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Estoy enamorado de mí mismo

Estoy enamorado de mí mismo
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El amor está en el aire. Nunca sabes cuando Cupido te clavará su flecha. En ocasiones, te acabas enamorado de la persona de la que menos esperabas hacerlo. Éstas y otras ideas adjudican al enamoramiento cierto aire de azar, una extraña alquimia en la que apenas tenemos participación consciente.

Y es cierto, en parte. La parte que es cierta es que apenas participa nuestra consciencia, por eso se nos da tan mal evaluar los motivos que nos han conducido a enamorarnos de una persona. Siempre habrá excepciones, naturalmente, pero por norma las personas acaban enamorándose de… ellos mismos.

Cuando decimos "ellos mismos" no estamos sugiriendo que todos somos unos narcisistas o que si vemos nuestro reflejo especular en el espejo enseguida preguntaremos aquello que preguntaba la bruja mala de Blancanieves. Lo que ocurre es que nos enamoramos de nuestros clones, o al menos de personas que se parecen a nosotros tanto física como culturalmente.

Tal y como sugiere un estudio realizado por Helen Fischer que fue publicado en The New Psychology of Love, “The Drive to Love: The Neural Mechanism for Mate Selection”:

la mayoría de los hombres y mujeres se enamoran de individuos con los mismos antecedentes étnicos, sociales, religiosos, educativos y económicos, de quienes tienen un atractivo físico similar, una inteligencia equiparable, actitudes, expectativas, valores e intereses semejantes, y destrezas sociales y de comunicación análogas.

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O como ha señalado David Brooks en su libro El animal social:

Se da incluso el caso de personas que eligen parejas con una nariz de anchura parecida a la suya y más o menos la misma distancia entre los ojos. Un subproducto de este patrón es que los individuos tienden, sin darse cuenta, a escoger compañeros que han vivido cerca de ellos durante al menos parte de su vida.

En otras palabras, la familiaridad genera confianza, lo cual favorece también el enamoramiento. De hecho, muchas parejas que encajan empiezan a descubrir que tienen muchas cosas en común, lo cual refuerza de nuevo el enamoramiento (cuando lógicamente habrían de existir esas cosas en común si nos fijamos más en personas cercanas que comparten nuestro ámbito cultural). Geoffrey Miller, en su libro The Mating Mind, también señala que los individuos tienden a escoger cónyuges de inteligencia similar.

En estos casos hablamos de enamoramiento. Pero hay que advertir que una cosa es enamorarse y otra estar con alguien por mil motivos diferentes. En muchas ocasiones el pegamento de muchas parejas no es el amor, sino una constelación de micromotivos que creo que describe de forma magistral Alain de Botton en Del amor, o el escritor de ciencia ficción Greg Egan en su antología de cuentos Axiomático:

A Angela no le importaba la tartamudez, o cualquiera de sus otros problemas. Vale, era un tullido emocional, pero era pasablemente guapo, superficialmente amable, y demasiado introvertido para ser violento o exigente. Pronto se veían regularmente, para entregarse a actos desordenados pero ligeramente agradables, diseñados para que fuese improbable que entre ellos se transmitiese material genético humano o vírico. Sin embargo, el látex no pudo evitar que su intimidad sexual plantase sus garras en otras partes de sus cerebros. Ninguno de los dos había iniciado la relación con la esperanza de que durase, pero al pasar los meses y al ver que nada los apartaba, no sólo no se redujo el deseo que sentía uno por el otro, sino que se acostumbraron (incluso se encariñaron) de aspectos más amplios de la apariencia y el comportamiento del otro.

Foto | 日:Muramasa (CC)

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