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Una experiencia traumática podría cambiar tu microbioma

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Cuando sentimos peligro o ansiedad podemos notar cómo nuestro estómago se resiente, incluso en el mismo instante en el que estamos sufriendo. De igual modo, cuando nos enamoramos sentimos "mariposas en el estómago".

Sin embargo, más allá de la retórica o de tener que apurarnos para acudir al baño, parece ser que pasar por una mala experiencia puede cambiar el microbioma, la colonia de microbios que habita en nuestro estómago y que nos ayuda a realizar la digestión (y en parte, influye en nuestro estado de ánimo y otros procesos cognitivos).

Microbioma emocional

Son las conclusiones que se extraen de un reciente estudio publicado en Microbiome.

En dicho estudio, los autores analizaron los microbiomas de un grupo de estudiantes con síndrome del intestino irritable, una condición crónica bastante común marcada por dolor en el estómago, gases e indigestión. Hicieron lo mismo en un grupo control de voluntarios sanos, y también recolectaron escáneres cerebrales, muestras de heces e la información biográfica de los participantes en ambas categorías.

Los del primer grupo, al parecer, eran mucho más propensos a mostrar ansiedad y depresión.

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Cuando los investigadores dividieron a los sujetos afectados por síndrome del intestino irritable en dos grupos más pequeños (los que tenían un microbioma indistinguible del de un control sano y aquellos con diferencias notables) encontraron que el subgrupo con microbiomas diferentes también tenía más historiales de traumas en la vida temprana y sus síntomas duraron más tiempo.

Lo que concluyen los autores es que entra dentro de lo posible que las señales que el intestino y sus microbios obtienen del cerebro de un individuo con una historia de traumas en la niñez pueden conducir a cambios a lo largo de la vida en el microbioma intestinal.

Si es cierto que el intestino influye en el cerebro al igual que el cerebro afecta el intestino (es decir, que un microbioma alterado también influiría de forma determinada en el cerebro), estos resultados pueden tener enormes implicaciones para la salud mental y física.

Algo no tan extraño si tenemos en cuenta, tal y como explica el neurobiólogo Michael Gershon en su libro El segundo cerebro, que el 95% de toda la serotonina que corre por nuestro cuerpo se halla en el intestino, nuestro segundo cerebro.

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