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La gente que se pelea hace el ridículo

La gente que se pelea hace el ridículo
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En el ámbito de las peleas físicas, con los puños en alto, los seres humanos no se comportan tanto como en una película de Bruce Lee o en la serie Dragon Ball (todo estética, valentía y honor) como en una película de los hermanos Marx, o más concretamente como en Fight Club.

Sí, Fight Club, no tanto porque las peleas son más sucias, que también, como porque la gente rehúye pelearse; y si lo hace no parece una pelea, sino una ridícula sucesión de golpes que dan al aire, miradas desafiantes, un agarre, caída al suelo cual borrachos, y poco más. A veces hay algún abrazo de oso que desencadena algún puñetazo rápido, ineficaz, casi tanteando. Pero no tardan en separarse, intercambiar bravatas y verborrea escatológica, y poco más.

Porque, como decían en Fight Club, el ser humano, en general, no está dispuesto a iniciar una pelea con los puños. Y ello tiene cierto sustrato darwiniano, tal y como explica Steven Pinker en Los ángeles que llevamos dentro:

Aunque uno se imponga matando a alguien, habrá dado a sus parientes la posibilidad de que lo maten para vengarse. Es lógico que una criatura darwiniana sopese con muchísimo cuidado el inicio de una agresión seria en un pulso simétrico, reticencia experimentada en forma de ansiedad o parálisis. La discreción es la mejor parte de la valentía; la compasión, en cambio, no tiene nada que ver en esto.

Es decir, que el ser humano es violento, en efecto, pero suele ejecutar una violencia cobarde: golpes a traición, emboscadas, peleas con muchísima ventaja, guerras preventivas, ataques de madrugada, acciones mafiosas, disparos desde coches en marcha. El enfrentamiento uno-a-uno estilo Hollywood está totalmente desaconsejado.

Collins documenta, asimismo, un síndrome recurrente que él llama “huir hacia delante”, aunque “alborotarse” sería una expresión más familiar. Cuando una coalición agresiva acecha o se enfrenta a un adversario que se halla en un estado prolongado de aprensión y miedo, lo haya en un momento de vulnerabilidad, el miedo se transforma en furia, y los hombres dan rienda suelta a un frenesí salvaje. Una ira aparentemente imparable los impulsa a golpear a los enemigos hasta dejarlos inconscientes, torturar y mutilar a los hombres, violar a las mujeres y destruir sus bienes y propiedades. La huida hacia delante es la violencia en un grado más inquietante. Es el estado mental que provoca genocidios, masacres, disturbios étnicos mortales y batallas en las que no se hacen prisioneros.

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En otras palabras, el instinto subyacente a cualquier reyerta sugiere que el repertorio conductual humano incluye “guiones” o “pautas” para la violencia que están inactivos pero que pueden activarse súbitamente por causas determinadas.

En cualquier caso, seguiremos disfrutando de las batallas sumamente estéticas de las películas de Hollywood, ralentizadas estilo Matrix y armónicas como un ballet. Una estética que traté de ridiculizar en el siguiente fragmento de una novela que publiqué hace años (Venus decapitada), y que me atrevo a transcribiros porque creo que viene muy a cuento:

