El infinito en todas direcciones: cosas que son así y que nadie supo que serían así

El infinito en todas direcciones: cosas que son así y que nadie supo que serían así
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Pronosticar qué pasará en el futuro es tan difícil que, si alguien acierta, probablemente sea por casualidad. Y, en todo caso, nadie será capaz de pronosticar más que un puñado de cosas bastante obvias. Leed cualquier novela de ciencia ficción antigua que suceda en nuestra época: se equivoca en la mayoría de aspectos, sobre todo los tecnológicos.

Hay muchos avances, además, que tienen consecuencias inciertas, porque afectan a todo el sistema de mil formas incontrolables. Freeman Dyson, en El infinito en todas direcciones, por ejemplo, señalaba que el forraje permitió el desarrollo de la civilización urbana en el norte de Europa (Teoría Forrajera de la Historia).

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En la época del Imperio Romano no hacía falta forraje, porque el invierno era lo bastante suave para que hubiera hierba y los animales pastaran todo el año. Las ciudades septentrionales, sin embargo, dependían de los caballos y los bueyes para el transporte y fueron relativamente insignificantes hasta la casual invención del forraje por algún agricultor anónimo a principios de la Edad Media. El descubrimiento permitió tener estos animales en grandes manadas, circunstancia que permitió el aumento y la movilidad de la población y, al final, que el centro del poder y la civilización pasase de Roma a ciudades como París y Londres.

Hay historias parecidas sobre el telar mecánico o la imprenta. Sus consecuencias fueron tan imprevisibles que absolutamente nadie las hubiese podido predecir.

También el hecho de que una tecnología prevalezca sobre otra competidora acostumbra a tener motivos casuales, y por tanto imposibles de pronosticar. ¿Os acordáis de la razón que hizo que finalmente todos usáramos el formato VHS sobre el Beta?

El conocido orden de las teclas, “qwerty”, es resultado de problemas mecánicos que ya no son pertinentes, pero cuya continuidad en un hecho, como lo pone de manifiesto incluso la máquina 486 con la que escribo en estos momentos. El DOS, el sistema operativo que hay en la base de mi máquina, es otro ejemplo de la temprana fijación de una tecnología (aunque, por suerte, no parece que vaya a durar siempre).

El horizonte de complejidad de cualquier tecnología futura o de sus efectos futuros imposibilita hacer predicciones fiables. Si sabemos lo suficiente para predecir un descubrimiento con una gran seguridad, entonces es que básicamente ya hemos hecho ese descubrimiento (lo que queda es simple comprobación rutinaria).

Marconi, al inventar la radio, jamás se imaginó que pudiera sustituir la conexión mediante telefonía con hilos, por ejemplo en el mar. IBM, a finales de los 1940, no tenía ningún interés particular por las posibilidades comerciales de los ordenadores.

Los laboratorios Bell eran reacios al principio a solicitar la patente sobre los láseres, ya que no les encontraban ningún uso en las comunicaciones y mucho menos en los otros campos en que se han vuelto indispensables.

Vía | Un matemático lee el periódico de John Allen Paulos

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