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Si hay más gente, no te presto mi ayuda

Si hay más gente, no te presto mi ayuda
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No nos comportamos de la misma manera cuando estamos a solas que al estar en compañía, ni tampoco si estamos de compañía de una persona o estamos acompañados por cientos.

Somos animales sociales, y como tales, por ejemplo, reímos con menos frecuencia cuando estamos solos que al estar acompañados. También prestamos menos ayuda a una persona que lo pasa mal si estamos acompañados.

No es que delante de todo el mundo nos comportemos como superhéroes para incrementar nuestra reputación. Más bien al contrario: nuestra responsabilidad se diluye porque consideramos que otra persona puede prestar su ayuda. De algún modo es el mismo mecanismo que se pone en marcha cuando, en grupo, nos cuesta menos destrozar el mobiliario urbano. “No soy yo, somos todos”.

La cabina

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Para representar esta falta de responsabilidad a la hora de prestar ayuda a un desconocido, el experimento clásico al que suele aludirse es el llevado a cabo por el psicólogo social Richard Nisbett y su alumno Eugene Borgida, de la Universidad de Michigan, sobre los resultados de otro experimento que se había realizado hacía pocos años en la Universidad de Nueva York.

En éste, los participantes se introducían en cabinas individuales y debían hablar de su vida a través de un intercomunicador. Tenían que hablar en turnos de dos minutos. Solo un micrófono estaba conectado en cada turno. Había seis participantes en cada grupo, y uno de ellos era un actor.

Al desconectarse el micrófono del actor, en realidad no se había desconectado y todos podían oír incoherencias y anuncios de que estaba sufriendo un ataque de claustrofobia. Pedía ayuda, fingía que se asfixiaba. Y finalmente, tras los últimos estertores, silencio, como si el participante-actor se hubiera desmayado.

¿Qué hicieron los otros participantes ante aquel reclamo de ayuda? Lo explica así Daniel Kahneman en su libro Pensar rápido, pensar despacio:

Estos fueron los resultados: solo cuatro de los quince participantes respondieron inmediatamente a la llamada de auxilio. Seis no salieron de su cabina, y cinco solo lo hicieron después de que la “víctima del ataque” parecía que se había asfixiado. El experimento demuestra que los individuos se sienten exonerados de toda responsabilidad cuando saben que otros han oído la misma petición de auxilio.

Esta extraña forma de proceder cuando otros están contemplando lo que nosotros vemos se puso cruelmente de manifiesto en una calle de Nueva York, forjándose de la forma más gráfica posible lo anteriormente expuesto en un entorno controlado. Lo ocurrido fue un apuñalamiento, en 1964, de Kitty Genovese, una joven del barrio de Queens. Su asesino la atacó tres veces en mitad de la calle, durante media hora, mientras los vecinos podían ver lo que estaba sucediendo desde las ventanas. En toda esa media hora, ninguno de los 38 testigos llamó a la policía por teléfono.

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