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Todos somos telépatas a partir de los 4 años de edad

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Dicen que enloqueceríamos si fuésemos capaces de saber qué piensan los demás sobre nosotros, sin embargo empleamos gran parte de la energía de nuestro cerebro en averiguarlo. De hecho, este interés por leer mentes ajenas (mind reading), además de ser un rasgo de personas de gran inteligencia social, es lo que originó el desbocado crecimiento de nuestro cerebro desde los primeros homínidos hasta el homo sapiens.

Nos hemos vuelto inteligentes porque queremos sondear las mentes de los demás a fin de adelantarnos a sus acciones o evaluar sus decisiones. Nos hemos vuelto más inteligentes porque queremos evitar a toda costa que los demás se metan en el espacio privado de nuestra mente.

Por esa razón, los seres humanos somos telépatas innatos, capaces de registrar inconscientemente gestos faciales, movimientos de los ojos, el lenguaje del cuerpo, para crear todo suerte de hipótesis y conjeturas sobre lo que estará pensando verdaderamente nuestro interlocutor.

Lo hacemos de forma tan natural que nos cuesta aceptar que sea una destreza especial. Pero lo es en cuanto nos comparamos con los autistas (incapaces de leer las mentes ajenas) u otros mamíferos. Y todavía lo es más cuando averiguamos que esta capacidad ya se da en niños de cuatro años (en los de tres, todavía no).

Llegamos al mundo, pues, con una aptitud genética para construir “teorías acerca de otras mentes” y modificarlas sobre la marcha, en respuesta a diversas formas de retroalimentación social.

Steven Johnson explica así un experimento piloto realizado en la década de 1980 por los psicólogos británicos Simon Baron-Cohen, Alan Leslie y Uta Frith para estudiar las habilidades telepáticas de niños pequeños.

Los psicólogos escondían unos lápices en una caja de golosinas Smarties, para después solicitar a un grupo de niños de cuatro años que abrieran la caja y descubrieran con desilusión que dentro había lápices.

Después los investigadores cerraron la caja e invitaron a un adulto a entrar en el cuarto. Preguntaron a los niños qué esperaría ese adulto encontrar en la caja de Smarties, no qué encontraría, sino qué esperaría encontrar. Los niños de cuatro años dieron de inmediato con la respuesta correcta: el adulto desprevenido esperaría encontrar Smarties, no lápices. Los niños pudieron separar su propio saber acerca del contenido de la caja de golosinas del saber de otra persona. Aprehendieron la distinción entre el mundo externo tal como ellos lo habían percibido y el mundo percibido por otros.

El experimento se repitió con niños de tres años y no funcionó.

Como confirmó el primatólogo holandés Frans de Waal, los chimpancés comparten con nosotros esta aptitud telepática. No sólo para leer mentes sino también para modelar los estados mentales de otros chimpancés, como relata en el ensayo La política de los chimpancés:

Un joven macho de bajo rango (llamado muy adecuadamente Dandy) decide hacer un juego para una de las hembras del grupo. Dado que es un chimpancé, opta por la forma usual entre los chimpancés para expresar atracción sexual, que es sentarse con las patas separadas a la vista de su objeto de deseo y mostrarle su erección. (…) Durante este vívido despliegue, Luit, uno de los machos de alto rango, percibe la escena de “cortejo”. Dandy usa hábilmente las manos para ocultar su erección, de modo que Luit no la vea pero la hembra sí. Es, entre chimpancés, el equivalente a un adúltero que dice: “Éste es nuestro pequeño secreto, ¿de acuerdo? (…) Si Dandy pudiera hablar, su resumen de la situación sería aproximadamente el siguiente: ella sabe lo que pienso; él no sabe lo que pienso; ella sabe que yo no quiero que él sepa lo que pienso.

Como narra magistralmente Steven Pinker en La tabla rasa, cada vez descubrimos más características humanas que vienen de serie y que de ningún modo son aprendidas a través de la cultura o la instrucción. La aptitud telépata sólo es una de tantas.

Vía | La tabla rasa de Steven Pinker y Sistemas emergentes de Steven Johson

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