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Cuando la moral es mejor que emane de la razón y de la ciencia y no del corazón (IV)

Cuando la moral es mejor que emane de la razón y de la ciencia y no del corazón (IV)
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Completamos esta serie de artículos sobre la moral y de cómo la ciencia puede ofrecer una moral de mejor calidad con este último artículo en el que repasamos la evolución histórica de la moral, y la forma en que tales avances se han producido: a golpe de razonamientos lógicos, evidencias y legislación.

El Leviatán

La dirección histórica de la moralidad en las sociedades modernas se caracteriza por el alejamiento de la comunidad y la autoridad, aproximándose cada vez más a una organización racional-legal que castigue a los infractores, una suerte de Leviatán que garantice una moralidad utilitarista cuyo objetivo sea procurar el máximo bien para el mayor número de personas. Tal y como explica Steven Pinker:

Recordemos que fue el utilitarismo de Cesare Beccaria lo que condujo a un replanteamiento del castigo penal, alejándolo del puro deseo de venganza y acercándolo a una política calibrada de disuasión. Jeremy Bentham se valió del razonamiento utilitarista para debilitar las racionalizaciones que justifiaban el castigo de los homosexuales y el maltrato de los animales, y John Stuart Mill, para hacer una primera defensa del feminismo.

La moral utilitarista, aunque la dejáramos en manos de un algoritimo perfecto ejecutado fríamente por una computadora, jamás podrá desplazar por completo a las intuiciones de la comunidad, la autoridad, el carácter sagrado y el tabú. Y, en algunos casos, eso será bueno: por ejemplo, en muchos momentos de nuestra vida debemos ofrecer una respuesta moral sin tener demasiado tiempo para calibrar todos los datos, y no siempre dispondremos de un órgano rector que nos ofrezca asistencia en casos particulares y cotidianos de la interacción humana.

De hecho, en términos generales, la moral personal con la que obramos diariamente suele ser más irracional e incoherente que racional y poderada, porque se ve poderosamente influida por el contexto y por los niveles hormonales (por ejemplo, un hombre será más permisivo a la hora de tener sexo con una menor si está excitado que si no lo está). Por ello, la parte automática y visceral de la moral resulta ineficiente para muchos casos, y resulta tan alambicada como un jungla panameña, tal y como demostraron los psicólogos de la universidad de Yale Hugh Harsthorne y Mark May: después de investigar a 10.000 escolares a los que se les ofreció la oportunidad de mentir, engañar y robar en una diversa variedad de situaciones, no se obtuvo ningún patrón, tal y como explica David Brooks en su libro El animal social:

La mayoría engañaba en unas situaciones pero no en otras. Su índice de engaño no guardaba relación con rasgos mesurables de la personalidad ni evaluaciones de razonamiento moral. En investigaciones más recientes se ha observado el mismo patrón general. Alumnos rutinariamente deshonestos en casa no lo son en la escuela. Personas que son valientes en el trabajo pueden ser cobardes en la iglesia. Los que se comportan con amabilidad en un día soleado pueden ser crueles al día siguiente, cuando está nublado y se sienten tristones.

¿La razón está sobrevalorada?

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No obstante, habida cuenta de la cultura popular está volviendo al creacionismo científico y los aforismos vacuos del New Age, y cierta intelectualidad está entronizando el pospodermismo y el relativismo cultural, una moralidad nacida de la razón y de los datos contrastados nos suena a aberración. Porque creemos que la razón, en definitiva, está sobrevalorada, solo se trata de un constructo, una convención.

Pero, si bien es cierto que la intuición guía nuestras interacciones morales cotidianas, también es cierto que muchas intuiciones morales solo lo son en apariencia: en realidad parten de largos razonamientos. Por ejemplo, ante la pregunta si debemos quemar herejes o tener esclavos, no hay estupor moral ni reacción visceral, simplemente estamos respondiendo moralmente a esos hechos porque previamente hemos recibido una larga instrucción racional al respecto, gracias a eternos debates racionales que tuvieron lugar hace varios siglos. No es, por tanto, caprichoso el hecho de que la revolución humanitaria naciera después de la revolución científica y la Ilustración.

A pesar de que algunas técnicas experimentales nos sugieren que instintivamente somos racistas, asociando caras blancas y negras a palabras como “bueno” y “malo”, respectivamente, y que los experimentos con neuroimagen que controlan la actividad de la amígdala señalan que muchos blancos muestran pequeñas reacciones viscerales negativas ante los afroamericanos, el razomiento permite que anulemos esos instintos y hayamos cambiado radicalmente en nuestro modo de interaccionar con otra etnia. Porque el razomiento va de la mano del autocontrol, de la proporcionalidad y de la ecuanimidad.

