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Curso acelerado para ligar. Lección 1: hazte la dura, pero también la fácil

Curso acelerado para ligar. Lección 1: hazte la dura, pero también la fácil
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La ciencia, además de ser una fuente inagotable de conocimientos elevados, también puede dar servicio a las vicisitudes más cotidianas. ¿Y qué hay más cotidiano y pedestre que el ligoteo?

Para ello, desde Xataka Ciencia vamos a impartir un curso acelerado de ligue a fin de responder preguntas tan esenciales para el devenir de la humanidad son ¿es más efectivo hacerse el fácil o el duro? ¿El dinero es sexy? ¿Cuál es el mejor sitio para entablar relaciones con el sexo contrario? ¿Por qué los músicos ligan tanto?

Los experimentos y estadísticas que os ofreceremos a continuación son obra de diversos científicos e investigadores, así que no os podemos garantizar que sus sugerencias sean realmente útiles para ligar más (si alguno lo prueba y le funciona, que lo cuente). Además, los científicos no se caracterizan precisamente por ser unos ligones: Nikola Tesla murió virgen a la edad de 87 años; Isaac Newton nunca consumó ninguna de sus relaciones; el matemático húngaro Paul Erdos murió virgen a los 83 años. (Bueno, esto ha sido una pequeña maldad, no me lo toméis en cuenta… que Einstein fue todo un mujeriego).

Así que lo que esperamos, sobre todo, es que este curso un poco sui generis os sirva para aprender un poco sobre los entresijos de la psicología humana. Y que, entre todos, podamos discutirlo y hasta enriquecerlo. Dicho lo cual, empecemos.

Lección 1: hazte la dura, pero también la fácil

La cultura popular no deja de repetir un axioma sobre cómo deben tratar las mujeres a los hombres para resultar irresistibles: mal. Las mujeres que son demasiado fáciles para el sexo contrario, pierden interés. El interés se gana si te haces la dura.

Ya Sócrates aconsejó lo siguiente a la prostituta Teodota:

Apreciarán mejor tus favores si esperas a que ellos te lo pidan. Verás, las carnes más dulces parecen agrias si se sirven antes de quererlas, y a los que ya han tomado de sobra les resultan repugnantes en extremo: pero la más pobre de las comidas es bien recibida por el hombre hambriento.

Estas ideas tienen cierta base biológica: las mujeres que abiertamente admiten que se acuestan con muchos hombres, generan inseguridad en el hombre a nivel genético: ¿cómo sé que se ha quedado embarazada con mis espermatozoides y no con los de otro si las mujeres humanas siempre están el celo?

Para confirmar estas sospechas, Elaine Hatfield, de la Universidad de Hawaii, llevó a cabo una serie de experimentos un poco raros. En uno de ellos, obligaba a un grupo de estudiantes a contemplar fotografías y breves biografías de parejas adolescentes; a continuación, debían puntuar lo deseables que les parecían los miembros de las parejas.

Lo explica así Richard Wiseman en su libro 59 segundos:

Las biografías se habían inventado cuidadosamente para asegurarse de que algunos de los adolescentes pareciesen haberse enamorado después de un par de citas (es decir, “fáciles”), mientras que otros pareciesen haber costado mucho más (“duros). Pero al contrario de lo que esperaban los investigadores, los estudiantes daban puntuaciones más altas a las personas que habían declarado su amor eterno a los pocos minutos de conocer a su pareja, lo que los llevó a concluir que “todo el mundo ama a los amantes.

Quizá el experimento pecaba un poco de artificioso. De modo que los experimentadores intentaron hacerlo todo más realista. Solicitaron la ayuda de un grupo de mujeres que se habían apuntado a un servicio de citas. Cuando los hombres llamaban, la mitad de las mujeres debían aceptar de inmediato las llamadas y la otra mitad, esperar tres minutos. Pero los resultados fueron exactamente los mismos: hacerse la dura no tenía ningún efecto.

¿Acaso se equivocaba Sócrates? ¿Acaso la cultura popular se equivocaba? Tal vez la solución estaba en un grupo de prostitutas.

Los investigadores convencieron a un grupo de mujeres de moral distraída para que tratasen de dos formas distintas a sus clientes: mientras les servían una copa y antes de llegara el momento del sexo, tenían que callarse (las “fáciles”) o explicar tranquilamente que pronto empezarían la universidad y que, por esa razón, sólo verían a los clientes que de verdad les gustaran (las “duras”).

Un mes después, un equipo de supervisión controló qué porcentaje de esos clientes se ponía en contacto con las prostitutas. Pero tampoco se descubrió ninguna relación que sugiriera que hacerse la dura o la fácil tenía efectos en el éxito con los hombres.

Fueron una serie de entrevistas a diferentes hombres las que finalmente aclararon un poco el asunto a los investigadores. Tanto hacerse la dura como la fácil tenía sus ventajas y sus desventajas.

Según los entrevistados, las mujeres duras eran estupendas para el ego, pero a menudo resultaban antipáticas, frías y tenían tendencia a humillarlos delante de sus amigos. Como resultado de las entrevistas, los investigadores especularon que la mejor estrategia era dar a la cita potencial la impresión de que, en general, eres una persona difícil de conseguir (y, por tanto, un recurso escaso que merece la pena tener), pero que estás entusiasmado por esa persona en concreto. Probaron la idea con algunas técnicas parecidas (aunque, esta vez, sin prostitutas) y descubrieron pruebas aplastantes que respaldaban sus teorías.

Vía | 59 segundos de Richard Wiseman

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