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Tanto para un roto o como para descosido: polvo de momia

Tanto para un roto o como para descosido: polvo de momia
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Actualmente, cuando nos duele algo, el remedio más universal suele ser la aspirina. En la Edad Media era algo un poco más exótico: el polvo de momia.

El uso de momias con fines curativos proviene de la confusión que se le dio a la palabra persa “mummia” que significa ‘‘betún’‘, un producto mineral derivado del alquitrán natural que, según el escritor romano Plinio, muy respetado en la Edad Media:

Corta hemorragias, cicatriza heridas, trata cataratas, sirve como lilimento para la gota, cura el dolor de muelas y el catarro crónico, alivia la fatiga al respirar, corta la diarrea, corrige los desgarros musculares (...) endereza las pestañas que molestan al meterse dentro de los ojos.

Vamos, que el polvo de momia servía tanto para un roto como para un descosido, como suele decirse. Cuando los viajeros persas visitaban Egipto y veían los cuerpos embalsamados de las momias egipcias cubiertos por una sustancia negra similar a la “mummia“, confundieron las sustancias resinosas oscuras con el valioso producto persa. Muchos boticarios lo diluían en vino y miel, otras veces bastaba con agua. En algunos casos no venían en polvo, sino en trozos de cadáver o con forma de pasta negruzca. El rey Francisco I de Francia siempre viajaba con una provisión de momia por si caía enfermo o le herían. Durante siglos, en Europa era el medicamento milagroso con efecto placebo.

También se usó en mezclas con vaselinas y otras sustancias resinosas y oleosas para hacer ungüentos que nos restablecieran la belleza corporal.

Y claro, material base había a tutiplén: si calculamos que desde el 2.500 a.C. hasta después de Cristo casi todo el mundo se momificaba… pues había bastantes millones de momias disponibles.

¿Qué sabor tendría? Según José Miguel Parra, arqueólogo español y autor de libro divulgativo Momias, “tendrá un gusto muy aceitoso, por las resinas, y un poco salado, por el natrón que se utilizaba en la deshidratación.”

El médico cirujano de Bretaña, Ambrosío Paré (1517-1590), fue uno de los primeros en criticar este medicamento. En España, Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), un monje benedictino profesor de Teología y de Sagrada Escritura, gran defensor de la medicina escéptica, también fue uno de los grandes críticos del polvo de momia.

Irónicamente, este uso desmedido del polvo de momia también sirve para desmentir un mito ampliamente divulgado (hasta el punto de que recuerdo perfectamente a mi profesor de Historia de EGB explicándonoslo): que las tumbas de los antiguos faraones egipcios estaban malditas. Por esa razón, al descubrirse la tumba de Tutankamón en 1922, el socio capitalista del descubrimiento, lord Carnavon, murió. Si realmente las momias tuvieran alguna clase de sustancia para matar a quienes la profanaran, imaginad la de gente que hubiera muerto tras una sobredosis de polvo de momia.

La muerte de lod Carnavon, en realidad, ocurrió por otro motivo, según Fernando Garcés Blázquez:

Los médicos no pudieron diagnosticar a ciencia cierta la causa de este fallecimiento. Al parecer, murió de una septicemia producida por un corte al afeitarse o por la picadura de un mosquito infectado con erisipela.

Vía | Historia del mundo con los trozos más codiciados de Fernando Garcés Blázquez

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