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Demasiada fe en la imagen: cuando no debemos fiarnos de lo que vemos, ni tampoco de los que fotografiamos o filmamos (I)

Demasiada fe en la imagen: cuando no debemos fiarnos de lo que vemos, ni tampoco de los que fotografiamos o filmamos (I)
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No es la primera vez que os hablo de lo mal diseñados que están nuestros sentidos para registrar la realidad (más bien parece que la reconstruye a su conveniencia).

Y es que no podemos evitar adjudicar demasiado crédito a nuestros sentidos a la hora de determinar si una cosa es cierta o no. Algo que no ha sido subsanado del todo con la llegada de la tecnología de la imagen: mucha gente ha trasladado esta fe en lo que percibe a las fotografías o los vídeos, como pone de manifiesto las inmensas colecciones audiovisuales de supuestos ovnis extraterrestres, monstruos criptozoológicos o fantasmas.

Sin embargo, también deberíamos tener reservas de esta clase de imágenes, sobre todo si violan los principios de lo que consideramos como verdadero o plausible.

Antes de que se inventara la fotografía, los pintores y dibujantes representaban los caballos en movimiento con las patas delanteras extendidas más allá de sus cabezas; y las traseras estiradas rectas hacia atrás, porque así es como, en un remedo borroso del movimiento, un caballo daba la impresión de galopar. Sin embargo, cuando en la década de 1870 llegó Eadweard Muybridge con sus famosas fotografías secuenciales de un caballo galopando, esta convención fue echada por tierra: los caballos nunca ponían así las patas cuando galopaban.

Así pues, las imágenes pueden sacarnos de muchos errores. Pero también pueden meternos en otros.

Como sucedió en la primera guerra del Golfo, cuando la Fuerza Aérea Estadounidense envió dos escuadrillas de cazas F-15E Strike Eagle para encontrar y destruir los misiles Scud que Irak disparaba contra Israel.

Los cohetes se lanzaban, sobre todo de noche, desde tractores-tráiler modificados que se desplazaban furtivamente por un área de unos mil kilómetros cuadrados en el desierto occidental del país. El plan era que los cazas patrullaran esta área desde el ocaso hasta el amanecer. Cada vez que se lanzaba un Scud, su estela iluminaba el firmamento.

Los cazas seguían las estelas de lanzamiento para localizar el objetivo mediante un sofisticado dispositivo de 4,6 millones de dólares llamado navegador LANTIRN con teleobjetivo, capaz de tomar una fotografía infrarroja de alta resolución de una carretera de 8 kilómetros situada bajo el avión.

Los mandos estaban alborozados: según los datos, se habían logrado inutilizar un total de 100 plataformas de lanzamiento de Scuds. Pero esa estimación se basaba en una conjetura cimentada en una imagen. En nada más. Cuando posteriormente, terminadas las hostilidades, un equipo de la Fuerza Aérea evaluó la eficacia de estas campañas aéreas… se descubrió que el número real de plataformas destruidas era 0.

¿Cómo era eso posible? Os lo explicaré en la próxima entrega de este artículo.

Vía | Lo que vio el perro de Malcolm Gladwell

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