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¿Por qué las ciencias sociales no nos explican por qué hacemos lo que hacemos?

¿Por qué las ciencias sociales no nos explican por qué hacemos lo que hacemos?
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Los fenómenos sociológicos son fruto de micromotivos que, concatenados, producen macromotivos. Otorgar mayor importancia a un micromotivo sobre otro es dotar a ese micromotivo el estatus de Big Bang. Y Big Bang solo hubo uno, y se produjo hace 13.810 millones de años, aproximadamente. A partir de ahí, todos los micromotivos preceden a otro micromotivo, y antecede a otro tanto.

Jurídicamente, es importante centrarse en que el micromotivo que causó el homicidio fue exactamente el correspondiente al homicida apretando el gatillo de su pistola, en aras de administrar armónicamente una sociedad. Pero el micromotivo psicológico, sociológico y filosófico del homicidio no puede detenerse en ese punto, sino retrotraerse a micromotivos que sean sujetos del análisis de tales materias: infructuoso resulta analizar las razones que impulsan a un dedo para apretar un gatillo, porque tales razones son meramente biomecánicas.

Al tratar de resolver lo que en ciencias sociales se catalogaría de problema espinoso, pues, no podemos dar luz a la naturaleza humana en sí misma, y ninguna descripción de la naturaleza humana estaría completa sin incorporar principios generales de Darwin, los reflejos de Pavlov, el desarrollo de Piaget, la creación de lazos afectivos de Lorenz, la cultura de Boas y un largo etcétera, una imbricada cadena que nadie sabe dónde empieza ni dónde acaba.

No se trata de recurrir al mantra “nadie sabe nada” para quedar siempre por encima de cualquier argumento, propio del one-upmanship, sino de no caer en la tentación de proponer una respuesta demasiado facilona, a lo Pablo Coelho, que tropieza en el pensamiento desiderativo, teleológico y antropomórfico a la pregunta de las preguntas: ¿por qué hacemos lo que hacemos?

Por esa razón, las ciencias sociales progresan tan lentamente, y en ocasiones disponen de corrientes contradictorias que se perpetúan durante décadas. Comparémoslo, por ejemplo, con las ciencias médicas, que no sólo avanzan en una década, sino incluso en un lustro.

El progreso de una disciplina científica puede medirse por lo rápidamente que sus fundadores son olvidados, como señala Edward O. Wilson en su libro Consilience. Por el contrario, las ciencias sociales dependen demasiado de los maestros originales. Pero ésta es la gran paradoja de las ciencias sociales: que son más difíciles pero parecen más fáciles que la física o la química. Como dice Edward O. Wilson, esta familiaridad confiere comodidad, y la comodidad engendra descuido y error.

La mayoría de personas cree saber cómo piensa, también como piensan los demás, e incluso cómo evolucionan las instituciones. Pero se equivocan. Su conocimiento se basa en la psicología popular o casera, la comprensión de la naturaleza humana mediante el sentido común (que Einstein definía como todo lo que se ha aprendido hasta los dieciocho años), atravesada por conceptos erróneos y sólo algo más avanzados que las ideas que emplearon ya los filósofos griegos.

Un ejemplo práctico: la delgadez

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Ante la pregunta de por qué hay tantas mujeres, y muchos hombres, que aspiran a estar delgados, casi cualquier persona, incluso la menos versada en sociología, señalará un claro culpable: los medios de comunicación, que normalizan la delgadez extrema, rozando la anorexia, y manipulan a la gente para que aspire a ser como ella determina.

Esta idea podría tener parte de verdad, pero resulta demasiado simple para explicar la complejidad de los actos humanos (sin contar con la contradicción de que, actualmente, la obesidad es una epidemia en los países desarrollados, lo cual contradice la aparente capacidad de persuasión de los medios de comunicación respecto a la delgadez). Los motivos que empujan a la gente a ser delgada o encontrar deseable la delgadez forma parte de una inextricable telaraña de micromotivos derivados de la psicología, la sociología e incluso la biología o la genética.

Incluso de la economía. La delgadez, en este universo de interacciones, ya no sería una cuestión de belleza, sino de estatus o pertenencia a una clase social. Como vestir con determinada marca (o tunear el uniforme del colegio en aras de pertenecer a un clan superior). La obesidad está frecuentemente asociada a un estatus socioeconómico bajo. Así que no importa que la delgadez extrema no atraiga sexualmente a los hombres, ni que la falta de curvas induzcan la idea de escasa fertilidad. El mensaje que transmite la delgadez extrema es: tengo más tiempo y recursos que tú, y en consecuencia soy de una clase superior a la tuya.

En otra palabras, no importa que un Porsche sea pequeño, incómodo y exageradamente caro, lo que importa es el mensaje que transmite sobre la persona que lo conduce. De igual modo, la delgadez es la otrora blancura de piel, que distinguía a la aristocracia de las personas sometidas a largas jornadas de trabajo bajo el sol. La sangre azul era solo una metáfora de la retícula de venas que se apreciaba bajo una piel blanca e inmaculada. Ahora, el estatus está aparejado a la piel bronceada: tengo tiempo para estar bajo el sol, ergo tengo más tiempo y recursos que tú.

Todos estos mensajes pueden ser más o menos inteligibles u obvios, y, a su vez, se ven continuamente mediatizados por los personajes más influyentes de nuestro entorno. Son los demás los que nos informan sobre la escasez o la complejidad de un producto; el precio solo es un signo más, y muchas veces solo es un efecto colateral. Así como el precio desorbitado de un club de golf no nos informa apenas de la calidad de sus instalaciones, sino del tipo de gente que puede acceder a su exclusiva membresía, la delgadez tampoco informa acerca de la calidad de los genes o del rango de belleza, sino del estatus social. Lo que, en resumidas cuentas, reflejará el grado de aceptación del que disfrutaremos por parte de los demás.

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