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Una cadena de tiendas noruega retira los videojuegos violentos tras el ataque terrorista de Breivik

Una cadena de tiendas noruega retira los videojuegos violentos tras el ataque terrorista de Breivik
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Pues ahora resulta que Anders Behring Breivik, el terrorista que ha conmocionado a Noruega con la masacre de la isla de Utoya y la bomba en Oslo, jugaba con ‘World of Warcraft‘ con el objetivo de mantenerse alejado de familiares y amigos, y a ‘Call of Duty‘ para entrenar.

Y si la encarnación del diablo jugaba a videojuegos violentos, ya está, entonces es que la razón de su conducta inmoral son los videojuegos. Pero las cosas no son tan sencillas; si lo fueran, entonces, podríamos colegir que los vegetarianos podrían convertirse enantisemitas porque Hitler era vegetariano (sea la hipótesis cierta o no). O que los pintores podrían ser asesinos porque Caravaggio fue pintor y asesino.

El 90 % de las personas que conozco han jugado o juegan a WoW y a COD. Yo lo he hecho. No conozco a nadie con el historial del noruego. Pero la gente se alarma, necesita motivos, causas, modus operandi, explicaciones. Sobre todo explicaciones. Nuestro cerebro es un adicto patológico a las narraciones. Le gusta explicarse cosas y crear falsas relaciones de causa-efecto a fin de dar sentido a las cosas. Y como no podemos entender a una criatura tan despiadada, nos contamos la historia de que su mente fue abducida por los soldados hechos de píxeles del videojuego.

¿Pruebas que relacionen la violencia de los videojuegos con la violencia real? Ninguna. Pero no importa. Por aquí aún corre el bulo de que Supermán indujo a muchos chicos a anudarse un mantel rojo al cuello y lanzarse por el balcón. (Y si fue así, dudo de que realmente fuera Supermán el inductor, sino una falla mental que podría haberse activado de cualquier otra forma: como decían en la película Scream, las películas violentas no forjan asesinos, sólo los hacen más creativos.

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Sin haber recibido presiones desde el Gobierno o asociaciones, la cadena Coop Norway, originaria de Dinamarca, ha decidido retirar decenas de videojuegos bélicos o relacionados con la tragedia para evitar que su presencia en las tiendas pueda afectar a los familiares de las víctimas o los ciudadanos noruegos sensibles. En total, Coop Norway ha retirado 51 títulos, entre los que se incluyen decenas de juegos bélicos como Homefront, Call of Duty: Black Ops, Call of Duty: Modern Warfare 2, World at War, Call of Duty 4: Modern Warfare,Sniper Ghost Warrior o Counter-Strike Source.

Una barbaridad. Pero ¿hasta qué punto la investigación al respecto nos puede hacer pensar que los videojuegos producen personas violentas? Bien, no existe relación entre la violencia real y la violencia televisiva o ficcional (y aquí entran los videojuegos violentos, los juegos de rol y demás). La gente sabe diferenciar muy bien la realidad de la fantasía, incluso a edades asombrosamente tempranas, aunque sigamos pensando tal y como lo hacía el filósofo griego Platón, que aconsejaba en su Politeia (La República) una censura de los cuentos y las leyendas de los antepasados porque temía que la juventud acabase tomando ejemplo y adoptase valores incívicos y perjudiciales.

Los estudios de campo que trata de encontrar correlaciones entre, por ejemplo, la ficción televisiva violenta y la violencia real nos dicen que hay correlaciones, sí, pero muy bajas, tan bajas que las diferencias entre los agresores que consumieron películas violentas y los que no, resultan prácticamente despreciables.

