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Algunos lugares diminutos que seguro que no conoces (y II)

Algunos lugares diminutos que seguro que no conoces (y II)
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Rockall

Otros lugares diminutos se han usado, más que como lugares, como símbolos o guías para viajeros. Como Rockall, una roca que se encuentra a unos 425 kilómetros al noroeste de Irlanda del Norte, mide unos 25 metros de alto y como única población cuenta con un puñado de gaviotas.

Casi un guijarro marino que, sin embargo, debido a su estratégico emplazamiento en las zonas de paso de los convoyes que transportaban suministros a Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, es citado como lugar de referencia en las cartas de navegación. Como una señal en mitad del mar para no perderse.

Como también sirve para no perderse la que no sé si es la isla más diminuta del mundo pero que seguro es la isla con mayor porcentaje de terreno edificado: el 95 %. En esta roca-isla situada al sudeste de Gran Bretaña se levantó en 1858 un faro de 45 metros de altura, en Faro de Bishop. Teniendo en cuenta que la base del faro ocupa prácticamente todo el terreno disponible, la construcción del faro, con más de 5.000 toneladas de granito, debió de ser muy particular. Por si fuera poco, el lugar está continuamente azotado por olas, como si el faro en realidad surgiera envuelto en la bruma del turbulento mar. Así que la única forma prudente para llegar hasta allí es mediante helicóptero, que puede aterrizar en el helipuerto que se ha construido en la terraza del faro.

Actualmente, el haz luminoso del faro alcanza más de 24 millas náuticas (44 kilómetros).

Bell Rock

Un lugar que guarda muchas semejanzas con el faro Bishop es el faro de Bell Rock.

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Levantado durante el siglo XIX en el Mar del Norte, a 18 kilómetros de la costa este de Escocia, Bell Rock es el faro más antiguo construido mar adentro que todavía sigue en pie. La torre de 35 metros de altura surge literalmente de la nada en mitad del mar, como si fuera el pináculo altísimo de un iceberg.

Y es que la roca donde se asentó el faro es casi invisible a la vista, y por eso, durante siglos, fue algo más que una china en el zapato para el mundo de la navegación: se llama Bell Rock porque se cuenta que en el siglo XIV un abad de la Abadía de Arbroath mandó poner una campana (bell, en inglés) en ella a fin de poner sobre aviso acústicamente a los barcos de que la roca estaba allí y podía hacerles un buen agujero en el casco. Con todo, la roca fue responsable de innumerables naufragios, porque la campana duró poco en ella y durante la marea alta era imposible de divisar porque permanecía a unos 3 metros bajo el agua.

Para evitar este peligro pétreo, pues, el capitán de la Royal Navy Joseph Brodie propuso la construcción de un faro de hierro fundido que se alzara sobre la roca mediante 4 pilares. La propuesta fue rechazada y en su lugar tuvieron la estúpida idea de construir un faro de madera. Después de que en tres ocasiones el viento y las olas destruyeran esos endebles faros de madera, un tal Robert Stevenson, de la Northern Lighhouse Board, por fin propuso la construcción de un faro de piedra inspirado en el faro de Eddystone, también situado mar adentro en la costa de Cornwall.

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La construcción del faro fue una pesadilla, porque la roca permanecía sumergida bajo el mar dos veces al día, así que sólo se podía trabajar sobre ella cuando la marea estaba baja: unas 2 horas diarias. Debido a las complicaciones y los altos costes, el faro no fue construido finalmente. Pero la idea volvió a tomar fuerza a raíz de un terrible accidente en 1804 que hacía imprescindible la construcción de un faro, costara lo que costase. Aquella tragedia fue protagonizada por el barco de guerra HMS York, que naufragó causando 491 víctimas.

Así pues, la construcción en firme del faro se inició en 1807 y corrió a cargo de 60 hombres, entre los que se incluía un herrero que se encargaba de afilar a pie de obra los picos con los que cavaban los cimientos. Sólo se trabajaba en verano, que era la época en la que el mar estaba más pacífico. Cuando había tormenta o durante todo el tiempo en el que subía la marea, los trabajadores no tenían otra distracción que permanecer en el barco que estaba amarrado cerca de la roca, aguardando el próximo turno para trabajar.

La primera fase de la construcción fue la más dificultosa, pues entrañaba agujerear la roca para llenarla con los cimientos. Cuando subía la marea, la roca, sin embargo, se llenaba de agua, y luego se perdía mucho tiempo para vaciarla de nuevo. Se tardó casi un año en excavar la base.

Más tarde, para transportar el material y las piedras con las que construirían el faro, se situaron unos raíles que iban desde el barco hasta la base del faro. Año tras año, el faro fue aumentando de altura trabajosamente. Durante los dos primeros años de construcción se habían transportado 1.400 toneladas de piedra a esa diminuta base de roca que se hundía y reflotaba cada poco en mitad del mar. Es decir, se había transportado más materia de la materia que constituía el lugar donde la descargaban. La peligrosa obra también se llevó la vida de algunos trabajadores. Finalmente, se dieron los acabados finales a la torre, que consistía en hacerla habitable por dentro: de abajo a arriba construyeron una escalera de caracol, un almacén de provisiones, un almacén de aceite para la lámpara, una cocina comedor, un dormitorio, una biblioteca, una sala de luz y un balcón. 7 niveles sobre la tierra firme más pequeña imaginable, una hazaña casi imposible para la época.

Como el faro iba a estar continuamente azotado por vientos y olas muy fuertes, las piedras que lo forman no están simplemente colocadas unas sobre otras y unidas entre sí con mortero. Las piedras fueron talladas minuciosamente para que encajaran unas con otras como si se tratara de un enorme rompecabezas. Para añadir más resistencia, cada piedra tenía dos orificios circulares de 5 centímetros de diámetro que las atravesaban y en las que se introducían una suerte de clavijas (trenails) de madera que aseguraba un tramo de piedras con el anterior.

Tras 4 años de trabajo, el Bell Rock fue inaugurado el 1 de febrero de 1811. Desde entonces, ningún otro barco ha vuelto a naufragar. El 26 de octubre de 1988, el faro dejó de estar habitado definitivamente. Y allí quedo, como una casa fantasma sobre un pedazo de roca casi invisible.

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