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Viva la serendipia (IV): el sueño alucinante y los vapores morados

Viva la serendipia (IV): el sueño alucinante y los vapores morados
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EL SUEÑO ALUCINANTE

Cualquiera que haya soñado lo que soñó Friederich August Kekulé hubiera pensado una de estas cosas: estoy como una regadera / no debería haber abusado del ácido lisérgico.

Sin embargo, Kekulé (1829-1896) era un químico alemán que llevaba ya varios años de su vida intentando determinar la estructura atómica del benceno. Y tanto darle vueltas a la cabeza pasó lo inevitable, que empezó a soñar con su trabajo, como muchos escritores acaban resolviendo el final de sus novelas o algún callejón sin salida del argumento mientras están entre los brazos de Morfeo.

En 1865, mientras viajaba en un carruaje, Kekulé se durmió y empezó a soñar lo siguiente: un átomo de carbono girando en una danza, y de pronto, el extremo final de una cadena abrazándose con el extremo inicial y formando un anillo giratorio.

Debe de ser curioso soñar con átomos, yo nunca lo he hecho. Quizá se parece a soñar con circuitos impresos para construir naves espaciales supralumínicas, como le sucede al protagonista de la película Exploradores. Es decir, como meterse de lleno en el mundo de Tron.

En todo caso, el químico alemán pareció dar con la clave gracias a ese sueño. La mente había dibujado el anillo bencénico mientras la consciencia Kekulé roncaba.

LOS VAPORES MORADOS

Hay otro descubrimiento químico que también tuvo unas connotaciones psicodélicas, si tenemos en cuenta que surgió entre una nube de vapores morados, como si fuera la malvada bruja del oeste.

El químico francés Bernard Courtois tenía una fábrica de salitre (nitrato potásico) cerca de París. El componente potásico del salitre se producía a partir de la ceniza de la madera y el nitrato se obtenía de la materia vegetal en descomposición.

Para abaratar la producción, el bueno de Bernard empezó a usar algas marinas como fuente de potasio. Pero la combustión de las algas generaba un maldito residuo fangoso que debía retirar periódicamente de los depósitos. Para eliminar este residuo, Bernard usaba ácido.

Pero un día de 1881, a Bernard se le fue la mano y usó un ácido más potente de lo normal. Y ¡zas! Apareció una nube de vapores de color violeta que, al entrar en contacto con la superficie fría y oscura del depósito, formaba unos cristales de aspecto metálico.

Bernard había encontrado un nuevo elemento: el yodo.

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