El puro razonamiento puede proporcionarlos un sentido moral más ajustado a la idea de generar el mínimo daño a los demás, aunque a priori no lo parezca, según Steven Pinker en Los ángeles que llevamos dentro:

¿Tenemos alguna razón para esperar que la racionalidad oriente al razonador hacia el deseo de menos violencia? Por razones de lógica austera, la respuesta es no. Pero no hace falta mucho para pasar al sí. Sólo necesitamos dos condiciones. La primera es que los razonadores se preocupen de su propio bienestar: que prefieran vivir a morir, mantener el cuerpo intacto a tenerlo mutilado, o estar en situación placentera a sufrir dolor. La simple lógica no les obliga a tener estas predisposiciones. Sin embargo, cualquier producto de la selección natural (de hecho, cualquier agente que logre soportar los estragos de la entropía de el tiempo suficiente para que, de entrada, haya razonamiento) las tendrá con toda probabilidad. La segunda condición es que los razonadores formen parte de una comunidad de otros agentes que pueden incidir en su bienestar e intercambiar mensajes y comprender el razonamiento respectivo. Esta suposición tampoco es necesaria desde el punto de vista lógico. (…) Pero la selección natural no habría podido fabricar un razonador solitario, pues la evolución actúan sobre poblaciones, y el Homo sapiens en concreto no es un animal sólo racional sino también social y usuario de un lenguaje.

Evolución moral

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No es casual, pues, que en el último siglo se haya producido un progreso moral (con un efecto en el descenso de violencia, amplitud de círculos de empatía que englobe otras etnias y hasta animales, vindicación de derechos de mujeres y homosexuales y un largo etcétera), en definitiva, un meteórico ascenso moral, justo en el siglo en el que más tiempo tenemos para discutir, razonar, informarnos, conectar con los otros, evaluar las posiciones contrarias. Hace apenas un siglo, era raro que el dueño de un perro no tratara a su mascota como un simple objeto a su servicio. La esclativud está a la vuelta de la esquina, e incluso fue defendida por intelectuales de gran talla. Theodore Roosevelt escribió que en nueve de cada diez casos “los únicos indios buenos son los indios muertos”.

Por un lado, porque la moralidad estaba más asociada al corazón, al pálpito, que al cálculo racional; y en segundo lugar porque los intelectuales de talla eran escasos, y ahora disponemos de muchas más mentes que nunca que tienen tiempo para ponderar en su tiempo libre, cada vez más amplio. Pero, para ser justos, el tiempo libre no fue el único factor que permitió ampliar nuestro tiempo de razonamiento moral. También hay que sumar la alfabetización (la lectura de otras opiniones y de otros razonamientos), la urbanización (convivencia masiva), la movilidad (conocimiento de otras realidades e intercambio de bienes y servicios) y el acceso a los medios de comunicación (aldea global). Todo ello añade nuevos datos a nuestros enjuiciamientos morales, más datos variopintos que nunca antes en la historia de la humanidad.

El último paso es dotar de coherencia, jerarquía y explicación guiada nuestras sentencias morales mediante la asistencia del razonamiento de buena calidad y de la obtención de datos objetivos (o con menos carga ideológica) que proporciona la ciencia. De este modo no solo seremos más capaces de ponernos en la piel de otros, sino de observar el panorama moral desde un punto de vista más elevado y general, y por tanto no solo podremos operar nosotros con semejante moral, sino otras comunidades de pensadores que valoren sus propios intereses de la misma forma justificada que lo hacemos nosotros, armonizando la moral general, tal y como concluye Pinker:

La escalera mecánica de la razón tiene una fuente exógena adicional: la naturaleza de la realidad, con sus relaciones lógicas y sus hechos empíricos, que son independientes de la estructura psicológica de los pensadores que intentan captarlos. Como los seres humanos han perfeccionado las intuiciones del conocimiento y la razón y eliminado supersticiones e incoherencias de sus sistemas de creencias, tarde o temprano se sacan algunas conclusiones, igual que, cuando uno domina las leyes de la aritmética, al final seguro que salen sumas y productos. (…) Informes cuidadosamente razonados contra la esclavitud, el despotismo, la totura, la persecución religiosa, la crueldad con los animales, la severidad con los niños, la violencia contra las mujeres, las guerras frívolas o la persecución de los homosexuales no eran sólo palabras vanas, sino mensajes que influyeron en las decisiones de las personas e instituciones que prestaron atención a las polémicas y pusieron en práctica las reformas.

En definitiva, podemos esperar que el ser humano, medio ciego y medio manipulado por sus sesgos, construya una moral convivencial aceptable, pero solo los buenos datos nos proporcionará, a través de la educación, un modo más sofisticado de moralidad, captando los matices donde los haya, así como las regularidades. A través de la educación se propagará este tipo de moral, y con la fuerza de las leyes, se mitigarán los que no sepan llevarla a cabo o no la comprendan.

Imagen | geralt

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