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Para convencer a los antivacunas no hay que abrumarles tanto con los datos como usar el diálogo y la empatía

Para convencer a los antivacunas no hay que abrumarles tanto con los datos como usar el diálogo y la empatía
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Los antivacunas no creen en la ciencia, o mejor dicho: no creen en los científicos, y mucho menos aún en las multinacionales. No basta con tirarles a la cara los datos o las evidencias científicas.

Lo que parece más eficaz es que los facultativos en los que depositan su confianza, quienes les han mostrado un acercamiento honesto, de igual a igual, y tratan a sus hijos como pacientes individuales y no genéricos, usen el diálogo y la empatía para cambiar actitudes a propósito de la vacunación.

Confianza

Los estudios y los metaanálisis concluyen abrumadoramente que las vacunas son seguras. Esto ya lo saben los científicos. El problema es que hay una clase de padres que no tienen confianza en los científicos, y menos en las compañías que se enriquecen comercializando vacunas.

Para demostrar qué estrategia era la más eficaz para persuadir a los padres antivacunas de que vacunara a sus hijos, en 2014, la revista Pediatrics publicó un estudio en el que se evaluaban cuatro estrategias distintas aplicadas a 1.759 padres indecisos:

  1. Se informó con datos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos sobre la falta de evidencia en el vínculo autismo y vacunación.
  2. Se informó del peligro de las enfermedades que evita la vacunación.
  3. Se mostraron imágenes explícitas de niños que sufrían las enfermedades anteriormente mencionadas.
  4. Se explicó con detalle el caso real de un niño no vacunado que casi fallece de sarampión.

La conclusión fue desoladora: ninguna estrategia tuvo un efecto importante en la actitud antivacunación. Tal y como concluye Pere Estupinyà en su libro A vivir la ciencia:

En el segundo subgrupo sí disminuyó la creencia de que las vacunas causan autismo, pero aquellos que negaban la vacunación continuaban haciéndolo. Y por si fuera poco, las imágenes de niños enfermos y el caso del pequeño que casi fallece provocaron la desconfianza en los padres e incrementaron su miedo a los efectos secundarios de la vacunación. La conclusión de los investigadores es que los mensajes actuales utilizarlos para fomentarla no sirven y en algunos casos pueden ser contraproducentes.

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