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¿Cómo podemos desembarazarnos de una vaca congelada peligrosa?

¿Cómo podemos desembarazarnos de una vaca congelada peligrosa?
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Las vacas son animales fascinantes. Nos ayudan en el desarrollo de vacunas (vacinus, “vacuna” en latín, deriva de vacca). Los pulmones de vaca se usan para fabricar anticoagulantes, las placentas son un ingrediente importante en muchos cosméticos y productos farmacéuticos, y el septo (el segmento de cartílago que divide las fosas nasales) se convierte en un medicamento para la artritis. Con la sangre se fabrica cola, fertilizante y la espuma de los extintores.

Y un buen lugar para contemplarlas es en Suiza. En la zona de Gruyères, por ejemplo, podéis visitar el pueblo de Bergen, donde hay una singular granja de vacas donde todavía se trenza la boñiga de vaca para hacer montones altos. Toda una obra de arte, para quien le guste Duchamp.

Las vacas que pastan en prados cercados por alambre también pueden sufrir enfermedades extrañas, como la enfermedad del alambre. Esta enfermedad está provocada por los restos de alambre, grapas y clavos que tragan las vacas cuando comen. Para tratarlas se les administra un imán. El imán se sitúa en la primera parte del estómago y permanece ahí toda la vida de la vaca.

Pero lo que nunca imaginaron en Aspen, Colorado, en pleno invierno de 2011 de las Montañas Rocosas, es como se iban a enfrentar a un problema vacuna inaudito: la congelación de un puñado de vacas que se habían convertido, así de repente, en gigantescas y pesadas rocas de hielo.

Al extraviarse un grupo de vacas que pastaban por allí, se extraviaron a causa de una ventisca y finalmente se refugiaron en una cabaña de guarda forestal, a 3400 metros de altitud. Eran 400 vacas. 6 murieron dentro de la choza, y el resto fuera. Sus cadáveres congelados se encontraron a finales del mes de marzo de 2012.

El problema de la vaca de hielo

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El problema que supuso toparse con semejante cantidad de vacas congeladas no era baladí: ¿cómo podían desembarzarse de ellas? Tal y como explica Pierre Barthélemy en su libro Crónicas de ciencia improbable:

El lugar forma parte de una reserva natural protegida y se encuentra cerca de manantiales de agua caliente muy apreciados por los excursionistas. Era inevitable dejar que las vacas se descongelaran y, luego, se descompusieran: eso podía contaminar el suelo y los manantiales, y también atraer a algunos osos a las inmediaciones de los paseantes. Ni hablar, tampoco de quemarlos, ni de descuartizarlos con una tronzadora: la estricta reglamentación de estas reservas prohíbe la utilización de artilugios con motor.

Finalmente, el método escogido para desembarazarse de las vacas fueron grandes sierras antiguas, de las de toda la vida. Los cuerpos se cortaron en trozos y los pedazos resultantes se dispersaron lejos de los manantiales, poniéndoles también carteles para señalizarlos.

Con todo, se barajó la posibilidad de hacerlos explotar por los aires. Porque, al parecer, existe documentación de guardabosques que admite este extraño procedimiento a la hora de desembarazarse de cadáveres de mamíferos grandes como caballos o alces. El procedimiento exige 9,1 kg de cartuchos de dinamita:

Tres cartuchos a la altura del muslo, otros tres en la cabeza y dos para cada pata (se aconseja, de todos modos, recurrir a un experto en explosivos). Esta opción mínima, que desmembrará el animal y enviará sus pedazos a los alrededores, se debe elegir cuando no haya prisa: en efecto, es preciso dar tiempo a los carroñeros de todo pelaje para que luego se encarguen de la limpieza. La ficha indica también que es más prudente quitar los cascos de los animales antes de la explosión para no herir a nadie. La segunda opción es más radical: se envuelve el cadáver con veinticinco kilogramos de explosivos y, por lo general, no queda nada de él un día después del bum.

Imágenes | Pixabay

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