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Escalada de violencia: Si te peleas con alguien siempre notarás que te pegan más fuerte de lo que tú pegas

Escalada de violencia: Si te peleas con alguien siempre notarás que te pegan más fuerte de lo que tú pegas
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Lo hemos visto en infinidad de ocasiones: una pareja se pelea en broma, ella le lanza un pequeño puñetazo en el hombro, él se lo devuelve más fuerte, ella espeta “oye, te has pasado” y le devuelve el golpe, y él, enojado, exclama “la que te has pasado eres tú”. Escalada de violencia, morros y unos minutos sin dirigirse la palabra.

Con ligeras variaciones, ya digo, todos hemos visto una escena parecida entre una pareja, y también entre niños. Y probablemente hemos protagonizado algo parecido: alguien nos atiza y nosotros creemos que nos ha dado más fuerte de lo que el otro dice haberlo hecho: “lo sabré yo, que soy el que ha recibido el golpe”, podemos añadir.

Si estas situaciones se dan tan a menudo entre los seres humanos se debe a la misma razón que impide que una persona pueda hacerse cosquillas a sí misma: en la mayoría de situaciones, nuestro circuito cerebelar (del cerebelo) está preparado para prestar una atención menor a las sensaciones que resultan del movimiento autogenerado y una atención mayor al mundo externo.

El cerebelo interviene en la coordinación de movimientos, sobre todo usando la información retroactiva que le aportan los sentidos sobre la manera en que el cuerpo se está movimiento en el espacio a fin de enviar sutiles correcciones a los músculos y procurar que los movimientos corporales sean suaves, fluidos y bien coordinados.

El cerebelo también interviene en la distinción entre sensaciones que son previsibles y no lo son. Por ejemplo, si andamos por la calle, toda la ropa que llevamos puesta nos roza en la piel, los zapatos nos roza en los pies, etc. Pero en gran medida ignoramos todos estos estímulos. Sin embargo, nos detenemos y notamos un roce parecido en el cuerpo y, entonces, sí que le prestamos atención: quizá se nos ha metido un bicho entre la ropa. O alguien nos toca. Así pues, la utilidad de hacer caso omiso de las sensaciones producidas por el propio movimiento y prestar mayor atención a otras sensaciones originadas fuera de nosotros es más que evidente.

Como “nos esperamos” la sensación de cosquillas cuando acercamos nuestra mano a la planta de los pies, por ejemplo (y sabemos perfectamente la presión que ejerceremos, cuándo la ejerceremos y demás detalles), no sentimos lo mismo que al recibir cosquillas desde el exterior.

Esto se ha podido medir con precisión mediante imágenes funcionales de resonancia magnética o IFRM, descubriéndose que, al hacerle cosquillas a un sujeto, aparecía una fuerte activación en la región cerebral que interviene en la sensación del tacto, la llamada corteza somatosensorial; y sin embargo ninguna activación significativa en el cerebelo. Cuando los sujetos, en cambio, se hacían cosquillas a sí mismos en la misma parte del cuerpo en el que las había recibido, entonces los papeles entre la corteza somatosensorial y el cerebelo se intercambiaban.

Bien, y ¿qué tiene que ver todo esto en que nos, a veces, sentimos que nos pegan injustamente más fuerte de lo que pegamos? Además de que el orgullo interviene, por supuesto, y nadie quiere quedar como un pelele frente a los demás, el principio que interviene es el mismo.

Un grupo de investigadores liderado por Daniel Wolpert, en el University Collage de Londres, elaboraron un sencillo experimento para explicar mejor la escalada de represalias en cualquier pelea.

Wolpert y sus colaboradores pusieron a dos sujetos adultos frente a frente; hicieron que cada uno de ellos colocara su dedo índice, con la palma de la mano levantada, en una cavidad hecha a medida, dejaron una pequeña barra de metal en un gozne y colocaron ligeramente encima el dedo de cada sujeto. El gozne estaba equipado con un sensor que medía la fuerza que se ejercía cada vez que el dedo del sujeto presionaba la barra. A ambos sujetos se les dieron las mismas instrucciones: responder cuando les tocara el turno con un golpe dado con un dedo que tuviera exactamente la misma fuerza que el golpe recibido. Además, ninguno de los sujetos recibía instrucciones que el otro había recibido.

El resultado fue el esperado: la fuerza ejercida siempre se intensificaba de forma extraordinaria, a pesar de que cada sujeto aseguraba que no hacía más que igualar la fuerza aplicada por el golpecito del otro.

Cuando se les pedía que adivinaran las instrucciones dadas a la otra persona, cada uno de los sujetos decía que al otro le habían dicho que respondiera presionando con el doble de fuerza cada vez.

Y esta descompensación entre lo que sentimos y lo que producimos probablemente sea la responsable de que más de uno acabe con el ojo morado.

Vía | El cerebro accidental de David Linden

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