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¿Nos gusta complicarnos la vida?

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Cuando veo la inmensa cola para entrar en un club de moda o en un restaurante muy caro me pregunto si nos gusta complicarnos la vida.

Lo mismo sucede cuando observo los dolorosos ritos de iniciación de las fraternidades de los colegios mayores. Los golpes, el hambre, la exposición al frío, la humillación sexual y otras crueles actividades tienen como único objetivo degradar y adoctrinar a los nuevos miembros. Si bien la única finalidad de estos ritos es humillar a los participantes, muchos de ellos llegan a aceptar hasta tal punto esta degradante iniciación que están dispuestos a luchar por conservar su derecho a ser humillados.

Por ello en las universidades importantes es habitual encontrarse a iniciados que digan: “una vez que lo haces, tienes que creer que mereció la pena.”

Cuando el rector de la University of Southern de California ordenó supervisar las ceremonias de iniciación de las fraternidades (debido a la muerte de un estudiante durante unos de estos rituales), se produjeron disturbios en el campus. Es decir, el rito era socialmente apreciado por muchos.

Pero ¿por qué? ¿Somos masoquistas?

El psicólogo Robert Cialdini, en su libro Influence: The Psichology of Persuasion, encontró la respuesta en un estudio realizado a finales de los años 1950.

Las mujeres que fueron forzadas a soportar una severa y desagradable ceremonia de iniciación para ganarse el acceso a un grupo de discusión sexual se convencieron de que el grupo y sus discusiones eran extremadamente valiosas, aunque los investigadores habían indicado previamente a los demás miembros del grupo que debían mostrarse tan poco “interesantes y útiles” como fuese posible. Sin embargo, las mujeres a las que se les permitió unirse al grupo a través de una iniciación menos severa consideraron la experiencia mucho menos valiosa.

Según otro estudio, cuanto más elevado era el voltaje de las descargas eléctricas que recibían las alumnas que deseaban unirse a un determinado organismo social, más interesante y deseable consideraban su pertenencia a éste.

Semejante mecanismo psicológico es el que favorece que existan también las duras pruebas de acceso a las pandillas suburbanas. Son pandillas que generalmente no trafican con drogas ni cometen atracos a mano armada: sus acciones más violentas se dirigen precisamente contra sus propios miembros y los de las bandas rivales.

Sin dolor no hay beneficio. Ésta es la lógica subyacente que da autoridad al arte de la disciplina. Pensad en ello la próxima vez que veáis esa larga cola que espera de pie, bajo las inclemencias del tiempo, su entrada a un club de moda: uno de los motivos de que esté de moda será precisamente lo incómodo y degradante que resulta poder acceder a él.

O también puede ser uno de los motivos del éxito arrollador de la cadena de cafeterías Starbucks: el café no es especialmente bueno, es más caro de lo acostumbrado, no te sirven en la mesa, no tienen sobres de azúcar, no tienen apenas variedad de bebidas, los recipientes son de cartón y queman, las cucharillas brillan por su ausencia y debes usar palos de madera inútiles y, hasta hace muy poco, el Wifi era de pago, y bastante caro. Es cierto que puedes pasarte la tarde en uno de sus sofás y nadie te rendirá cuentas, y que debe de ser psicológicamente agradable que se dirijan a ti por tu nombre. Pero sin duda, que Starbucks sea un lugar más rácano en muchos otros aspectos seguramente le otorga cierto aire de club exclusivo del que requiere de servidumbres masoquistas por parte del consumidor.

Las mismas que hacen que pensemos que Starbucks es una pasada.

Vía | Coerción de Douglas Rushkoff

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