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¿Por qué nos ponemos a bailar cuando suena música?

¿Por qué nos ponemos a bailar cuando suena música?
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Algunos se resisten, como lo intenta infructuosamente Kevin Kline en In & Out, en aquella famosa escena en la que suena el I Will Survive de Gloria Gaynor, pero hasta el más pintado acaba moviendo el esqueleto en cuanto suena música marchosa.

¿Por qué sucede algo así? ¿Qué extraña magia transmite en pentagrama que, cual varilla de virtudes de un marionetista, consigue mover nuestras extremidades y que la cabeza se nos agite adelante y atrás, al compás?

Interacción con el sonido

Nuestro oído transforma el choque de moléculas presente en el aire en señales bioeléctricas con las que el cerebro formula el universo sonoro.

En el interior del oído interno poseemos un órgano nervioso responsable de las sensaciones auditivas, la cóclea, que está formada por una pared membranosa que tapiza su interior y por una membrana que flota en el líquido intersticial, como una de esas algas que vemos mecerse al ritmo de las olas. Tal y como explica Alain Lieury en ¿A qué juega mi cerebro?:

Al ondularse, la membrana entra en contacto con los cilios de las neuronas especializadas, encastradas en la base. Esa estimulación de la cóclea, a merced de las olas, produce los potenciales bioeléctricos, comienzo de la señal auditiva. El nervio auditivo está formado por la reunión de los axones de las neuronas. Dicho nervio lleva la información a distintos centros del cerebro, que a su vez, y en función de su especialidad, interpretarán la señal como ruido, música o palabras.

Bailando

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Hasta aquí, la parte, digamos más convencional, la puramente biomecánica. Pero ¿qué nos empuja a bailar tras interpretar como un ritmo lo que escuchamos?

La razón profunda se desconoce, seguramente es una mezcla de cultura y segregación de neurotransmisores que inducen bienestar y excitación. Lieury también añade que podría haber cierta influencia de la ondulación de la cóclea:

Algunos parámetros sonoros están vinculados a los fenómenos de presión, es decir, al choque de las moléculas contra el tímpano, lo que algunas veces implica s ruptura. Pero, en el oído interno, el sonido se transforma en ondulaciones y, probablemente, sea ése el origen de la danza, es decir nuestra tendencia irresistible a asociar movimientos ondulatorios a los sonidos.

También los patrones de percusión en los que la complejidad musical se balancea con un ritmo predecible influyen en el disfrute de la música y el deseo de bailarla, según una investigación difundida en Public Library of Sciences ONE.

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