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¿Qué motivos tenemos para decidir tener relaciones sexuales?

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A pesar de la visión de muchas religiones y algunas ideologías en las que subyace la religión, el sexo no es sólo procreación. Tampoco es convencionalismo. Ni mucho menos debería ser “esto es lo normal o lo natural”.

Sin ir más lejos, el ejemplo que más me gusta es el de la nariz: la nariz no fue diseñada naturalmente para sostener nuestras gafas. Sin embargo, nadie se rasga las vestiduras si alguien se pone gafas. Usando el mismo razonamiento, buscar placer sexual con el sexo anal u oral porque “eso no fue diseñado naturalmente para esos fines” no es una razón de peso.

Del mismo modo, el hambre es la manera que tiene nuestro cuerpo de obligarnos a comer para sobrevivir. Pero igualmente hemos desarrollado la gastronomía o las cenas de empresa. Con el sexo ocurre algo parecido: los seres humanos, además de placer o reproducción, pueden tener otros muchos motivos para tener sexo, tan lícitos como los primeros o los que vienen de fábrica.

En el estudio más amplio jamás realizado al respecto, presentado recientemente en Archives of Sexual Behavior, se ha enumerado un total de 237 razones para tener relaciones sexuales.

Algunas de las más curiosas eran “me parecía un buen ejercicio”. O “quería ser popular”. O “me aburría”, “quería dar las gracias”, “cambiar el tema de conversación”, “quería que la otra persona se sintiera bien acerca de sí misma”, “lo hice para vengarme porque mi pareja me engañó”, “mantenerme caliente”, “porque alguien me desafió a ver si me animaba”, “para quitarme el dolor de cabeza“… e incluso, “quería sentirme más cerca de Dios”.

En definitiva, echando un vistazo a todos estos motivos, algunos muy convincentes, otros muy peregrinos, otros incluso moralmente cuestionables, uno tal vez empiece a no obsesionarse tanto con la idea de que el sexo no orientado a la reproducción es pecado y que ganar dinero con el sexo es el epítome de la abominación moral.

O dicho con otras palabras, Gary Marcus lo describe así:

Incluso el sexo, las más de las veces y para la mayoría de las personas, es recreativo, no procreativo. Cuando me gasto cien dólares en una comida en el Sushi Samba, hoy en día mi restaurante preferido, no lo hago porque con ello aumente el número de hijos que tengo, ni porque la comida de fusión peruana-japonesa sea la manera más barata (o ni siquiera la más nutritiva) de llenarme el estómago. Lo hago porque… en fin, me gusta el sabor del ceviche de pez limón (a pesar de que, desde el punto de vista de la evolución, con mis cuentas del restaurante esté dilapidando unos preciosos recursos económicos).

Vía | Kluge de Gary Marcus

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