Se celebra la primera ópera UZI, que pronto será la única clase de espectáculos operísticos a los que asistirán los hombres. La ópera UZI se caracteriza principalmente porque sus intérpretes, ya sean sopranos o mezzosopranos, no emplean las gargantas para transmitir emociones. Los intérpretes de una ópera UZI recurren sólo a subfusiles Uzi Ingram provistos de silenciador y con munición convencional de 9 milímetros. Un arma de pequeño tamaño aunque de gran elocuencia que fue desarrollada en los años 50 por el teniente del Ejército israelí Uziel Gal. Es cierto que una laringe otorga una gama vocal más amplia que un subfusil Uzi Ingram, pero en las óperas UZI también se puede recurrir a otro tipo de armas o detonadores para generar sonidos vagamente articulados. Como si las fonías fuesen distintos tipos de explosiones acústicas generadas exclusivamente con pólvora.
El subfusil Uzi Ingram es un arma automática que también puede ser usado en ráfagas, lo que aumenta su poder de fuego. La cadencia de disparos hace de él un arma temible. Su tamaño portátil, sin embargo, la dota de una elegancia única. La ópera UZI ha logrado elevar a la categoría de arte plástica lo que antaño sólo eran acrobacias de película de acción protagonizada por un actioner cebado de esteroides. La ópera UZI muestra una dosis de ultraviolencia tan cercana al paroxismo que, en ocasiones, los surtidores multidireccionales de glóbulos rojos y los recuentos astronómicos de cadáveres convierte en cómico lo que de forma natural sería macabro. Como las persecuciones de Elmer y Bugs Bunny mezcladas en una coctelera arty con el hemoglobínico John Woo. Así era la ópera UZI, cuya entrada estaba vetada a las mujeres.
Las armas de fuego son el culmen de la volición. Un experto en artes marciales usa mechero en vez de pedernal y teléfono móvil en vez de señales de humo, pero a la hora de tomar las riendas de su destino, a la hora de usar su fuerza y su inteligencia, su mente, en suma, se decanta por las manos y las piernas, prescindiendo de un revólver o una metralleta. Por misticismo. Por ritualismo. Por estética. Pero las manos y las piernas no son más útiles que la pólvora y los proyectiles, inventados por los cerebros más preclaros de la historia. Porque una Uzi, una ráfaga de Uzi, es una fulgurante luz de razón, evolución y juicio. La luz de una idea. La bala neuronal. El pragmatismo tras miles de años de pruebas y errores. Por esa razón las mujeres asisten al musical de Cats en Broadway y los hombres prefieren el espectáculo del bang, bang y el piñau, piñau.
El actioner sale a escena ataviado con traje oscuro y gafas de montura azul. Comienza a danzar, dando brincos y vueltas en el aire. Mientras ejecuta sus cabriolas, dispara sendas Uzis como si fueran una prolongación de sus manos. Los impactos de bala suenan en las tablas de madera del techo y las paredes como los picotazos de un pájaro carpintero percutiendo en un árbol. Los orificios de las balas dibujan improvisadas obras de arte puntillistas. También, frente a libretos de mayor calado filosófico, el intérprete se mueve a cámara lenta para que todos sus movimientos sean registrados por el público; entonces más que danzar parece practicar tai chi.
El público abre los ojos y descuelga la boca, maravillado por el espectáculo de luz estroboscópica y sonido repetitivo. Algún espectador incluso debe reprimir la lágrima. Otro actioner se une al primero y ambos, al unísono, disparan hacia todas direcciones sus armas de fuego. Los silenciadores convierten los estrépitos en tableteos casi hipnóticos. Su sonido podría ser incluso relajante para algunos oídos, como un mantra. Las ráfagas de las armas salen escupidas alrededor de los cuerpos de los actioners al igual que si los actioners fuesen girándulas pirotécnicas. Los proyectiles silban muy cerca de las cabezas de las primeras filas del anfiteatro. Se oye más de un aplauso cuando la ejecución de alguna acrobacia ha rebasado las habilidades cinéticas medias de un actioner. Las Uzis Ingram se lanzan dimes y diretes. Sólo un oído entrenado es capaz de descifrar su parlamento. La ráfaga final, la contraréplica, agita la corbata negra del actioner como si ésta fuese un pez recién sacado del agua. Finalmente, la corbata queda hecha trizas como demostración de que las palabras pueden llegar a ser arrolladoras. Y el público prorrumpe en una salva de aplausos mientras intenta abarcar con la vista los millares de agujeros que han quedado en los tablones de madera del techo y las paredes como pruebas del conflicto verbal al que han asistido.
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