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Las gafas del optimismo

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Una opinión que goza de mucho prestigio, defendida por los recientes modelos de terapia cognitiva, cuyos antecedentes se remontan a las enseñanzas de Buda, es que no son las cosas las que nos afectan, sino nuestra forma peculiar de verlas, los que “nos decimos a nosotros mismos” sobre lo que sucede.

O tal y como lo ha resumido la cultura popular: “todo depende del cristal con el que se mira.” Pero ¿entonces existe una realidad independiente? ¿Sólo podemos contemplar la realidad a través de un filtro optimista o uno pesimista?

Si bien la idea de que todo cuando contemplamos o nos acontece está completamente determinado por nuestra forma de verlo tiene, en buena medida, una vertiente terapéutica interesante, si este relativismo tropieza en la exageración entonces se devalúa y acaba perdiendo sentido.

La realidad tiene una parte objetiva, que no es susceptible de opiniones. O al menos no en todas direcciones. Por ejemplo, si contemplamos una carta que tiene un reverso y un anverso, no podemos decir que ambas son iguales o que no existe el reverso y el anverso. Lo mismo sucede con una moneda. La moneda tiene una cara y una cruz.

Es erróneo decir que no hay cara ni cruz. Lo que sí podría afirmarse es que nos podemos centrar más en la cara que en la cruz, o viceversa. Pero ambas forman parte de la moneda, y no cabe preguntarse cuál de las dos es real. Las dos lo son.

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Tal y como lo explica Carmelo Vázquez y María Dolores Avia en su libro Optimismo inteligente:

Puede que la vida no tenga ningún sentido, pero para vivirla es necesario dotarla de sentido. Lo que nosotros consideramos es que precisamente la indeterminación de nuestras vidas es probablemente lo más característico de la especie humana, lo que nos permite que, a pesar de todo, seamos artífices de nuestra p ropa vida. Darle una forma u otra, uno u otro sentido, es lo más creativo de nuestro paso por la tierra.

Además, afrontar la realidad con un exceso de optimismo no siempre es positivo, como demuestra la paradoja de Stockdale, demasiado optimismo puede favorecer que nos decepcionemos con frecuencia, entrando en una especie de montaña rusa emocional, de subidas y bajadas demasiado abruptas, levantando esperanzas y asistiendo a su desplome. El secreto parece residir en bascular entre el optimismo y el pesimismo, tal y como defiende Juan José Sebreli en El asedio a la modernidad:

El optimismo absoluto es la negación del progreso porque considera que vivimos en el mejor de los mundos, que no es necesario cambiar nada, todo lo que pasa está bien. La idea de progreso es una combinación de pesimismo (las cosas están mal) y de optimismo (las cosas pueden mejorar); pesimista con respecto al presente, a la realidad presentada; optimista en lo referido al porvenir, a las posibilidades.

Imágenes | Pixabay

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