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En época de COVID nos estamos polarizando más que nunca: la cosificación de los que piensan diferente a nosotros

En época de COVID nos estamos polarizando más que nunca: la cosificación de los que piensan diferente a nosotros
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El tribalismo es lo que alimenta la sensación, profunda y ajena al raciocinio, de que nosotros («Nosotros») somos mejores que ellos («Ellos»).

A finales de 2019 el 15% de los españoles se ubicaban en posiciones extremas dentro de la escala ideológica, un porcentaje que duplicaba al de principios de la pasada década. Porque si España ya era el país más polarizado de Europa, el coronavirus sólo está agrandando la brecha.

Paradigma del grupo mínimo

nuestro cerebro está cableado para sesgarse hacia el llamado paradigma del grupo mínimo: si se establecen dos grupos basados en criterios triviales y arbitrarios, como los que adjudica por azar el lanzar una moneda al aire, la gente tenderá a favorecer a los miembros de su propio grupo frente a los del grupo contrario.

Como explican Jonathan Haidt y Greg Lukianoff en su reciente libro La transformación de la mente moderna:

El tribalismo es nuestra herencia evolutiva para agruparnos y prepararnos para el conflicto intergrupal. Cuando se activa el «interruptor de la tribu», nos aferramos más estrechamente al grupo, asumimos y defendemos la matriz moral del grupo y dejamos de pensar por nosotros mismos. Un principio básico de la psicología moral es que «la moralidad une y ciega», lo cual es un truco útil para que un grupo se prepare para una batalla entre «ellos» y «nosotros». Cuando adoptamos la actitud tribal, parece que nos cegamos a los argumentos y a la información que desafían el relato de nuestro equipo.

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Si unos son los malos y los otros son los buenos, ¿cómo sabes con seguridad que tú perteneces a estos y no a aquellos? Sencillamente, no podemos. Y por eso es tan peligroso el tribalismo.

Uno podría objetar entonces: Si eres de los que piensan que se tienen demasiado derechos y quieres quitarlos, eres de los malos. Si eres de los que creen que la justicia social hay que incrementarla y cuidar los derechos sociales, eres de los buenos.

Sin embargo, el mundo no es tan sencillo. Generalmente, no podemos juzgar a una persona por una única idea desconectada del resto. De hecho, las ideas suelen formar parte de las ideologías, que sí que pueden considerarse malas per se. Tener ideología es la mejor forma de no tener nuevas ideas, la excusa perfecta para dejar de pensar y un obstáculo para introducir ideas o matices que no encajen en el corpus predefinido de la ideología. Las ideologías, filosóficamente hablando, son lo más parecido a la muerte intelectual y a la poda neuronal. En tal caso, esas personas no serían malas, sino víctimas de la ideología. Como quienes son víctimas de una lobotomía.

En segundo lugar, tambien es obligado definir "bueno" y "malo". Esos son conceptos lisológicos, cambian con el tiempo, a veces cambian según el criterio de cada persona, etc. Por eso tildar de malo a un grupo es lo mismo que resolver todo eso unilateralmente. Y mutatis mutandis ese grupo tendría el mismo derecho que resolverlo en su propico beneficio, culpando a tu grupo de ser el malo.

Se podría argumentar entonces: si uno busca limitar derechos e imponer trabas al desarrollo personal y social de determinados grupos sociales, ¿no lo convertiría automáticamente en "malo"?

Primero habría que considerar por qué lo hace, qué persigue, bajo qué condiciones. Segundo habría que considerar si eso es algo que tú entiendes así, si es algo que ellos afirman que quieren hacer o si objetivamente es algo que sucede (por ejemplo, hay personas que en aras de salvaguardar el derecho de todos en realidad están limitando derechos... a decir verdad, las mayores atrocidades de la historia se han cometido para hacer el "bien" o por motivos moralmente elevadísimos).

Los actos buenos o malos no se pueden aislar, forman parte y están engranados con las necesidades, deseos o carencias de otras personas, y también con sus concepciones de lo que es bueno o malo, mejor o peor, asumible o inasumible. Por ejemplo, hay gente que prefiere luchar por la libertad que por la prosperidad; otros son utilitaristas y persiguen el máximo bien posible para el máximo número de personas sin importar la forma; otros prefieren no transgredir unas normas o virtudes aunque ello no permita ayudar a más gente.

Hay muchos tipos de dilemas morales que ponen en evidencia que (por lo que parece) nuestra cosmovisión determina nuestra moral, nuestro grado de utilitarismo moral, y también nuestro grado de virtuosismo moral. Parece que nacemos en parte determinados por ello, también (quizá hay estructuras neuronales que favorecen una cosmovisión frente a otra); otros opinan que el medio determina en mayor medida esa cosmovisión. Sea como fuere, hay diversidad. Y la diversad, parece ser lo mejor que puede existir para que las ideas sean confrontadas en la arena: no siempre ganarán las mejores, pero al menos ninguna se enquistará.

A nivel práctico

Obviamente, estos planteamientos son filósicamente interesantes, pero inútiles a nivel práctico. Por eso existe el código penal. A nivel operativo, hemos consensuado lo que está mal en el sentido de que lo castigamos para que no se reproduzca. Pero hasta el código penal cambia con el tiempo, y también las penas. Y, naturalmente, el código penal no es un libro sobre moral. La moral es mucho más intrincada y resulta más difícil determinar si el culpable de un crimen es exactamente el que aprieta el gatillo, o si es precisamente ella la víctima, y por eso lo ha apretado.

Así que a nivel práctico, usemos el código penal. A nivel mundano, en el día a día, abramos más las miras, y no prejuzguemos ni castiguemos moralmente. Si alguien hace algo punible, se denuncia.

Y por supuesto, el código penal estará continuamente cambiándose en virtud del debate moral subyacente.

En general, pues, esas personas que se manifiestan, que hacen caceloradas, que piden unas cosas frente a otras, que adulan unas administraciones y defenestran otras, en el fondo, son personas como nosotros, que también quieren ser felices, que haya prosperidad, que haya trabajo, que paguen los culpables... obviamente, pueden tener una idea equivocada, o diametralmente opuesta a la nuestra. En cualquier caso, no serán malvados, sino tontos: habría que invocar, siempre que podamos, el principio de Hanlon.

Y como cororalio: hemos de preferir el Mal a la uniformidad.

Otrosí: para tildar a alguien de que representa el Mal tienes que estar COMPLETAMENTE seguro de que tú tienes la verdad y el otro está equivocado. Que no hay duda ni fisura posible. Que no hay debate. Que alcanzaste el máximo saber en el tema objeto de glosa y estás seguro de que nada, ningún dato más, te hará cambiar de opinión. Como ya señaló el filósofo británico John Stuart Mill en su clásico Sobre la libertad, eso es francamente peliagudo. Abunda en ello Axel Kaiser en su libro La neoinquisición Persecución, censura y decadencia cultural en el siglo XXI:

La defensa de Mill sobre la utilidad de la verdad y la humildad intelectual que nos debería caracterizar lo llevó a afirmar que, si toda la humanidad menos una persona está de acuerdo en una idea, eso no le da más derecho a la humanidad para censurar la opinión de esa persona que lo que ésta tendría de censurar la opinión de la humanidad entera.

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