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Ya sabemos cómo Leeuwenhoek era capaz de ver microbios en una época en la que nadie podía

Ya sabemos cómo Leeuwenhoek era capaz de ver microbios en una época en la que nadie podía
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Hace 350 años, Anton Van Leeuwenhoek vio lo que nadie había visto antes, microbios a un nivel de detalle inédito para su tiempo (incluso pudo contemplar sus propios espermatozoides). Pasaron otros 150 años antes de que otros lograran construir un microscopio capaz de revelar más.

Muchos creyeron que aquel comerciante de telas radicado en Ámsterdam sencillamente se inventaba lo que veía o sufría visiones. Sin embargo, ahora sabemos que sí fue posible, básicamente porque se acaba de descubrir cómo construyó sus microscopios.

Un misterio de más de tres siglos

Disponemos de 11 microscopios de Leeuwenhoek que han resistido el transcurrir del tiempo, y cuatro de ellos están en la colección del Rijksmuseum Boerhaave. En problema es que son demasiado valiosos para desmantelarlos y escudriñar cuáles son sus secretos.

Los microscopios de los contemporáneos de Van Leeuwenhoek magnificaron objetos aproximadamente 30 veces, pero sus microscopios fueron hasta 10 veces más potentes. Algunos incluso sugieren que eran mucho más potentes.

Van Leeuwenhoek S Microscopes By Henry Baker

Pero ¿cómo pudo hacer algo así un simple comerciantes de telas sin formación científica? Se sospechaba que quizá había descubierto una forma nueva de soplar el vidrio con el que construía los microscopios. Otra opción es que tuviera una especial habilidad puliendo lentes.

Ahora sabemos que la respuesta acertada es la segunda gracias a un haz de neutrones del reactor de investigación TU Delft.

El TU Delft Reactor Institute usa radiación para realizar investigaciones sobre materiales, con fines energéticos y de atención médica, pero también ha servido para que investigadores del TU Delft y el Rijksmuseum realizaran una tomografía de neutrones no invasiva, lo que ha permitido crear una imagen del interior del microscopio sin tener que abrirlo.

La imagen resultante de uno de los microscopios del Rijksmuseum Boerhaave no deja dudas: no contiene una lente fundida, sino más bien una lente pulida.

Si os apetece leer más sobre la vida de este comerciante de telas que vivía en el epicentro de la innovación y el comercio que era Ámsterdam, así como de otros personajes que cambiaron el mundo antes de cumplir los treinta años de edad, podéis hacerlo en mi último libro Cómo cambiar el mundo antes de los 30, del que extraigo este fragmento:

El procedimiento para capturar los detalles minúsculos de tales especímenes lo resume así el propio Anton: “Entonces, mantenga el microscopio en dirección al cielo abierto, como si tuviera un telescopio y estuviera tratando de mirar las estrellas del cielo a través de él.” Con el microscopio en alto, pues, hemos de imaginarnos a Anton con esa mueca de alguien que intenta distinguir las imágenes de un programa mal sintonizado en la televisión al mismo tiempo que mueve la antena con la mano. Este procedimiento lo llevaba a cabo en su estudio, enfocado hacia la ventana, mientras situaba el microscopio muy cerca de cada ojo. Empleaba entonces el estrecho haz de luz que podía formar con las persianas de sus ventanas para enfocarlo convenientemente hacia el microscopio, aunque en otros casos era más eficaz realizar las observaciones bajo la luz de una vela, que en ocasiones amplificaba mediante un espejo.

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