El profesor William J. McGuire resume estos resultados con un alegato de la libertad de la creación artística:

Se podría objetar que cada acto violento, considerado aisladamente, es lamentable de por sí. Por tanto, sería preciso desterrar la violencia de la televisión en cuanto se demostrase que había sido causa directa de una agresión contra una persona, aunque fuese una sola vez. Pero una interpretación tan simplista del criterio de daño no toma en consideración las posibles consecuencias dañinas de la implantación de la censura. Toda intervención en las informaciones públicas y de la libertad de expresión artística o del espectáculo, debe indignarnos, en la medida en que abre la puerta a otras prohibiciones, y ésa es una cadena de nunca acabar. (…) Si se prohíbe la representación de la violencia por el daño que pueda acarrear, qué no diremos de otras actividades cuyas consecuencias nefastas son mucho más tangibles, como conducir, beber, tener relaciones sexuales o frecuentar la iglesia, y que pasarían a ser el blanco lógico del próximo ataque.

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Como os contaba en mi serie de artículos ¿La televisión realmente aumenta los casos de violencia?, hay estudios de los años 1960 realizados por el psicólogo Albert Bandura, de Stanford, que sí correlacionan ambas violencias, la real y la ficticia, pero eso ocurre porque los experimentos adolecen de defectos de forma.

El experimento consistía en mostrar a varios grupos de niños cómo unos adultos maltrataban una y otra vez con la mano, con un martillo de madera o con un bate de béisbol a Bobo, un muñeco tentetieso. Algunos de estos adultos recibieron elogios por la agresión; el resto fue castigado con coscorrones. A continuación, se ofreció a los niños, algunos de los cuales habían sido previamente frustrados quitándoles un regalo, la oportunidad de darle una lección al pobre muñeco Bobo.

Los niños que habían visto cómo se elogiaba la agresividad de los adultos fueron los que se desahogaron con más encarnizamiento con el chivo expiatorio en forma de muñeco Bobo.

Pero los comentaristas de este experimento suelen pasar por alto algunos detalles, como han señalado los profesores de psicología californianos Robert M. Kaplan y Robert Singer. Por ejemplo, que los niños que habían visto que la violencia se castiga, también habían visto que esa violencia se castiga con violencia (con coscorrones), y además era violencia ejercida sobre un ser humano y no sobre un muñeco. Tampoco se suele decir que bastó el comentario “¡Qué horror!” por parte de una persona adulta presente para que ambos grupos de niños se abstuvieran de maltratar a Bobo.

Toda la situación había sido preparada por el organizador del experimento, los niños tenían motivos para suponer que se les pedía un comportamiento agresivo, que los adultos esperaban eso de ellos. Como dicen Kaplan y Singer:

Ahí se recluta a unas personas que por propia iniciativa, a lo mejor, nunca se quedarían a contemplar semejantes escenas; se crean enfados artificiales, se provocan situaciones experimentales que invitan expresamente a la violencia sin peligro para el actuante (cosa que nunca ocurre en la vida real), y se definen conductas agresivas que no lo son en realidad.

Otra cosa bien distinta es que el consumo de videojuegos o televisión puede provocar que los adultos sean más violentos. Pero eso ocurre independientemente de si consume productos violentos o no. Se sugiere que quizás ese pequeño aumento de violencia venga dado porque pasar mucho tiempo viendo películas o jugando a videojuegos puede entorpecer el proceso de socialización del niño, tal y como señalan Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner:

Es posible que los niños que veían mucha televisión no quedaran adecuadamente socializados, o no aprendieran a divertirse por sí solos. Es posible que la televisión hiciera que los que no tenían cosas desearan las que otros tenían, aunque eso significara robarlas. O puede que no tuviera nada que ver con los propios niños; a lo mejor mamá y papá se volvieron negligentes cuando descubrieron que mirar la tele era mucho más entretenido que cuidar de los niños.

Hasta aquí podemos más o menos admitir que el exceso de televisión podría tener una incidencia en los casos de violencia de una sociedad, aunque todavía no sepamos la razón concreta y sólo nos podamos basar en estadísticas. Pero, entonces, en Noruega no deberían retirar determinados juegos sino TODOS los juegos. Y también cortar la emisión televisiva. O quizá obligarnos a vivir en una habitación acolchada para que no hagamos daño a nadie, ni a nosotros mismos.

Estoy convencido de que hay gente que es capaz de pagar ese precio el forma de libertad con tal de sentirse seguro y confortable. Pero los quiero lejos de mí.

Vía | El País

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