se prohibió en Francia en la década de 1990, aunque un enano creyera que se le estaba discriminando por ello. El enano perdió el caso en los tribunales.

No hay una respuesta sencilla. Por un lado, la lista de espera de personas que esperan una donación de riñón no deja de crecer, pero por el otro no permitimos que la gente venda uno de sus riñones. En 2005, por ejemplo, unos 10 estadounidenses murieron cada día mientras estaban en la lista de espera. ¿Esas muertes son achacables al celo moral respecto al comercio de riñones? ¿O comerciar con riñones, a pesar de que uno crea que actúa libremente y no presa de condiciones económicas denunciables, resulta más gravoso a nivel moral?

El tema probablemente daría para horas y horas de filosofía de bar. Lejos de disquisiciones filosóficas finas, dos economistas, Gary Becker y Julio Jorge Elías, calcularon el precio de un órgano basándose en el valor que las agencias gubernamentales otorgan a la vida y la salud de los estadounidenses cuando evalúan los beneficios de las inversiones públicas para su seguridad:

Introdujeron ciertas estimaciones en el cálculo: un 0,1 por ciento de riesgo de morir durante la operación y un 1 por ciento de riesgo de sufrir una lesión no mortal. Calcularon que una lesión así reduciría la calidad de donante un 15 por ciento, que es algo peor que el deterioro de la calidad de vida por culpa de la ceguera. También estimaron que el donante medio ganaría unos 35.000 dólares al año y necesitaría cuatro semanas para recuperarse. Tras añadir los salarios de los que se vería privado y estimar un valor estadístico de la vida de 5 millones de dólares, les salió que un donante de riñón debería cobrar unos 15.2000 dólares. A ese precio permitir que los riñones se compraran o vendieran aumentaría su oferta en un 44 por ciento.

En casi todo el mundo es ilegal comerciar con riñones, a pesar de que los donantes pudieran gozar de la misma salud con uno que con dos riñones en su cuerpo. Con todo, esta prohibición está causando un comercio clandestino de riñones entre países ricos y países pobres.

Los defensores de la venta de riñones observan con razón que aquellos a los que ofende la idea de que los pobres puedan vender una parte de sus cuerpos no se muestran tan escrupulosos ante el hecho de que se permita a los pobres alistarse en el ejército, donde aumentan enormemente sus probabilidades de sufrir una muerte violenta a cambio de un salario.

Aquí, Porter comete una pequeña falacia, porque parece que justifica un comportamiento inmoral por el simple hecho de que hay comportamientos inmorales que se consideran morales o que aún no se abordan con el mismo rigor que la venta de riñones. Los actos se deben juzgar en función de su moralidad intrínseca, no en función de lo contradictoria que sea nuestra cultura. Yo, personalmente, no tengo una respuesta. Y vosotros, ¿qué opináis?

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