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El niño que quiso ser un eminente científico… copiando las ideas de otros científicos

El niño que quiso ser un eminente científico… copiando las ideas de otros científicos
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La historia de la ciencia está llena de personajes que no han dudado en apropiarse de las ideas y trabajos de colegas, así como existe una larga tradición de enemistades que darían juego incluso en programas de televisión de la calaña de Sálvame. Esto es así.

Es decir: que la ciencia, como método de encontrar evidencias cada vez más sólidas, a nivel epistemológico, es intachable. Pero los científicos, ay, los científicos son otro cantar, como en cualquier otra profesión.

De todos es conocida la moral, digamos laxa, que se gastaba Edison a la hora de patentar inventos que no eran suyos (Tesla se está removiendo en su tumba).

Ptolomeo, en apariencia, propuso un sistema geocéntrico en base a cálculos propios, sin embargo estudios recientes señalan que lo más probable es que los tomara de otro astrónomo que le precedió, de nombre Hiparco, que trabajaba en la isla de Rodas (las observaciones de Ptolomeo se corresponden más bien a las que se obtienen en la latitud de la isla griega y no en la de Alejandría, que es donde realizó presuntamente sus cálculos el bueno de Ptolomeo).

El insigne médico Paracelso hizo propagar el rumor de que había hecho un pacto con el diablo para obtener el secreto del elixir de la eterna juventud. Newton también propagó el rumor de que le había caído una manzana en la cabeza y que, gracias ello, se le habían ocurrido sus teoría de gravitación universal; de este modo, cual showman, quería darse ínfulas. Mucho más reciente, Jonah Lehrer tuvo que asumir que había plagiado parte de su trabajo.

El niño científico

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En 1747, en Hamburgo, Alemania, nació un niño que, a los pocos años, mostró un excepcional interés por la ciencia, en plan el protagonista de Lluvia de albóndigas. Sin embargo, Johann Elert Bode, que así se llamaba en niño, quiso triunfar en la ciencia a toda costa, incluso robando y plagiando las ideas de otros científicos.

Bode llegó a ser el astrónomo más importante de Alemania, formó parte de la Academia de Berlín y fue nombrado director del observatorio de Hamburgo. Sin embargo, si bien Bode había hecho sus propios descubrimientos, como el hallazgo de nebulosas como M81 y M82, publicó una obra en 1777 titulada Catálogo completo de cúmulos y nebulosas estelares jamás observados hasta el momento que mostraba 25 objetos astronómicos inexistentes, tal y como explica Gregorio Doval en Fraudes, engaños y timos de la historia:

Lo que sucedió es que Bode “tomó prestadas” algunas nebulosas de todos los catálogos que se pusieron a su alcance entre 1771 y 1777, incluyendo las efemérides de Hervilus y su catálogo, donde el autor señalaba que muchos de los objetos allí descritos aún esperaban confirmación. Como el lector imaginará, Bode no hizo aclaración alguna en el suyo.

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Uno de los hallazgos más importantes de Bode también fue fraudulento. La Ley de Bode, que así se bautizó, expresa de un modo sencillo la distancia de los diferentes planetas al Sol. Sin embargo, dicha ley no es de Bode realmente, sino del alemán Johann Daniel Titius, que la postuló en 1766. Al parecer, Titius se la comentó a Bode, quien en 1772 la publicó como propia, sin citar al descubridor original.

A su tendencia a las trampas, a Bode hay que atribuirle también un pésimo gusto bautizando sus descubrimientos:

En su atlas de 1801, Bode bautizó a varias constelaciones con nombres tales como “El Gato”, “Aparto Químico” (¿), “Globo Aerostático”, “Oficina Tipográfica” o “Los Honores de Federico” (en honor a su emperador de Alemania).

En suma, la ciencia es el mejor método que conocemos para descubrir cómo funciona el mundo; los científicos, no. O como abunda en ello el neurocientífico Vilayanur S. Ramachandran, a propósito de los fallos humanos que cometen los científicos (a menudo ciegos a las nuevas evidencias) que los considera pertenecientes a club como otro cualquiera, atascado en sus propios callejones sin salida, abunda en ello, digo, en el libro editado por John Brockman Este libro le hará más inteligente:

Dicho club cuenta, por lo general, con uno o más popes, una jerarquizada curia de especialistas, una cohorte acólitos y un conjunto de supuestos orientativos y normas aceptadas que se guardan celosamente con un fervor poco menos que religioso. De hecho, los integrantes de ese club también se financian unos a otros, se revisan mutuamente los artículos, ponen buen cuidado en controlar recíprocamente las becas que consiguen y se conceden premios de manera endogámica.
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