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Tú eres normal, tu hijo es normal, la mayoría somos normales: consecuencias de ser más gente de la que podemos imaginar (I)

Tú eres normal, tu hijo es normal, la mayoría somos normales: consecuencias de ser más gente de la que podemos imaginar (I)
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Como varias veces os he explicado en otros artículos, como Sólo entendemos a los grupos de 150 personas (I) y (y II), nuestro cerebro está preparado para asimilar un número relativamente pequeño de personas. Nuestros antepasados se desarrollaron en comunidades reducidas, y la actual explosión demográfica es un fenómeno reciente: nuestros cerebros no han evolucionado desde entonces, adaptándose a la nueva realidad.

Podemos observar pistas sobre ello en todo lo que nos rodea (por ejemplo, el terrorismo basa su efectividad en esta falla de nuestro cerebro, El miedo infundado al terrorismo, los accidentes de tráfico, la violencia de género y otros hechos matemáticamente improbables).

A esto se le suman algunos vicios que cometemos todos a la hora de pensar, que también emanan de cómo está cableado nuestro cerebro, como, por ejemplo, la tendencia a la confirmación: es decir, tender a considerar más sólidas las teorías e hipótesis que respaldan lo que ya creemos, y pasar más por alto aquéllas que las socavan. Por ejemplo: la mayoría de padres consideran a sus hijos mejores que la media, entre otras cosas porque son más amables con sus defectos o errores y recuerdan más vivamente sus logros.

Mira qué dibujo ha hecho mi niña, es la mejor, es una artista. Esta tendencia, como dije antes, se retroalimenta de la incapacidad de nuestro cerebro a la hora de asimilar que hay tantos millones de niñas en el mundo que, afirmar eso, además de aventurado, es excesivamente narcisista.

Somos incapaces de imaginar los miles de nacimientos, muertes, palabras, decisiones, ilusiones, vidas, en suma, que se producen en un solo día. Nuestro cerebro, adaptado a comunidades reducidas de individuos, calibrada para conectar con un máximo de 150 personas, es incapaz de imaginar tantas vidas como también es incapaz de imaginar los billones de estrellas que salpican el universo.

Pero las redes sociales del futuro, cada vez más alimentadas por elementos multimedia y con programas específicamente diseñados para encontrar patrones sociales, tal vez consigan que problemas que antes nos parecían graves o exclusivos se conviertan en algo más pueril o común; y también nos pondrán en nuestro justo sitio: personas corrientes con problemas corrientes. Quizá entonces nos parezca abyecto quejarnos de una huelga de controladores aéreos porque truncan nuestras vacaciones cuando hay millones de personas que nunca han tenido vacaciones, por poner el dedo en la llaga en un asunto de rabiosa actualidad (sólo digo tal vez, tampoco está en mi ánimo polemizar).

O tal vez la tecnología de las redes sociales no cambiará nada en realidad. Tal vez el cerebro se cerrará a ellas de forma instintiva, por mucho que avancen las telecomunicaciones y la información sobre los demás. O tal vez la gente tienda a agruparse en comunidades más reducidas, ajenas al mundo exterior, a fin de evitar el mareo frente a tantos inputs.

Vía | Jitanjáfora: desencanto de Sergio Parra

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