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Minovici: el médico que quería saber cómo te sientes al ahorcarte

Minovici: el médico que quería saber cómo te sientes al ahorcarte
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Algunos científicos han puesto en peligro su propia vida en aras del avance de la ciencia. Podéis leer algunas de estas historias en Cinco científicos que experimentaron con ellos mismos.

Pero el caso que hoy abordamos es particularmente suicida. No en vano, aquí el científico de marras quiso averiguar qué se siente, en primera persona, cuando te ahorcas.

El protagonista de esta esperpéntica historia es Nicolas Minovici, un médico forense rumano que en 1905 publicó un tratado acerca del ahorcamiento, después de haber pasado por sus manos muchos suicidas que había muerto con este método.

Pero Minovici no tenía suficiente recopilando datos estadísticos sobre la edad de los ahorcados, su profesión, su sexo, las razones del suicidio, el lugar de la habitación donde lo llevó a cabo, si se usó cuerda, cinturón, cordel o cable de la lámpara y un largo etcétera.

Lo que realmente interesaba a Minovici era profundizar en la forma en sobrevenía la muerte cuando te colgabas y la cuerda presionaba tu cuello. Como las pruebas con cadáveres y con animales vivos no le resultaron lo suficientemente satisfactorias, al final quiso probar con él mismo.

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Tal y como lo explica Pierre Barthélémy en su libro Crónicas de ciencia improbable:

Nuestro hombre empezó por una sesión de autoestrangulamiento con las manos desnudas, a la que puso fin para no desvanecerse. Luego prosiguió con un ahorcamiento llamado “incompleto”, el que una parte de su cuerpo permaneció en contacto con el suelo, de modo que la cuerda no tirara de toda su masa. Por último, pasó al ahorcamiento “completo”. Como un deportista que calienta antes de un esfuerzo violento, efectuó una primera sesión, aunque no con una cuerda sino con una toalla tensada: “Realicé seis o siete ahorcamientos de cuatro o cinco segundos para poder acostumbrarme a ello. Durante todo ese tiempo, el cuerpo se encontraba a uno o dos metros por encima del suelo.

Más tarde se sometió a pruebas más duras, pero no aguantó más de 26 segundos. Al parecer, el dolor era insoportable, sobre todo si usaba una cuerda de verdad, tal y como él mismo narra:

En cuanto los pies abandonan el suelo, los párpados se contraen violentamente; además el cierre de las vías respiratorias es tan hermético que resulta imposible respirar. Ni siquiera oía la voz de uno de mis empleados que se encargaba de tirar de la cuerda y de contar el número de segundos. Los oídos me silbaban y los dolores, así como la necesidad de respirar, no me permitieron soportar más tiempo el experimento.
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