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Cuanto menos realista sea la idea de tu pareja, mejor será tu matrimonio

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Acostumbramos a pensar que la salud psíquica y social está asociada a un buen conocimiento de uno mismo y, también, a un buen conocimiento del otro. Ahí están esos gurús de saldo que a menudo se retiran espiritualmente a fin de conocer mejor los entresijos de su alma. O las terapias de pareja, que a menudo impulsan el abrirse al otro. Cuanto más, mejor.

Pero parece ser que ello no contribuye en absoluto en una relación sana con los demás o con nosotros mismos. Al contrario.

Como destaca el psicólogo Joshua Klayman, las personas adulamos nuestras preconcepciones buscando con lupa aquello que las corrobore y procurando descartar los datos que las contradigan, a veces hasta el punto de tratar de negarlos. Y eso no es malo, sino síntoma de que el cerebro funciona bien. Sólo las personas enfermas son incapaces de autoengañarse de esta manera tan efectiva. Porque el cerebro no busca la verdad, busca sobrevivir.

En ese sentido, las relaciones de pareja deben fundarse en la mentira. Al menos hasta cierto punto. O las cosas pueden ser realmente complicadas.

Los psicólogos Sandra Murray, John Holmes y Dale Griffin estudiaron durante un año la felicidad amorosa de más de un centenar de parejas jóvenes. La edad media del grupo era de 20 años, y el promedio de duración de las relaciones en la época del estudio, un año y medio.

Lo habitual (y sano) es que uno se vea a sí mismo “mejor que el promedio” en toda una serie de aspectos de la personalidad. De igual modo, si consideramos a nuestra pareja de una forma aún más idealista, entonces la relación funciona mejor. Esta distorsión no es contraproducente, sino todo lo contrario. Las parejas que más se idolatran al principio seguían siendo una muy buena relación después de un año.

En el ámbito de las relaciones afectivas, afortunadamente la realidad es un concepto muy elástico y que cambia con el tiempo. Así que, después de un año, las relaciones más duraderas acabaron siendo las que tenían una visión más idealizada y benigna de las circunstancias, por encima de la concepción alta de sí mismos y del otro.

¿Pero qué sucede cuando el tiempo sigue pasando y la química de nuestro cerebro ya no nos permite contemplar las circunstancias de una forma tan positiva? ¿Qué ocurre cuando el ideal se erosiona día a día a causa de la inclemente realidad? Entonces hay que rebajar las expectativas, y todo vuelve a quedar como habíamos soñado.

Por otro lado, esta perversión de la realidad, este deslumbramiento, esta percepción exageradamente positiva del otro, tiene consecuencias que acaban siendo reales en la relación. A medida que el otro es contemplado en un altar, el otro también empieza a cambiar para mejor, como si realmente estuviera en ese altar por méritos propios.

Conforme iba durando más la aventura amorosa, cada uno iba creando al compañero, que se asemejaba cada vez más a la visión idealizada; de tal manera que los sapos que ellos veían en sí mismos se convertían en princesas o príncipes encantadores, tal como sus compañeros anhelaban.

O dicho de una forma un poco más drástica: las personas depresivas, propensas al ánimo lúgubre y desmotivador, de baja autoestima, precisamente destacan por tener una opinión muy realista de sí mismos y de los demás, como destacaron los psicólogos Shelley E. Taylor y Jonathan A. Brown. Para ser feliz, en parte, hay que vivir en el país de las piruletas.

Vía | Falacias de la psicología de Rolf Degen

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