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Cuando los médicos usaban su lengua para diagnosticarte

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En tiempos pretéritos, antes de que los médicos tuvieran la oportunidad de enviar unas muestras de fluidos corporales a un laboratorio para llevar a cabo un análisis exhaustivo, se usaba otro método mucho más rudimentario, y asqueroso.

No estoy refiriéndome a ese chiste que se cuenta en la película Depredador 2 (“necesito una muestra de semen, orina y heces”, “pues quédese con mis calzoncillos”), pero casi. Los médicos de la época usaban sus propias lenguas y narices para obtener pista diagnósticas.

Por ejemplo, el doctor Samuel Cooper escribía en su Diccionario de Cirugía Práctica (1823), que el pus se distingue del moco por su “dulzón almibarado” y por su peculiar olor. Además, “el pus se hunde en el agua; el moco flota”. Y no era un médico cualquiera o un charlatán. Cooper, en 1813, entró en el ejército como cirujano, y sirvió en la batalla de Waterloo En 1845, fue elegido presidente del Colegio de Cirujanos, y en 1846 miembro de la Royal Society. Murió de gota en diciembre 1848.

Paralelamente también se estaba desarrollando la infraestructura necesaria para enviar fluidos corporales a otros expertos para verificar diagnósticos (o para evitar meter la lengua donde no apetecía).

Pero en el siglo XIX, este tipo de estrategia también planteaba no pocos desafíos, tal y como explica Mary Roach en su libro Glup a propósito de los análisis que el médico estadounidense William Beaumont llevaba a cabo en un paciente llamado St. Martin:

El transporte a Europa tardaba cuatro meses. Las botellas llegaban “derramadas” o “estropeadas” o ambas. Un receptor, que no quería correr riesgos, pidió a Beaumont que enviara las secreciones “en una botella de agua Congress de Lynch & Clark, cuidadosamente etiquetada, sellada y envuelta en cuero grueso y cordel, en una caja de hojalata, con la tapa soldada”.

Imagen | Andrew Morton

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