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Cuando la moral es mejor que emane de la razón y de la ciencia y no del corazón (I)

Cuando la moral es mejor que emane de la razón y de la ciencia y no del corazón (I)
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El otro día mantuve una pequeña charla acerca de la conveniencia de trazar una línea (arbitraria y flexible en función del devenir del tiempo y los nuevos datos recabados) que determinara cuándo estamos matando a una persona y cuándo no en lo tocante al aborto, empleando para ello la evidencia científica (un conjunto de datos en el que haya el mínimo de opinión e ideología).

En aras del pragmatismo, señalé que un buen argumento científico para trazar una línea era el que había escuchado en una de las charlas de Naukas (podéis verla a continuación). Es un argumento sencillo, que se puede exponer en diez minutos, y por tanto es un argumento limitado. Pero también es un argumento tan inteligible que podría funcionar como base para que la mayoría de la gente accediera a él. A saber: que si ya hemos determinado que un síntoma de muerte es la muerte cerebral, y ante el registro nulo del encefalograma se nos propone desconectar la máquina que mantiene vivo a un ser humano, del mismo modo podríamos guiarnos por el comienzo de la actividad cerebral registrada por el encefalograma para acabar con la vida del no nacido.

La moral solo es un tipo de opinión

Cuando se plantean evidencias científicas para regular las leyes y, por extensión, la moral de los ciudadanos, a menudo se replica que la ciencia no nos puede decir qué está mal o qué está bien. Es decir, que, por definición, de la ciencia no puede emanar la moral. Naturalmente, eso es cierto. La ciencia solo es un conjunto de datos sobre el mundo, un patrón que nos permite conducirnos de un modo más sistemático, con menos carga de incertidumbre y de opinión, incluso adelantándonos a acontecimientos. Imaginad lo que ocurriría si todo el mundo opinara acerca de si un semáforo está en rojo o en verde (incluidos invidentes y daltónicos). En principio no pasaría nada: la opinión es libre. Pero, en aras del pragmatismo, de la convivencia, debemos establecer cuándo pasar y cuando quedarnos quietos en la acera. No sabemos cuándo hacer qué.

De modo que podemos dejarnos llevar por lo que vemos (sin saber si lo estamos viendo bien o si nuestras percepciones se corresponden con las percepciones de los demás) o por lo que intuimos (por ejemplo, observando cómo lo hacen los demás, qué nos da más o menos miedo, etc.). Lo que hace la ciencia es determinar de la forma más objetiva y universal cuándo un color es rojo y cuándo es verde en un semáforo.

Este es un ejemplo irreal y absurdo (porque, de hecho, todos nosotros nos conducimos por las calles de las ciudades usando nuestros ojos y los semáforos, no la ciencia), pero me sirve para intentar definir de un modo sencillo lo que es la moral. Cuando se apela a que un asunto compete a nuestra moral, parece que entonces tal asunto es más abstracto, ininteligible, impenetrable por la fría razón. Parece que ello legitima que cualquiera puede no solo opinar, sino ejecutar lo opinado. Parece que la moral no nace del cerebro, sino de las tripas, de los sentimientos, de algo especial que nos define como humanos empáticos y sociales. Y por tanto debe respetarse y tolerarse.

Sin embargo, si despojamos de connotaciones apasionadas a la definición de moral, ésta no es más que una opinión. Una opinión del mismo calibre que cualquier otra. Lo que define la moral del resto de opiniones es que la moral se circunscribe a las opiniones acerca de lo que está bien y está mal. Del mismo modo que opinamos si una película nos ha gustado o nos ha desagradado, también opinamos si un acto nos parece aceptable o reprobable. Es decir, que la moral no tiene nada de especial o trascendente: se limita a ser una manifestación subjetiva de lo que acontece en el mundo (y, en consecuencia, una manifestación sujeta a sesgos diversos, falacias lógicas, malas interpretaciones, malos argumentos… y, a la vez, una manifestación susceptible de cambiar si se reciben nuevos datos que no se conocían).

Podría aducirse entonces que los enjuiciamientos morales son como los enjuiciamientos artísticos. Ajenos a los datos científicos. Una obra de arte te gusta más o menos en función a tu sensibilidad, no en función de los detalles técnicos de cómo se obtuvo tal o cual pigmento. Pero, como se ha dicho antes, la ciencia no trata de definir la moral o, en este caso, la sensibilidad artística personal.

Todo el mundo es libre de opinar si Pollock era un buen pintor o un mercachifle, al igual que si el apuñalamiento asestado por un adolescente afroamericano a una mujer blanca en un apartamento de Nueva York es moralmente reprobable o no. La diferencia entre ambos ejemplos estriba en que la manifestación artística no está describiendo la realidad (entendiéndola ésta no como un constructo filosófico, sino como una idea jurídica) ni tampoco nuestro enjuiciamiento depende de los detalles finos de lo enjuiciado. Es decir, al contemplar una obra artística opinamos lo primero que se nos viene a la mente. Las sensaciones que nos produce. Y si la contemplación de la obra de arte requiere de adiestramiento previo, entonces tal adiestramiento también se basa en opiniones variopintas. Una misma película o novela puede recibir opiniones diametralmente opuestas acerca de su calidad plástica por críticos adiestrados diferentes.

Cuando enjuiciamos un asesinato podríamos emplear el mismo conjunto de opiniones: si nos ha parecido bello, execrable o armónico, si bebe de otras fuentes, si podemos emparentarlo con otra clase de asesinatos. Pero el enjuiciamiento moral de un asesinato acostumbra a depender de evidencias físicas. No solo si estaba el rojo del semáforo en rojo o en verde, sino si realmente el afroamericano fue el causante de la muerte, si en realidad se estaba defendiendo de una agresión, si se trataba de un robo, si la mujer blanca en realidad ya estaba muerta antes de ser apuñalada, si fue la mujer la que rogó al afroamericano que acabara con su vida porque estaba deprimida, si el afroamericano estaba bajo el efecto de alguna sustancia, si se encontraba bajo alguna clase de enajenación mental, etc.

Todos estos datos no solo se emplean en la investigación forense: también son los datos que se aducirán frente al jurado para que éste determine el grado de inmoralidad del hecho descrito.

En la próxima entrega de este artículo abundaremos en ello.

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